martes, 15 de marzo de 2016

"Guerrilleros mataré, y su sangre beberé"

Me perdono

Cuando yo era más joven, odiaba a los guerrilleros. Me alegraba con su muerte. Tenía 14 años y mi hermano mayor acababa de ser reclutado a la fuerza por el Ejército. Aunque nos decían que “los soldados bachilleres no van a combate”, en mi casa su partida fue un drama. Era perder a un hijo, momentáneamente, pero por la fuerza. Para prestar un servicio al Estado que nadie pidió.

Con mi hermano en el Ejército, me interesé más por la guerra. Abría el periódico a comienzos de los años 80 y leía las noticias sobre combates y bajas guerrilleras. Y pensaba: “vamos ganando”. Así de simple. Así de brutal.

No entendía entonces por qué cuando salíamos de fiesta nos detenían redadas del Ejército. Nos pedían papeles. Buscaban “gente de izquierda”. Buscaban al enemigo. En pleno Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. Pero como yo no era guerrillero, no me importaba. Que requisaran, que acosaran, que detuvieran. “Conmigo no es”.

Hasta que me llegó el turno de prestar servicio militar. A los 18 años, sin escapatoria, me presenté como voluntario, soñando con un cupo en el batallón del Sinaí, lejos de la guerra. Me repetía: “soy bachiller, no me toca combate”.

Y sin embargo, trotábamos en formación al ritmo de esta canción:

“Ay bendito, mi Diosito,
cuando salga yo de aquí,
a combate, a la guerra,
a matar los guerrilleros…
Guerrilleros mataré,
y su sangre beberé…”

La cantaba sin pensarlo. Como todos. Sin cuestionarlo. La guerra no era conmigo. Eso les tocaba a los soldados regulares. A los jóvenes de mi país iguales a mi solo que más pobres y sin la universidad esperando por ellos. Y así, salí del Ejército y seguí mi vida de colombiano promedio, odiando a los guerrilleros. Entre más muertos dejaba un bombardeo, más cerca creía que estábamos de la paz. De la victoria.

Hasta que supe de los mal llamados falsos positivos.

Y algo dentro de mí se rompió.

Me imaginé a mí mismo, uniformado, obligado por un superior, deteniendo a un campesino, vistiéndolo de guerrillero, matándolo, reclamando una recompensa. Y un escalofrío me atravesó el cuerpo. Pensé: “pude haber sido yo”. Y entendí, por primera vez, que no hay honor en una guerra donde matar a otro colombiano te convierte en héroe.

Desde entonces, no he dejado de pensar. En los cantos del Ejército. En los privilegios que han definido esta sociedad. En lo fácil que fue para mí odiar desde la seguridad de no tener que disparar. En lo injusto que es defender la guerra… pero que la peleen los hijos de otros.

Y cambié.

Leí El Olvido que Seremos, de Héctor Abad. Me dolió. Me dolió darme cuenta del silencio cómplice con el que pasé por las muertes de líderes sociales, defensores de derechos humanos. Por estar “del lado del Estado”, convertí a sus enemigos en los míos. Alimenté la guerra desde adentro. No sabía —y duele decirlo— que muchos de esos guerrilleros bombardeados eran jóvenes como yo, reclutados sin otra esperanza que la guerra.

Y cuando uno se da cuenta de que se alegró con esas muertes… mientras lloraba las de los soldados… entiende que algo muy podrido se había instalado dentro de uno. Que hubo colombianos cuya muerte no solo no me dolía, sino que me parecía necesaria.

Por eso, más allá de lo que pase con el actual proceso de paz —y asumiendo los insultos que vienen por hablar así— me declaro enemigo acérrimo de la guerra. En todas sus formas.

Y me perdono.

Me perdono por haber odiado al colombiano guerrillero. No legitimo su causa. No me alegra verlo muerto. No votaría por él. Pero necesito que entregue sus armas, ya. Porque quiero terminar de perdonarlo.

Creo en una Colombia en paz. Y creo en este proceso. Porque no se trata de impunidad, sino de la posibilidad de que víctima y victimario se miren a los ojos, se digan la verdad y, si se sienten capaces, se abracen.

El proceso de paz tiene caminos propios. Se sostiene sobre la justicia y sobre algo más profundo: el reconocimiento. El valor de cada vida. De toda vida.

Mi causa, desde ahora, es que me dolerá la muerte de cualquier colombiano: soldado, guerrillero, empresario, líder de izquierda, defensor de derechos humanos. Todos. Porque el primer cambio que tenemos que hacer los colombianos es recuperar el valor de la vida. Sin condiciones. Sin bandos. Sin excusas.

Y esa lucha no estará completa hasta que cese todo conflicto armado. Porque solo ahí empieza de verdad la paz.


viernes, 11 de marzo de 2016

Mi concierto con los Rollin Estons


Desde muy niño estoy seguro que he venido escuchando a los Rolling Stones aún de forma inconsciente. Y sus melodías se vinieron metiendo en mi disco duro musical de forma natural, hasta llegar a admirarlos y respetarlos, sin siquiera volverme su fan.

No conozco lo que dicen la letra de sus canciones más allá que simpatía por el diablo, pintado de negro, no puedo satisfacerme, o bajo mi dedo... Luego en mi vida desde los 25 por ahí, nunca faltó la buena fiesta donde no se escuchara para brincar juntos, Start me up, I can´t get no satisfaction, Wild Horses, y si acaso otras dos por ahí. El repertorio completo debe ser muy generoso. No lo conozco. Sin embargo anoche quise regalarme esa experiencia de ver a Mick Jagger, y toda su banda en toque adaptado a Bogotá, tocando a sus 72 años a 2600 mts sobre el mar, viniendo de Buenos Aires y Lima.

Un monstruo que me inspiró en escenario mi mayor de los respetos. Porque se entregó en cada momento habiendo dedicado talento y experiencia para cada detalle que irí entre canción y canción. Si se drogan ni me importa. Yo vi músicos en su bien entrada tercera edad" celebrando la vida, celebrando su éxito, de la manera más pulcra y profesional que cualquiera haya visto antes. Estuvieron tan sobrios y presentes en el escenario que gracias a unas super pantallas gigantes pudimos ver a Keith rasgando impecable las cuerdas de su guitarra. Pudimos sentir la camaradería entre el grupo. El equipo que han formado. Las bandas que perduran sin salirse sus miembros a la aventura de ser solistas son muy pocas. Y una banda que lleva en acción 50+ años es  una banda importante por su manera de haberlo aprendido a hacer juntos.

Ayer mis ojos se aguaron. Escuchar a Jagger todo el tiempo dirigirse al público en español, en divertido español, "parceros, del putas, obleas, Bogata", en fin. Richards dijo "que era bueno estar aquí", y corrigió diciendo que ES solo bueno estar en todos lados. Y muchos pensamos..., y sentimos lo que estaba pasando.

El coro de la Javeriana, unas solistas fantásticas, Juanes, un escenario impecable hicieron que todo junto estuviera perfecto.

Ver a los Stones en Bogotá fue para mí como cumplir un sueño que nunca había soñado. Cuando los vi en escena mi corazón latió con mas fuerza y me conecté con la energía de los más cercanos para ser UNO con todo el estadio, en torno a una misma canción. Y Mick ahí, moviéndose hasta chistoso, como desgualetado. Sin embargo un vestido impecable. La buena salud de los flacos, digo yo. Caminando rápido como queriendo con eso decirnos algo. Un hombre libre, un rebelde de todas las épocas con un estado físico como de 20 años. Una voz potente en todo momento para darnos un espectáculo musical como la que los Bogotanos como público nos merecemos, pagando los precios que con gusto pagamos.

Y deteniéndome a pensar, íntimamente, en aquello que me tocó el alma anoche y me hizo aclarar las cosas y ver distinto..., fue ver a un hombre feliz enamorado  de su arte, de su fervor por el rock con impecable origen que hicieron sonar desde blues. Painted black... Un hombre que está más allá de parecer que no le pasa el tiempo. Es más bien su espíritu el que ha estado ahí sin importar la edad. Ese que sigue siendo el mismo. El mismo que baila con sus caderas desenfrenadas, corre, se mueve, y se divierte hablándonos en español.  

Ayer ví que Mick Jagger con su banda, es un espíritu libre. Desbordadamente sencillo. Muy humano. Muy conectado con su presente, cosechando una buena vida y una inigualable carrera. Lastimosamente se separó Pink Floyd, los Beatles, se murió Bob Marley y sus Wailers. ¿Qué sería de ellos hoy tocando juntos?

Nunca se sabrá. Sin embargo fuimos a ver a los Rolling por haber cumplido ese desafío de perdurar y sobreponerse a todo tipo de tormentas. Mick Jagger y su grupo es una banda de tipos buenos. Generosos. Divertidos. Que me lograron confundir ayer tantas veces viéndolos como de 20 años. Y también como hermanos. Profesionales. Humanos. 

La música está ahí para evocarnos los momentos de nuestras vidas. Ayer me di cuenta que en mi vida el señor Mick Jagger ha estado siempre rondando por ahí. Y extrañamente, he notado que quienes escuchamos a los Rollings demostramos siempre camaradería, y nos es fácil "pasarnos" juntos esa buena empatía juntos con el otro...

Gracias Rolling Stones por darme más vida, y hacerme para siempre llevar conmigo estas palabras.

"You can´t always get what you want, You can´t always get what you wan´t, but if you try sometime, you find... You get what you need."

"No puedes siempre obtener lo que quieres, no puedes siempre obtener lo que quieres, pero si lo intentas a veces, lo encuentras. Recibes lo que necesitas."

Por que recibamos justo lo que necesitamos, por rejuvenecernos y recuperar más fe en la vida, gracias, gracias, gracias. 

Otro Rolling Stone
Marzo 11 de 2016

domingo, 6 de marzo de 2016

Ubuntu - Una filosofía útil para reconciliarnos

La esencia de Ubuntu comprende unas ideas que sirven como condición para la reconciliación y la vida pacífica en comunidad. Pensando en nuestro país y considerando la milagrosa utilidad de ésta idea en su momento para acabar la segregación racial en Sudáfrica, rescato esta interesante historia que cruzó recientemente por la red.
Hay una tribu africana que tiene una linda costumbre. Cuando alguien hace algo errado o perjudicial para otro y que afecta los intereses o bienes colectivos, ellos llevan a la persona al centro de la aldea y toda la tribu viene y lo rodea. Durante dos días, ellos le dicen todas las cosas buenas que han visto que él (o ella) hizo. Lo hacen porque allí las tribus creen que cada ser humano viene al mundo como un ser bueno. Cada uno de nosotros vive deseando seguridad, amor, paz y felicidad. Pero a veces, en la busca de esas cosas, las  personas se equivocan y violan preceptos comunitarios. La comunidad ve aquellos errores como un grito de socorro. Ellos se unen entonces para reconocerlo, para conectarlo con quien es realmente, hasta que se logre acordar plenamente de su verdadera esencia de la cual se alejó temporalmente:
“Yo soy bueno.”
SAWABONA, es el saludo usado en África del Sur y quiere decir: “Yo te respeto, yo te valoro. Te veo. Eres importante para mí.” En respuesta las personas contestan SIKHONA, que significa: “Entonces, yo existo para ti, estoy aquí.”
"Te veo... Estoy aquí.
“Yo soy porque tú eres."
Pensando  en  la idea esquiva de reconciliarnos como colombianos, utópica para muchos, me aferro aún a la certeza de que a toda nuestra nación le conviene vivir sin el conflicto presente que sigue latente. No podemos seguirnos negando los unos a los otros. Por eso recuerdo con cariño las palabras del médico catalán Albert Figueras, escritor del libro Ubuntu, el triunfo de la Concordia. “La guerra es algo tan ilógico, que alcanzar la paz se escapa por igual a la lógica tradicional.”
No podemos abrazar  la  idea  de  la posibilidad  de paz  desde la  lógica tradicional propia de la razón. Necesitamos contar con un entendimiento más profundo de la vida en comunidad, y es posible hacerlo con historias de como viven otras comunidades en lugares lejanos. Echar mano de elementos espirituales. No racionales. Un nivel de compasión mayor para mantener el sentimiento de que vivimos dentro de la misma tribu. Allá donde se respeta y reconoce a cada individuo, con el fin de garantizar la existencia de los demás.
“Los ojos que tú miras no son ojos porque tú los veas. Son ojos porque te ven”
En la frase frase de Antonio Machado radica la filosofía de la otredad. La validación de la existencia del otro como acto necesario para concebirnos viviendo en un mismo territorio. Los colombianos nos hemos venido negando unos a otros. "Mi existencia depende de que Usted no exista. Mis ideas son válidas siempre que las suyas no lo sean. Los comunistas no deben existir y ese pensamiento debe ser extirpado. El capitalismo es la fuente de todos los males nacionales y no debería haber ricos." Y así nos la pasamos...

Otra  historia muy impactante de las tribus sudafricanas existe para el caso del asesinato de un miembro de la tribu…
El victimario es enviado a vivir durante 1 año a la casa de las víctimas, donde la familia del asesinado. Pasado ese  año, el victimario es  llevado a un río y lanzado al agua con una piedra pesada atada a su cuerpo. Aguas abajo, cerca de allí,  las víctimas tienen la oportunidad privilegiada de dejar ahogar al asesino de su pariente, o de rescatarlo y salvarle la vida.
Se dice que nunca nadie ha dejado ahogar a alguien permitiendo una muerte segura. Pues haciéndolo, además de víctimas de un acto irracional que sufrieron, serían también victimarios de otro crimen que tuvieron la oportunidad de perdonar. Nadie se ha ahogado, dicen, porque allí es sabido que es más fácil perdonar al victimario que demuestra su arrepentimiento y se le conoce en verdad como persona.
La  familia sana con el perdón. La tribu también. Y el asesino lo hace muy seguramente, sabiendo que le fue perdonada su vida, habiéndole sido permitido volver a nacer.
Hoy pienso que el perdón es necesario si queremos vivir otra vez en paz. Lo que es clave y hace posible el perdón es el genuino arrepentimiento del victimario. La reconciliación es posible para Colombia. Es necesario prepararnos con una buena cuota de perdón si nos ofrecen las condiciones que lo hacen posible. Y estoy seguro que el concepto Ubuntu está presente y fresco en las diferentes etnias indígenas que habitan nuestro país porque es sabiduría milenaria y universal, orientada al bien común.
El acuerdo de Justicia realizado con las Farc contempla una oportunidad de encuentro solemne con la Verdad para las víctimas contada por su victimario. Y también implica castigo mediante restricción efectiva de su libertad en lugar especial de reclusión. El acuerdo de la Jurisdicción Especial de Paz JEP es para todos los actores del conflicto, lo que hace que se puedan beneficiar militares condenados a penas de 35 años y más. Esta plantea una forma mucho más elevada de justicia que la de la la justicia ordinaria con penas de cárcel y ausencia de verdad y arrepentimiento. Y sobre todo, es un modelo de justicia restaurativo que permitió el desarme de miles de combatientes que no habrían caminado hacia la paz de haberse expuesto a penas de la justicia penal ordinaria. Si ello es así, podríamos hacer la siguiente reflexión: 

¿Valdría acaso la pena no haber adoptado el concepto de justicia restaurativa y estar persiguiendo a las Farc armadas todavía en el monte para matarlos o encarcelarlos ceñidos a la justicia penal que hasta ahora conocíamos?

Luis Carlos Jacobsen
@LuchoJacobsen
Junio de 2017