domingo, 8 de diciembre de 2013

De Mandela y Sudáfrica Enseñanzas para Colombia

Mandela y Sudáfrica sí nos pueden enseñar

Por Luis Carlos Jacobsen
En honor a Nelson Mandela, en su muerte
Bogotá, diciembre 8 de 2013

Dicen que una visita a un museo puede cambiarle a uno la vida. A mí me pasó. Fue en 1999, cuando mis padres ejercían como embajadores de Colombia ante Sudáfrica. Tuve el privilegio de recorrer el Apartheid Museum en Johannesburgo. Y sí, algo profundo en mí se rompió y se reconstruyó ese día. La historia de ese país, su gente, y nuestra propia humanidad se me revelaron bajo otra luz. Desde entonces, no volví a ver el mundo —ni a mí mismo— con los mismos ojos.

Sudáfrica es un espejo. Un espejo incómodo, necesario, brutalmente humano.

El museo comienza por el principio: los orígenes tribales, la colonización de los holandeses, belgas y alemanes. Blancos que, al cabo de generaciones, ya no eran extranjeros. Se llamaban a sí mismos afrikaners y habían hecho del sur de África su tierra. Pero no suya sola. Porque aquel paraíso que ellos construyeron lo hicieron al precio de excluir a la mayoría: la población negra.

El Apartheid no fue solo una ideología, fue una ingeniería legal. Un sistema sofisticado y despiadado para mantener el poder económico, político y militar en manos de una minoría blanca. El Estado obligaba a los negros a vivir en townships —barrios de lata, cartón y desesperanza— y a transitar por la ciudad solo si portaban un pase. En los años 70, Sudáfrica era una potencia militar, y su ingreso per cápita se disparaba. Pero ese “ingreso” era de los blancos. El 90% de la tierra estaba en manos del 10% de la población. El otro 90% sobrevivía con el 10% de la riqueza nacional.

Desde los años 20, pero sobre todo en los 50 y 60, los conflictos laborales en las minas comenzaron a teñirse de política. La sombra del comunismo —con respaldo soviético— se hizo presente. En un país fragmentado por tribus, con blancos capaces de desarrollar energía nuclear, la tensión era una olla a presión. Hubo revueltas, masacres, represión. Hubo intentos de resistencia no violenta. Pero el aparato policial del Estado no tenía límites. La ultraderecha afrikáner tomaba justicia por mano propia, mientras familias blancas eran atacadas en los campos. La violencia lo contaminaba todo.

El Congreso Nacional Africano (CNA), al que pertenecía Mandela, fue ilegalizado. Sus líderes perseguidos. En 1960, Mandela se fue a la clandestinidad.

“No conocía armas, no sabía qué era ser soldado. Y quedé con la responsabilidad de crear un ejército...”

Mandela se convirtió en freedom fighter, un combatiente de la libertad. Se entrenó militarmente en países vecinos. Y aún desde entonces, su espíritu ya era de acero:

“He tenido que separarme de mi esposa, hijos, familia y amigos, para ser un criminal en mi propia tierra, por aquello que he defendido.
He debido cerrar mi negocio y vivir en la pobreza como la mayoría de mi gente.
Lucharé contra el gobierno, con todas mis fuerzas, al lado de ustedes, pulgada por pulgada, milla por milla, hasta alcanzar la victoria…”

Era un grito de guerra, sí. Pero no por amor al conflicto, sino por la necesidad de justicia. El CNA había nacido con inspiración gandhiana, en la no violencia. Pero Mandela entendió que sin armas no habría esperanza. Aprendió a disparar. A fabricar bombas. Volvió a Sudáfrica disfrazado de chofer. Así empezó la lucha armada.

Lo atraparon pronto. No se podía subestimar al Estado surafricano. Fue llevado a juicio. Lo acusaron de sabotaje, conspiración y alta traición. Si lo declaraban culpable de esto último, podía morir en la horca.

Mandela no pidió clemencia. Dijo esto:

“Durante toda mi vida, me he dedicado a esta lucha por la gente africana. He peleado contra la dominación blanca, y he peleado contra la dominación negra.
He soñado con un ideal de sociedad libre y democrática, donde todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades.
Es un ideal por el que espero vivir, y alcanzar.
Pero si es necesario, es también un ideal por el cual estoy preparado para morir.”

Años después, en una entrevista, le preguntaron si de verdad estaba listo para morir. Respondió:

“Estábamos preparados, no porque fuéramos valientes, sino porque éramos realistas.
Entonces recordé la frase de Shakespeare...: Uno tiene que estar dispuesto a morir por algo, porque sólo así la muerte, o la vida, serán más dulces.

En 1976, 15.000 estudiantes se manifestaron en Soweto. Se resistían a recibir educación en afrikáans. Entre ellos estaba el niño Héctor Pietersen, asesinado de un disparo por la espalda. Su imagen en brazos de un compañero dio la vuelta al mundo. Y con ella, el conflicto escaló a niveles indescriptibles: el necklace, esa práctica atroz de quemar viva a una persona con una llanta al cuello, se volvió símbolo del odio más extremo.

Uno recorre el museo viendo las armas, los panfletos, las fotos, los testimonios. Y por más que quiera negarlo, algo en uno reconoce la historia. Es demasiado parecida a la nuestra. Colombia y Sudáfrica tienen casi el mismo tamaño, la misma población. Las mismas heridas.

El régimen endureció su mano. La comunidad internacional reaccionó. U2 gritaba en sus conciertos “Free Mandela”. De Klerk, un líder blanco pragmático, reemplazó a Botha, el viejo y obstinado defensor del Apartheid.

Ofrecieron liberar a Mandela. Él respondió:

“¿Qué clase de libertad me ofrecen si cualquier acto de reunión está prohibido?
¿Qué libertad me dan si puedo ser arrestado por no portar un pase?
¿O si mi esposa sigue confinada?
¿Qué clase de libertad me ofrecen si mi ciudadanía no es reconocida?”

Y entonces dijo la frase que lo cambió todo:

“Sólo los hombres libres pueden negociar.
Los prisioneros no pueden hacer acuerdos.
Yo no puedo ni voy a dar ninguna concesión hasta que ustedes y yo, la gente, no seamos libres.”

El 10 de octubre de 1989, De Klerk anunció su liberación. Luego vendría el famoso Discurso de Esperanza. Mandela lo respetó desde el primer día porque, a diferencia de los anteriores, De Klerk lo escuchaba.

El 2 de febrero de 1990, el Parlamento anunció el fin del Apartheid. Mandela respondió con lucidez:

“No podía recobrar mi libertad, porque al salir
estaría trabajando para una organización ilegal.”

Así, el CNA fue legalizado. Y con él, 31 organizaciones más. El país temía que Mandela regresara con sed de venganza. Pero no fue así.

En Ciudad del Cabo, con el puño en alto, dijo:

“Los saludo en nombre de la Paz, la Democracia y la Libertad para todos.
Estoy aquí frente a ustedes no como profeta, sino como humilde servidor suyo.
Sus heroicos sacrificios me han traído de vuelta.
Y por eso, entrego en sus manos los últimos días de mi vida.”

Habló de reconciliación, de reconstrucción, de caminar juntos “la última milla”.

El 27 de abril de 1994, millones votaron por primera vez. En un país que al fin era de todos. El CNA ganó con el 62.5%. Mandela fue presidente. De Klerk, su vicepresidente. Ambos recibieron el Nobel de Paz en 1993. En su discurso de posesión, Mandela dijo:

“Nunca, nunca, nunca jamás sucederá que este hermoso país conozca la opresión de uno contra otro.
Permitamos a la Libertad reinar. ¡Dios bendiga a África!”

Mandela empezó una nueva lucha, esta vez contra el SIDA, contra la pobreza, contra la desigualdad estructural. Nunca dejó de luchar.

Recorrer ese museo en Johannesburgo me cambió. Entendí, desde el extremo, lo que es oprimir a una nación. Lo que es detentar el poder de la tierra sin dejar lugar al otro. Lo que pasa cuando se niega la participación política. Cuando se deshumaniza al contradictor por el color de su piel.

¿Semejanzas con Colombia? Sí. No por el color, sino por la historia. También nosotros conocemos de extremos, de odio, de conflicto interno. También hemos olvidado escuchar.

Toda guerra civil termina en lo mismo:

  • Unos irán a prisión.

  • Otros entregarán las armas.

  • Se reconocerán víctimas.

  • Y se aplicará una justicia imperfecta, porque no hay cómo juzgar a todos.

Lo que sí depende de nosotros es cómo decidimos avanzar.

Para mí, la lección más grande la dieron Mandela y De Klerk. Supieron cuándo someter sus intereses a los de su país. Supieron ver al otro, no como enemigo, sino como contradictor legítimo.

Imagino un Museo de Colombia. Como el de Sudáfrica. Un espacio donde podamos mirarnos sin filtros. Ver nuestras armas, nuestras mentiras, nuestras omisiones. Ver nuestras propias caricaturas. Y salir de allí sacudidos, reconociendo algo que no queremos ver: que también somos parte del problema.

Los conflictos internos son parte de toda nación. Pero aprender a resolverlos, desde la diferencia, es el verdadero desafío. Apoyar la paz no es cuestión de partido. Es cuestión de conciencia. De ética. De futuro.

Lo que debemos debatir son las condiciones del posconflicto. No el derecho a vivir en paz.

El verdadero desafío es uno solo:

La Reconciliación de toda una Nación.en inglés.