domingo, 8 de diciembre de 2013

De Mandela y Sudáfrica Enseñanzas para Colombia

Mandela y Sudáfrica sí nos pueden enseñar

Por Luis Carlos Jacobsen
En honor a Nelson Mandela, en su muerte
Bogotá, diciembre 8 de 2013

Dicen que una visita a un museo puede cambiarle a uno la vida. A mí me pasó. Fue en 1999, cuando mis padres ejercían como embajadores de Colombia ante Sudáfrica. Tuve el privilegio de recorrer el Apartheid Museum en Johannesburgo. Y sí, algo profundo en mí se rompió y se reconstruyó ese día. La historia de ese país, su gente, y nuestra propia humanidad se me revelaron bajo otra luz. Desde entonces, no volví a ver el mundo —ni a mí mismo— con los mismos ojos.

Sudáfrica es un espejo. Un espejo incómodo, necesario, brutalmente humano.

El museo comienza por el principio: los orígenes tribales, la colonización de los holandeses, belgas y alemanes. Blancos que, al cabo de generaciones, ya no eran extranjeros. Se llamaban a sí mismos afrikaners y habían hecho del sur de África su tierra. Pero no suya sola. Porque aquel paraíso que ellos construyeron lo hicieron al precio de excluir a la mayoría: la población negra.

El Apartheid no fue solo una ideología, fue una ingeniería legal. Un sistema sofisticado y despiadado para mantener el poder económico, político y militar en manos de una minoría blanca. El Estado obligaba a los negros a vivir en townships —barrios de lata, cartón y desesperanza— y a transitar por la ciudad solo si portaban un pase. En los años 70, Sudáfrica era una potencia militar, y su ingreso per cápita se disparaba. Pero ese “ingreso” era de los blancos. El 90% de la tierra estaba en manos del 10% de la población. El otro 90% sobrevivía con el 10% de la riqueza nacional.

Desde los años 20, pero sobre todo en los 50 y 60, los conflictos laborales en las minas comenzaron a teñirse de política. La sombra del comunismo —con respaldo soviético— se hizo presente. En un país fragmentado por tribus, con blancos capaces de desarrollar energía nuclear, la tensión era una olla a presión. Hubo revueltas, masacres, represión. Hubo intentos de resistencia no violenta. Pero el aparato policial del Estado no tenía límites. La ultraderecha afrikáner tomaba justicia por mano propia, mientras familias blancas eran atacadas en los campos. La violencia lo contaminaba todo.

El Congreso Nacional Africano (CNA), al que pertenecía Mandela, fue ilegalizado. Sus líderes perseguidos. En 1960, Mandela se fue a la clandestinidad.

“No conocía armas, no sabía qué era ser soldado. Y quedé con la responsabilidad de crear un ejército...”

Mandela se convirtió en freedom fighter, un combatiente de la libertad. Se entrenó militarmente en países vecinos. Y aún desde entonces, su espíritu ya era de acero:

“He tenido que separarme de mi esposa, hijos, familia y amigos, para ser un criminal en mi propia tierra, por aquello que he defendido.
He debido cerrar mi negocio y vivir en la pobreza como la mayoría de mi gente.
Lucharé contra el gobierno, con todas mis fuerzas, al lado de ustedes, pulgada por pulgada, milla por milla, hasta alcanzar la victoria…”

Era un grito de guerra, sí. Pero no por amor al conflicto, sino por la necesidad de justicia. El CNA había nacido con inspiración gandhiana, en la no violencia. Pero Mandela entendió que sin armas no habría esperanza. Aprendió a disparar. A fabricar bombas. Volvió a Sudáfrica disfrazado de chofer. Así empezó la lucha armada.

Lo atraparon pronto. No se podía subestimar al Estado surafricano. Fue llevado a juicio. Lo acusaron de sabotaje, conspiración y alta traición. Si lo declaraban culpable de esto último, podía morir en la horca.

Mandela no pidió clemencia. Dijo esto:

“Durante toda mi vida, me he dedicado a esta lucha por la gente africana. He peleado contra la dominación blanca, y he peleado contra la dominación negra.
He soñado con un ideal de sociedad libre y democrática, donde todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades.
Es un ideal por el que espero vivir, y alcanzar.
Pero si es necesario, es también un ideal por el cual estoy preparado para morir.”

Años después, en una entrevista, le preguntaron si de verdad estaba listo para morir. Respondió:

“Estábamos preparados, no porque fuéramos valientes, sino porque éramos realistas.
Entonces recordé la frase de Shakespeare...: Uno tiene que estar dispuesto a morir por algo, porque sólo así la muerte, o la vida, serán más dulces.

En 1976, 15.000 estudiantes se manifestaron en Soweto. Se resistían a recibir educación en afrikáans. Entre ellos estaba el niño Héctor Pietersen, asesinado de un disparo por la espalda. Su imagen en brazos de un compañero dio la vuelta al mundo. Y con ella, el conflicto escaló a niveles indescriptibles: el necklace, esa práctica atroz de quemar viva a una persona con una llanta al cuello, se volvió símbolo del odio más extremo.

Uno recorre el museo viendo las armas, los panfletos, las fotos, los testimonios. Y por más que quiera negarlo, algo en uno reconoce la historia. Es demasiado parecida a la nuestra. Colombia y Sudáfrica tienen casi el mismo tamaño, la misma población. Las mismas heridas.

El régimen endureció su mano. La comunidad internacional reaccionó. U2 gritaba en sus conciertos “Free Mandela”. De Klerk, un líder blanco pragmático, reemplazó a Botha, el viejo y obstinado defensor del Apartheid.

Ofrecieron liberar a Mandela. Él respondió:

“¿Qué clase de libertad me ofrecen si cualquier acto de reunión está prohibido?
¿Qué libertad me dan si puedo ser arrestado por no portar un pase?
¿O si mi esposa sigue confinada?
¿Qué clase de libertad me ofrecen si mi ciudadanía no es reconocida?”

Y entonces dijo la frase que lo cambió todo:

“Sólo los hombres libres pueden negociar.
Los prisioneros no pueden hacer acuerdos.
Yo no puedo ni voy a dar ninguna concesión hasta que ustedes y yo, la gente, no seamos libres.”

El 10 de octubre de 1989, De Klerk anunció su liberación. Luego vendría el famoso Discurso de Esperanza. Mandela lo respetó desde el primer día porque, a diferencia de los anteriores, De Klerk lo escuchaba.

El 2 de febrero de 1990, el Parlamento anunció el fin del Apartheid. Mandela respondió con lucidez:

“No podía recobrar mi libertad, porque al salir
estaría trabajando para una organización ilegal.”

Así, el CNA fue legalizado. Y con él, 31 organizaciones más. El país temía que Mandela regresara con sed de venganza. Pero no fue así.

En Ciudad del Cabo, con el puño en alto, dijo:

“Los saludo en nombre de la Paz, la Democracia y la Libertad para todos.
Estoy aquí frente a ustedes no como profeta, sino como humilde servidor suyo.
Sus heroicos sacrificios me han traído de vuelta.
Y por eso, entrego en sus manos los últimos días de mi vida.”

Habló de reconciliación, de reconstrucción, de caminar juntos “la última milla”.

El 27 de abril de 1994, millones votaron por primera vez. En un país que al fin era de todos. El CNA ganó con el 62.5%. Mandela fue presidente. De Klerk, su vicepresidente. Ambos recibieron el Nobel de Paz en 1993. En su discurso de posesión, Mandela dijo:

“Nunca, nunca, nunca jamás sucederá que este hermoso país conozca la opresión de uno contra otro.
Permitamos a la Libertad reinar. ¡Dios bendiga a África!”

Mandela empezó una nueva lucha, esta vez contra el SIDA, contra la pobreza, contra la desigualdad estructural. Nunca dejó de luchar.

Recorrer ese museo en Johannesburgo me cambió. Entendí, desde el extremo, lo que es oprimir a una nación. Lo que es detentar el poder de la tierra sin dejar lugar al otro. Lo que pasa cuando se niega la participación política. Cuando se deshumaniza al contradictor por el color de su piel.

¿Semejanzas con Colombia? Sí. No por el color, sino por la historia. También nosotros conocemos de extremos, de odio, de conflicto interno. También hemos olvidado escuchar.

Toda guerra civil termina en lo mismo:

  • Unos irán a prisión.

  • Otros entregarán las armas.

  • Se reconocerán víctimas.

  • Y se aplicará una justicia imperfecta, porque no hay cómo juzgar a todos.

Lo que sí depende de nosotros es cómo decidimos avanzar.

Para mí, la lección más grande la dieron Mandela y De Klerk. Supieron cuándo someter sus intereses a los de su país. Supieron ver al otro, no como enemigo, sino como contradictor legítimo.

Imagino un Museo de Colombia. Como el de Sudáfrica. Un espacio donde podamos mirarnos sin filtros. Ver nuestras armas, nuestras mentiras, nuestras omisiones. Ver nuestras propias caricaturas. Y salir de allí sacudidos, reconociendo algo que no queremos ver: que también somos parte del problema.

Los conflictos internos son parte de toda nación. Pero aprender a resolverlos, desde la diferencia, es el verdadero desafío. Apoyar la paz no es cuestión de partido. Es cuestión de conciencia. De ética. De futuro.

Lo que debemos debatir son las condiciones del posconflicto. No el derecho a vivir en paz.

El verdadero desafío es uno solo:

La Reconciliación de toda una Nación.en inglés.

domingo, 21 de abril de 2013

¿Paz polarizados con el uribismo?


¿Paz pero polarizados con el uribismo?

¿Paz con justicia basada en la venganza por crímenes atroces cometidos, cortando las alas de la participación futura en política?

¿O Paz con justicia fundada en la posibilidad real de reconciliarnos, a partir del amor verdadero por el prójimo y la confianza colectiva para reconstruirnos como nación? 

¿Participación política dentro de un juego democrático que garantice a futuro la no repetición? O justicia basada en la pena de eliminarles sus derechos políticos que lucharon equivocadamente con sus vidas expuestas por más de 50 años.

¿Que se está así  premiando a la guerrilla o motivando a las futuras generaciones para delinquir?  O  que fundados en la fuerza del perdón genuino de toda una Nación cesáramos a futuro este conflicto y los demás derivados de esa lucha cruenta y larga.

Un paño de agua tibia para nuestro conflicto mayor con penas de 8 años sin garantías mayores? O la extirpación del cáncer de la violencia con base en opciones fundadas en el amor y la capacidad mayor de un entendimiento profundo acerca de lo que es vivir en comunidad.

¿Un verdadero reconocimiento a una negociación entre partes de un conflicto? O la creencia errada de que estamos frente a un sometimiento del enemigo con el que se negocia una pena y se priva de toda posibilidad futura de continuar su lucha de 50 años dentro de la legalidad.

Preguntas para pensar en verdad qué queremos para Colombia en estos próximos 6 años que cierran la segunda década del SXX.

jueves, 18 de abril de 2013

¿Paz sin impunidad? O paz con perdón. - Nuestro dilema mayor.


Intento con este escrito simplificar para el lector la postura uribista frente a la defendida No Impunidad como resultado eventual de los diálogos de paz. Inicio este breve espacio explicando las bases de sus argumentos, aún temiendo malinterpretarlos. Y planteo además  mis pensamientos con el fin de enriquecer una conversación más profunda, basada en argumentos y evidencias, que nos permitan en últimas conversar con altura sobre la anhelada paz. Estando convencido de su posibilidad y conveniencia para nuestra Colombia.

El uribismo dice tajantemente querer la paz. Y aparentemente se funda en serios argumentos y condiciones para poder verla y aceptarla. Con una pena mínima impuesta solo para los cabecillas. Y por temas prácticos, aceptando la dificultad de iniciar procesos contra 8000 ex combatientes resultando esto en un desafío imposible, o cometiendo la injusticia de mandar a la cárcel a jóvenes que fueron reclutados a la fuerza. 

La pena para la alta dirección de las FARC, - dicen ellos-, serían los mismos 8 años de Justicia y Paz ofrecidos a los paramilitares condenados. Con la consiguiente pena que les niega su futura participación política por haber sido condenados a privación de la libertad por delitos mayores. Entre otros muchos hechos graves, reclutamiento de menores. Aducen que si no veremos a Mancuso en el Congreso, tampoco deberíamos ver a Ivan Marquez o a Timochenko allí.

Argumentan la necesidad de pensar en las víctimas del conflicto, y plantean la cárcel para cabecillas como aquello que ellas mismas necesitan para poder sanar y aceptar la paz alcanzada. Reclaman justicia con vehemencia pues para ellos es la pena lo que les genera su  tranquilidad. Defienden con obstinación no tener que ver a los ex jefes guerrilleros en el Congreso ni siquiera con una curul ganada por elección o mandato popular. En aras de la Justicia pretendida, los delitos de lesa humanidad son para ellos imperdonables y por ese motivo deben castigarse ante la Justicia Internacional en defecto de un "ejemplar castigo de pena de cárcel por 8 años.

Y gritan "¡Paz sin impunidad!, ¡Justicia para las víctimas del conflicto!", a voces disonantes casi como en el coliseo romano. Quieren vengar y castigar crímenes atroces como requisito para la reconciliación. 

¿Cómo pensar en perdón alguno para semejantes crímenes?

La otra postura que yo entiendo es la siguiente. El Acuerdo de Justicia Transicional, y la Jurisdicción Especial para la Paz establece una serie de mecanismos e instituciones que intento  describir e imaginar funcionando:  la posibilidad en la práctica de utilizar la Justicia Transicional, ofreciendo Verdad para las Víctimas, Reparación, Garantía de no Repetición, cesación del conflicto, y refrendación del acuerdo por decisión posterior del pueblo. Con una Comisión de la Verdad instalada que no es lo mismo que ver a los guerilleros declarando estupideces mientras hacen la paz.  Se le llama también a todo aquello Justicia Restaurativa. Veamos  estas condiciones por partes.

Esta postura pretende también y frente a la postura uribista, alcanzar una paz con justicia. Pero no funda la justicia en el concepto conocido mayormente como la privación de la libertad para el victimario por haber cometido un crimen. Este concepto de justicia ofrece un sentido más amplio orientado a la reconciliación derivada de la sanación de las víctimas.

Para el gobierno  y el equipo de negociadores, lo importante con la cesación del conflicto es la posibilidad de Verdad para las víctimas como requisito dentro de los acuerdos. Al igual que en el proceso de Sudáfrica de finales de siglo, se atiende el deseo real de la víctima de sanar, si el victimario le pide a la víctima de frente su perdón y le brinda de viva voz una garantía de no repetición. ¿Cómo podría acaso una pena de 8 años resarcir el daño causado por tantos vejámenes y terror causado? Si de ello se tratare, la pena debería ser no menor a 40 años, a la luz de nuestra ley penal. Se conforman los uribistas con una pena aún menor a 8 años, siempre que a futuro no los veamos  jamás haciendo política legítimamente.

Y qué pasa con el castigo? El castigo sería una sanción restrictiva de la libertad, de 5 a 8 años según el aporte a la Verdad, que debe definirse y poderse verificar. Se ha dicho que es restrictiva de libertad. Por ningún motivo se puede hacer política en ese tiempo. Se piensa que sembrando, desminando, o inclusive haciendo trabajos comunitarios.

Del entendimiento de estas dos posturas e intereses mezclados depende lo que pase en adelante. Para el uribismo, no es concebible que criminales de la talla de las FARC puedan hacer política como lo hacen Petro o Navarro luego de que Pizarro pidiera perdón público durante la entrega formal de las armas del M19. No valoran que eso conflicto cesó definitivamente para Colombia. No reconocen a dos políticos de la talla de Petro o Navarro, independiente de si nos gusta su afiliación política.

¿Donde radica la diferencia de posturas? Tomando en cuenta nada más el derecho de las víctimas a la Verdad. La posibilidad de certeza de saber quizás donde yace enterrado el  cuerpo de un hijo o hermano que nunca apareció. Las palabras que dijo la víctima al momento de morir. La mirada del ex guerrillero arrepentido con muestras claras de su compromiso de entrar en la civilidad. Desarmados de obra y de palabra. Clamando por una oportunidad de perdón. Se ha probado que a nivel psicológico las víctimas lo que quieren es poder sanar su espíritu acallando su rencor y deseo vindicativo. Algunas víctimas se reconfortan solo con contribuir con su perdón a que nadie a futuro pueda llegar a tener que pasar por semejante dolor humano como víctima de un conflicto armado.

El uribismo aduce que el gobierno protege a la guerrilla. Pienso en cambio que al gobierno le interesa construir el futuro de nuestra nación. Imaginemos un escenario de Paz terminando el año y siendo muy optimistas. Supongamos que primó la postura uribista.  Imaginemos la pena de 8 años para el cabecilla guerrillero. Saliendo de la cárcel en 2022, convertido en mártir, o quizás quedando olvidado en la historia. ¿Estarían mejor nuestras víctimas en ese entonces? Tendríamos la seguridad que no salen a delinquir de nuevo? ¿Hicieron algún compromiso con la nación más que habérselos privado de su libertad y derechos? O tan solo atendimos ese extraño sentimiento de no querer ver pasar unos victimarios sin su castigo bien merecido...

Imagino en cambio, siguiendo la postura gobiernista, un hipotético y optimista inicio de 2016. Celebrando una paz fundada en justicia restaurativa. Enfocados como nación en la reparación de las víctimas. Con una Comisión de la Verdad escuchando con paciencia y publicidad tanto a guerrilleros como a miembros de nuestras fuerzas legítimas del estado y civles actore, acerca de los crímenes que cometieron en conexión al conflicto. Con una petición pública de perdón  al que aspiran, intentando reparar el dolor de cada víctima individualizada. Con rituales de arrepentimiento colectivo, que nos ayudarán a sanar a todos como víctimas que somos también del conflicto. Desatendiendo la imposibilidad de haber vivido en paz desde que nacimos. Viéndolos participando legalmente en política. Registrando en imágenes la dejación real de su última arma y su imposibilidad material de jamás ser recuperadas. Verificado esto internacionalmente. Formalizando su garantía de no repetición.

Y siendo más osado, imagino una fuerza guerrillera convertida en fuerza de paz. Imagino posible a los miles de guerrilleros desplegados por todo el territorio, desminando nuestros campos a sueldo, entrenados y con entera voluntad de comprometerse con su cuota de  responsabilidad. Aspirando a un perdón social, arriesgando su vida o extremidades con las debidas habilidades para encontrar y desactivar minas puestas por ellos mismos. Con veeduría y respaldo internacional. Aspirando a una nueva oportunidad de rehacer sus hogares, iniciando una nueva vida. Llevando un sustento a sus casas trabajado con el esfuerzo y el sudor de sus frentes.

Imagino a cabecillas confinados en un campamento de condiciones básicas para vivir, con libertad restringida saliendo a sembrar o trabajar en labores de conocimiento público y auditoría eficaz.

Sencillamente siento que necesitamos conversarlo a profundidad. Las 2 opciones merecen el debido estudio, y la capacidad de ceder de las 2 partes haciendo  mutuas concesiones. Si  lo pensamos mejor, el verdadero interés nacional es la reconciliación. Una paz fundada en la atención del componente psicológico y sociológico que permite a una Nación sanar sus heridas e iniciar de un nuevo camino. Un camino con cabida para el Perdón real de nuestra tragedia.

Particularmente preferiría una paz en la que cupiéramos todos en ese mismo interés. Tenemos que pensarlo bien y juntos. 

¿Paz pero polarizados con el uribismo?

¿Paz con justicia basada en la venganza por crímenes atroces cometidos, cortando las alas de la participación futura en política?

¿O Paz con justicia fundada en la posibilidad real de reconciliarnos, a partir del amor verdadero por el prójimo y la confianza colectiva para reconstruirnos como nación? 

¿Participación política dentro de un juego democrático que garantice a futuro la no repetición? O justicia basada en la pena de eliminarles sus derechos políticos que lucharon equivocadamente con sus vidas expuestas por más de 50 años.

¿Que se está así  premiando a la guerrilla o motivando a las futuras generaciones para delinquir?  O  que fundados en la fuerza del perdón genuino de toda una Nación cesáramos a futuro este conflicto y los demás derivados de esa lucha cruenta y larga.

Un paño de agua tibia para nuestro conflicto mayor con penas de 8 años sin garantías mayores? O la extirpación del cáncer de la violencia con base en opciones fundadas en el amor y la capacidad mayor de un entendimiento profundo acerca de lo que es vivir en comunidad.

¿Un verdadero reconocimiento a una negociación entre partes de un conflicto? O la creencia errada de que estamos frente a un sometimiento del enemigo con el que se negocia una pena y se priva de toda posibilidad futura de continuar su lucha de 50 años dentro de la legalidad.

Es importante que los incorporemos  Estos pensamientos que no son difíciles de entender en nuestra conversación y deben estar presentes entre las personas que estamos interesadas en la construcción de paz. Es nuestro desafío mayor si nos jugamos la posibilidad de eliminar el conflicto definitivamente entre todos los colombianos. O puede ser también la cesación aparente  y temporal de un conflicto para ahondar en otro más nuevo y fundado en la polarización que vivimos actualmente.

Prefiero sinceramente también una paz con la que se sientan a gusto la mayoría de colombianos.

Son solo estos pensamientos e ideas además de otros muchas tan divergentes o derivadas lo que nos permitirá alcanzar la paz.

"Soy porque tu eres"  Esencia de la filosofía ~ Ubuntu, clave para reconstruir la nación sudafricana luego del Apartheid. Filosofía de vida que posibilita el perdón y la reconciliación entre habitantes de un mismo territorio.


Luis Carlos Jacobsen

@LuchoJacobsen

Original en Abril 19 de 2013, cumpliendo 47 años de haber nacido en un país en guerra.

Aspirando con firmeza a la paz construida entre todos.

Revisado en Diciembre de 2015





jueves, 21 de marzo de 2013

¿Por qué la Paz?

La paz en Colombia no es un invento de Juan Manuel Santos. Esta se viene persiguiendo desde que estoy vivo con esfuerzos recurrentes ineficaces en la mayoría de los casos. Están para mostrar resultados experiencias exitosas con M19 y EPL, al igual que enormes frustraciones como Caguan o paz de Belisario.

Estamos de acuerdo en algo con el señor Alvaro Uribe. Su trabajo fue eficaz y eso se ve en resultados. Sin ocuparnos aquí de esa política de seguridad que produjo más de 3000 asesinatos selectivos, o que tuvo al enlace con el hampa escuchando las conversaciones de nuestro Presidente por años. El presidente cumplió parcialmente lo que prometió. Acabar con la guerrilla.

Los golpes militares liderados por Santos, tanto en el gobierno Uribe como de Presidente (Marquez, Reyes, Jojoy, Cano, Rescate Ingrid, etc.) además de bombardeos selectivos a innumerables jefes medios dejaron a las FARC en serias dificultades de mando y desunión. La posibilidad de ser bombardeados en cualquier instante se les volvió inminente y eso acaba con la moral de cualquier tropa. 

A la mesa de negociación de la Habana no llegamos débiles. Por el contrario, nunca estuvo tan debilitada la capacidad militar organizada de la guerrilla. Son cuadrillas que aún pueden causarnos mucho mal, y criticarse por ello la política de seguridad con cierto sesgo, pero es evidente la balanza se ha desequilibrado a nuestro favor. Estamos en condiciones de ponerlos a conversar en una mesa de la que aparentemente ninguno se quiere parar hasta alcanzar la paz.

Hace no mucho tiempo hubo un día que una muerte específica de un grupo de guerrilleros me produjo tristeza. No supe en ese momento sería el día en que recuerde para siempre que estaba hastiado de la guerra. Que comenzaron a importarme los guerrilleros muertos, tanto como cualquier colombiano. Sin descontar el noble sacrificio de nuestras FFMM legítimamente constituidas para defendernos. Entendí ese día, que el camino equivocado de la guerrilla es inercial, y pararlo no es tan fácil hasta el punto de la rendición o el sometimiento. La falta de presencia del estado en regiones apartadas les inyecta dinero del narcotráfico que hace más difícil terminar con su influencia y capacidad de desestabilizar.

Sentarse a la mesa ya tiene su significado. Se ponen en ella asuntos agrupados en 5 categorías sobre las que se esperan acuerdos. No es el fin del capitalismo, ni robarle a los ricos para darle a los pobres, como algunos ya comienzan a decir. Es emprender un camino de sanación colectivo. De reconciliación a partir del perdón, del reconocimiento del otro y de la validación de las diferencias  que nos han separado del otro. Es poder desafiar modelos mentales y creencias imperantes y reemplazarlos con otras. Es eliminar nuestras propias barreras para vernos unidos en la calle y en el vecindario. Es como caminar por el Ecuador pero mejor porque sería dentro de Colombia nuestro propio país. En paz y en pleno desarrollo. Creciendo 2 puntos % adicionales en nuestro PIB. Un magnífico negocio para una mayor cantidad de gente.

Es construir entre la diversidad, apoyados por nuestras instituciones y con un claro mandato presidencial. La búsqueda de la paz que manda la Constitución. La paz ya se ha hecho en diferentes países del mundo donde se pensaba sería imposible hacerlo. Creo que en Colombia más que posible es necesaria como acto de sostenibilidad como Nación. No podemos seguir ofreciendo condiciones favorables a toda nuestra población con el roto en el costal  que representa la guerra para nuestras finanzas. Esa guerra que ya nos cuesta al día  una suma de dinero suficiente para sacar de la pobreza a muchas familias.

Para el grueso de combatientes que deponen sus armas y se comprometen lealmente con el proceso y con la verdad puede ofrecérseles muchas alternativas innovadoras. La primera que viene a mi mente es trabajar voluntariamente y a sueldo en el desminado de nuestros campos. Con el entrenamiento debido. Asumiendo su responsabilidad de haber sembrado nuestro suelo del riesgo de la muerte por solo caminarlo, y entregando sus armas,  yo no dudaría en perdonarlos. Afrontando a las víctimas y contándoles la verdad, en sus caras, con detalles para poder recuperar la historia final de sus seres queridos. Pidiendo perdón  a los ojos y aspirando a una nueva oportunidad frente al victimario y luego frente a toda la sociedad.

La paz requiere la máxima cantidad de colombianos apoyándola. Aun siendo un proceso incierto y tortuoso, el riesgo vale la pena correrlo porque es inmensa la apuesta en juego. Perder lo apostado no sería tan grave si hubiere que retirarnos de la mesa. Pero abordar con creatividad y sentimientos de reconciliación nuestro mayor desafío del siglo, será recordado por generaciones y será el trampolín desde el cual mediremos nuestro desarrollo futuro. 

Diremos... "desde que se construyó la paz en Colombia"..., cualquier cosa que queramos imaginar. Nos conviene a una gran mayoría, nos la merecemos, y tenemos una gran responsabilidad en lo impasibles o indolentes  que fuimos algún día frente a ella. Podemos perdonarnos a nosotros mismos y perdonar al otro como base sustantiva para la reconciliación. El resto son detalles que pueden llegar a convertirse en "articulitos" modificables por el bien mayor.

La Marcha del 9 de Abril #Marcha9deAbril - es crucial para demostrar sin dar importancia a los partidos, la manifestación inmensa de voluntades que apoyan y se unen con su luz al proceso que ilumine las mentes y la creatividad de nuestros negociadores. Con la esperanza que requieren las tareas más difíciles.

Esa paz que ni podemos imaginar porque ni siquiera conocemos. Esa paz que al irla entendiendo y construyendo juntos comencemos a valorar y defender como nuestro bien más preciado. Para que nunca jamás volvamos a meternos en esta tragedia que nos desangra e imposibilita desarrollo futuro como Nación.