Me perdono
Cuando yo era más joven, odiaba a los guerrilleros. Me alegraba con su muerte. Tenía 14 años y mi hermano mayor acababa de ser reclutado a la fuerza por el Ejército. Aunque nos decían que “los soldados bachilleres no van a combate”, en mi casa su partida fue un drama. Era perder a un hijo, momentáneamente, pero por la fuerza. Para prestar un servicio al Estado que nadie pidió.
Con mi hermano en el Ejército, me interesé más por la guerra. Abría el periódico a comienzos de los años 80 y leía las noticias sobre combates y bajas guerrilleras. Y pensaba: “vamos ganando”. Así de simple. Así de brutal.
No entendía entonces por qué cuando salíamos de fiesta nos detenían redadas del Ejército. Nos pedían papeles. Buscaban “gente de izquierda”. Buscaban al enemigo. En pleno Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Pero como yo no era guerrillero, no me importaba. Que requisaran, que acosaran, que detuvieran. “Conmigo no es”.
Hasta que me llegó el turno de prestar servicio militar. A los 18 años, sin escapatoria, me presenté como voluntario, soñando con un cupo en el batallón del Sinaí, lejos de la guerra. Me repetía: “soy bachiller, no me toca combate”.
Y sin embargo, trotábamos en formación al ritmo de esta canción:
“Ay bendito, mi Diosito,
cuando salga yo de aquí,
a combate, a la guerra,
a matar los guerrilleros…
Guerrilleros mataré,
y su sangre beberé…”
La cantaba sin pensarlo. Como todos. Sin cuestionarlo. La guerra no era conmigo. Eso les tocaba a los soldados regulares. A los jóvenes de mi país iguales a mi solo que más pobres y sin la universidad esperando por ellos. Y así, salí del Ejército y seguí mi vida de colombiano promedio, odiando a los guerrilleros. Entre más muertos dejaba un bombardeo, más cerca creía que estábamos de la paz. De la victoria.
Hasta que supe de los mal llamados falsos positivos.
Y algo dentro de mí se rompió.
Me imaginé a mí mismo, uniformado, obligado por un superior, deteniendo a un campesino, vistiéndolo de guerrillero, matándolo, reclamando una recompensa. Y un escalofrío me atravesó el cuerpo. Pensé: “pude haber sido yo”. Y entendí, por primera vez, que no hay honor en una guerra donde matar a otro colombiano te convierte en héroe.
Desde entonces, no he dejado de pensar. En los cantos del Ejército. En los privilegios que han definido esta sociedad. En lo fácil que fue para mí odiar desde la seguridad de no tener que disparar. En lo injusto que es defender la guerra… pero que la peleen los hijos de otros.
Y cambié.
Leí El Olvido que Seremos, de Héctor Abad. Me dolió. Me dolió darme cuenta del silencio cómplice con el que pasé por las muertes de líderes sociales, defensores de derechos humanos. Por estar “del lado del Estado”, convertí a sus enemigos en los míos. Alimenté la guerra desde adentro. No sabía —y duele decirlo— que muchos de esos guerrilleros bombardeados eran jóvenes como yo, reclutados sin otra esperanza que la guerra.
Y cuando uno se da cuenta de que se alegró con esas muertes… mientras lloraba las de los soldados… entiende que algo muy podrido se había instalado dentro de uno. Que hubo colombianos cuya muerte no solo no me dolía, sino que me parecía necesaria.
Por eso, más allá de lo que pase con el actual proceso de paz —y asumiendo los insultos que vienen por hablar así— me declaro enemigo acérrimo de la guerra. En todas sus formas.
Y me perdono.
Me perdono por haber odiado al colombiano guerrillero. No legitimo su causa. No me alegra verlo muerto. No votaría por él. Pero necesito que entregue sus armas, ya. Porque quiero terminar de perdonarlo.
Creo en una Colombia en paz. Y creo en este proceso. Porque no se trata de impunidad, sino de la posibilidad de que víctima y victimario se miren a los ojos, se digan la verdad y, si se sienten capaces, se abracen.
El proceso de paz tiene caminos propios. Se sostiene sobre la justicia y sobre algo más profundo: el reconocimiento. El valor de cada vida. De toda vida.
Mi causa, desde ahora, es que me dolerá la muerte de cualquier colombiano: soldado, guerrillero, empresario, líder de izquierda, defensor de derechos humanos. Todos. Porque el primer cambio que tenemos que hacer los colombianos es recuperar el valor de la vida. Sin condiciones. Sin bandos. Sin excusas.
Y esa lucha no estará completa hasta que cese todo conflicto armado. Porque solo ahí empieza de verdad la paz.