domingo, 15 de junio de 2025

"Colombia mató su paz por omisión. Ahora recoge la tormenta."

Por Luis Carlos Jacobsen


Cuando el mundo celebraba el Nobel de Paz otorgado a Juan Manuel Santos en 2016, muchos creyeron que Colombia había comenzado un camino irreversible hacia la reconciliación. Pero la historia fue menos épica y más trágica. El país no rompió el acuerdo de paz con las FARC; simplemente lo dejó morir por asfixia lenta. Y hoy, las consecuencias se sienten en cada territorio donde el Estado no llega y las armas no callan.

Quienes hoy culpan al gobierno de Santos por el recrudecimiento de la violencia, omiten un detalle esencial: la paz comenzó a dar frutos, pero no se le permitió crecer.

El acuerdo funcionaba. Hasta que dejó de implementarse.

No se trata de opiniones: se trata de evidencia. Durante los primeros dos años de implementación (2016–2018), se registraron las tasas más bajas de homicidios en décadas, según cifras del DANE y el Instituto de Medicina Legal. Los enfrentamientos entre el Estado y las FARC prácticamente desaparecieron. Miles de combatientes se sometieron a la ley del estado. Se estableció un tribunal de justicia transicional (JEP) que ha sido reconocido como modelo por Naciones Unidas.

El acuerdo con las FARC no era perfecto. Pero funcionaba, considerando la profundidad del conflicto y la complejidad institucional del país.

Evidencias del funcionamiento del Acuerdo de Paz

  • Homicidios en caída libre: Entre 2012 y 2016, en plena negociación, las tasas de homicidio descendieron drásticamente, reduciendo la brecha urbano-rural revistas.uexternado.edu.codocuments1.worldbank.org. Tras la firma, se redujeron los enfrentamientos directos y se entregaron 8.112 armas a la ONU antes de agosto de 2017 es.wikipedia.org.

  • Reincorporación real: Más de 13.000 combatientes dejaron las armas y se comprometieron con la justicia transicional, que exige verdad y reparación.

  • Implementación con signos positivos: Aunque lenta, la implementación pasó del 26 % al 28 % durante el gobierno Duque, según el Instituto Kroc —una mejora mínima, pero en una línea ascendente es.wikipedia.org+15opendemocracy.net+15elpais.com+15.

  • Todavía tengo fresca en mi mente una noticia. Durante las negociaciones del acuerdo de paz con las FARC entre 2016 y 2017, se registró una situación inusual en el Hospital Militar Central. Reportes de la época destacaron que el pabellón para soldados heridos quedó prácticamente vacío, reflejo del cese de operaciones militares intensas contra la guerrilla infobae.com+2rfi.fr+2cambiocolombia.com+2. En ese entonces medios acreditados como RFI describieron claramente los “efectos palpables del acuerdo de paz” en ese hospital rfi.fr.

  • Caída de cultivos ilícitos: En los primeros años, la extensión de coca cayó de 109.569 a 94.900 hectáreas, una reducción del 13,4 % verificacion.cerac.org.co.

La promesa de “hacer trizas” y la contrarreforma de la paz

La llegada del presidente Iván Duque en 2018 marcó el principio del fin. Aunque no desmanteló el acuerdo formalmente, su partido (el Centro Democrático) había prometido "hacer trizas ese maldito papel", en palabras de Fernando Londoño, ideólogo uribista.

Duque intentó recortar las competencias de la JEP, se opuso a puntos centrales como la participación política de excombatientes y bloqueó presupuestos fundamentales para la implementación rural, el desarrollo territorial y los programas de sustitución voluntaria de cultivos ilícitos. El propio Instituto Kroc, encargado del monitoreo, advirtió que el acuerdo avanzaba más lentamente y de forma menos integral desde 2019.

El boicot como estrategia

La derecha, con su discurso de “impunidad”, bloqueó recursos clave: reforma rural, presupuesto para PDET, garantías de seguridad y participación política. Duque impugnó la JEP, objetó leyes y recortó la implementación.

El riesgo era evidente: la justicia transicional no seduce al uso punitivo. Pero es la única salida posible cuando no hay victoria militar.

Las omisiones que desataron la tormenta

Negar recursos, dilatar leyes, atacar la legitimidad del sistema de justicia transicional y abandonar la seguridad de líderes sociales y firmantes del acuerdo tuvo consecuencias previsibles: más de 400 excombatientes asesinados, decenas de masacres, y una proliferación de grupos armados residuales y nuevos actores del crimen organizado.

La paz no se rompe con discursos. Se rompe con indiferencia, con pasividad institucional, con gobiernos que convierten la implementación en letra muerta.

Lo que a la derecha no le gustaba de la "paz de Santos"

Mejor corrijamos. Lo que a Uribe no le gustaba de la paz de Santos era que hubiera verdad ofrecida de parte de todos los actores del conflicto. 

Por esa razón, una de las críticas más simplistas —y más repetidas— contra el acuerdo de paz es la supuesta impunidad. Como si fuera realista esperar cárcel automática para guerrilleros combatientes no vencidos, que además entregaran sus armas y se autodeclararan derrotados.

¿Cuándo en la historia del mundo ha ocurrido que una guerrilla activa, aún armada, simplemente renuncie a su causa y camine directo a prisión, sin haber sido derrotada militarmente? 

Esa no es una paz: es una rendición. Y Colombia, pese a su dolor, no venció militarmente a las FARC. Lo que se logró fue otra cosa: obtener su desmovilización, su entrega de armas, su sometimiento a una justicia que exige verdad y reparación, incluso si esta no satisface los anhelos punitivos de algunos sectores. No era una paz perfecta, pero era una salida posible a un conflicto de más de medio siglo. Y no entender eso es seguir prefiriendo la guerra, solo que con otra gramática.

Los datos que confirman el deterioro

Disidencias, ELN y el regreso del fuego cruzado

Hoy, las disidencias de las FARC son más fuertes que nunca, y el proceso de “paz total” del gobierno actual enfrenta múltiples frentes con poca capacidad de maniobra. Pero es un error histórico culpar exclusivamente al presente: la violencia actual es una factura atrasada por no haber protegido ni cumplido el acuerdo firmado.

No se puede negociar con los nuevos grupos armados sin antes honrar el pacto que desactivó al más antiguo. No se puede pedir confianza si el Estado fue el primero en incumplir.

El modelo belicista solo ha ofrecido espejismos:

  • En los 2000, Uribe redujo secuestros y masacres por vía militar de manera notable. revistas.uexternado.edu.coelpais.com+1documents1.worldbank.org+1es.wikipedia.org+2es.wikipedia.org+2es.wikipedia.org+2. Pero el conflicto siguió, sin resolver causas profundas, y no tenía posibilidades reales de acabarse del todo por la vía militar. A finales de la década los crímenes extrajudiciales, mal llamados falsos positivos, el asesinato + 6.000 jóvenes inocentes para hacerlos pasar por guerrilleros ya comenzaba a volverse un verdadero escándalo que haría insostenible la continuación de esa guerra. 

  • Muchas guerrillas han retornado a las armas cuando no se ofrecieron salidas dignas .

  • Solo una paz sostenible exige desarme, verdad, reparación y protección.

Colombia, otra vez en el punto cero

No es Santos quien fracasó. Fue la derecha gobernante la que boicoteó una oportunidad histórica. Por cálculo político, por ideología, o por miedo, dejaron a medias el camino más valiente que el país ha intentado en su historia reciente.

Hoy Colombia no está en guerra abierta, pero tampoco está en paz. Y lo peor: muchos parecen resignados a esta nueva normalidad violenta. Como si fuera inevitable. Como si no hubiéramos tenido una opción distinta.

Pero la tuvimos. Y la dejamos ir. Y en ello tiene enorme responsabilidad la derecha radical de mi país, pero a su vez son los que más se quejan y exigen seguridad. Prefieren encontrar en Santos o en Petro un culpable, que asumir su propia responsabilidad. 

¿Apostarle de nuevo a la paz?

No se trataba de una paz perfecta, sino de una paz posible. Una paz real donde las armas callan y se habla, donde se entrega verdad y no solo castigo, y donde la promesa de no repetición vale más que el deseo de venganza.

Lo que recibió Colombia fue una oportunidad. Lo que rompió la derecha fue el corazón político que le dio vida. Por eso hoy recogemos la tormenta, como invitación a reconstruir lo que se destruyó por inacción, miedo o cálculo.

Y reconstruir esa paz no lo puede hacer la derecha radical con la única opción que conoce es la belicista. Quizas sea fundamental debilitar de nuevo las guerrillas, y en ese momento, al igual que sucedió antes, negociar una paz posible. 

Esa será tarea de una opción política de Centro que sea capaz de alejarse de las radiicales izquerda y derecha. 


viernes, 13 de junio de 2025

Cuatro años más así, ¿de verdad podemos resistirlos?

 Por Luis Carlos Jacobsen

No es una pregunta retórica. Es una alarma. Porque si Colombia insiste en elegir entre extremos, la próxima presidencia no será una solución, sino una profundización de la herida.

 Cuatro años más de polarización no son un escenario político: son una condena.

Ya vivimos lo que significan gobiernos radicales enfrentados a oposiciones rabiosas. Lo vimos con Duque, cuando una reforma tributaria encendió la mecha de la mayor movilización social en décadas. Y lo vivimos hoy con Petro, en medio de una crispación total, donde cada decreto, cada palabra, cada error o acierto, se convierte en combustible para la hoguera.

La polarización no se debate. Se vive. Se sufre. En las oficinas, en las cenas familiares, en los grupos de WhatsApp, en las noticias que no informan sino insultan. Se cuela en la vida cotidiana como un veneno invisible. Y lo peor: ya se está volviendo costumbre.

Este gobierno, liderado por quien destapó la parapolítica y sacó los trapos sucios del uribismo, nunca tuvo la menor posibilidad de gobernar sin ser atacado con furia. Petro ha gobernado con medio país en contra, pero también con sus propias bodegas atacando todo lo que huela a crítica. Se alimentan mutuamente. El uribismo y el petrismo se odian tanto que se necesitan.

Si gana otro candidato del progresismo duro, el sabotaje no solo continuará: se volverá misión institucional. Persecuciones judiciales, campañas de desprestigio, bloqueos legislativos, desinformación organizada y más odio digital disfrazado de opinión.

Si gana un candidato de derecha radical, como los del Centro Democrático o el uribismo mediático tipo Vicky Dávila, el progresismo en pleno saldrá a las calles. Las redes estallarán. Volverá el discurso de la resistencia. Las marchas, los paros, los cacerolazos. Los mismos fantasmas, con otra bandera.

El resultado será el mismo: un país ingobernable.

La polarización destruye la confianza, y sin confianza no hay inversión, ni empleo, ni estabilidad. Ningún empresario sensato pone su plata en un país donde la política es guerra. Ninguna política social funciona si cada opositor dedica sus días a tumbarla. Ninguna reforma es posible si cada senador vota pensando en likes, no en soluciones.

Colombia está agotada. El ciudadano de a pie no quiere trincheras, quiere trabajo. No quiere peleas, quiere resultados. Pero el sistema político está armado para la confrontación. Y la historia política tampoco ayuda. 

¿Podemos resistir cuatro años más así? ¿Podemos vivir con el alma en vilo, la economía en pausa y el Estado secuestrado por la revancha?

Tal vez sea hora de entender que la solución no está en "derrotar al otro", sino en no seguir alimentando este ciclo infernal.

La verdadera pregunta es: ¿nos atrevemos a votar por quien no promete incendiar al otro lado, sino escucharle?

Porque si no, preparémonos. No para un nuevo gobierno. Sino para cuatro años más de infierno con transmisión on line. En directo. 

Pero también está la otra posibilidad. La de la cordura. La de quienes, sin necesidad de gritar, entendemos que Colombia necesita un nuevo rumbo. 

Esa mayoría silenciosa que está harta del odio, pero no ha perdido la esperanza. Que quiere un país donde el desacuerdo no sea una sentencia, donde podamos volver a saludarnos sin que tenga mayor importancia una diferencia ideológica.

No podemos unirnos en los extremos, pero sí podemos encontrarnos en el centro: en ese lugar donde caben las ideas, el respeto y la decencia. Donde el insulto no tiene cabida, y la unidad no es una consigna vacía, sino el mejor clima para la inversión, la prosperidad y la convivencia. Es hora de dejar de elegir entre trincheras, y empezar a construir un puente que nos devuelva la confianza y el futuro.



Quizá el mejor ensayo de lo que puede ser esa nueva política se juegue primero en la familia: ese espacio donde, a pesar de nuestras diferencias, aprendemos a escucharnos, a expresarnos con verdad y a reconocernos como unidad en la diferencia. 

La familia debería ser ese primer escenario de democracia emocional: donde cada uno pueda decir lo que piensa, sin miedo a ser excluido, y también aceptar con madurez el espejo que le ponen quienes más lo conocen. Es allí, en la franqueza que viene del alma, donde muchas veces ocurre el salto de conciencia. No para imponer una verdad, sino para construirnos entre verdades distintas. Si somos capaces de extirpar el insulto, el prejuicio y el señalamiento allí, tal vez podamos empezar a imaginar un país entero capaz de convivir sin destruirse por pensar distinto.

Se vienen tiempos difíciles. Un ambiente preelectoral cargado de temores bien fundados sobre permanencias indebidas en el poder o transgresiones a la Constitución. ¿Está nuestra familia lista para enfrentar ese debate? ¿Deberemos mantenernos en silencio, simulando que nada pasa, sin ser capaces de construir en la diferencia? ¿Seremos presa fácil de una nueva polarización que se cuele al interior de nuestros hogares? ¿O seremos capaces de dar un paso de madurez y crecimiento como familia, que nos solidifique y nos ponga en guardia frente a la desunión y la discordia?

La respuesta a esas preguntas puede marcar la diferencia no solo en el futuro del país, sino en lo más íntimo: en la paz del comedor, en el tono de nuestras conversaciones, en el ejemplo que damos a quienes vienen detrás. Que ese sea el lugar donde empiece una nueva forma de construir un vínculo emocional con nuestro país.

domingo, 8 de junio de 2025

Estoy mamado. Pero no rendido.

Ni izquierda, ni derecha: “No quiero más 2 bandos. Quiero un país para todos.”

Estoy mamado de esta política de extremos. De ver a la izquierda y la derecha colombianas lanzándose piedras todos los días como si eso construyera algo. Como si destruir al otro fuera un mérito. Como si odiar mejor fuera una virtud.

La derecha no es mejor que la izquierda. Ni peor. A la izquierda se le nota muchas veces la falta de cancha, de experiencia real para transformar la vida de la gente. Llegaron con un discurso esperanzador, pero lo ejecutaron mal. Se quedaron en las consignas, en los ensayos de gobierno, en los errores de amateurs.

La derecha, en cambio, tiene callo, pero está podrida de soberbia. Se alimenta del extremismo verbal, de la fatalidad, de un mesías eterno al que hay que agradar como a un influencer necesitado de aplausos. Y aún así, se niega a reconocer 6.402 muertes. Se tapa entre sí. Se atrinchera. Tiene una oposición floja, desaliñada, grosera y descoordinada, que no logra articular ideas ni aprovechar las oportunidades de crecer políticamente.

Ambos lados tienen mil razones para ser criticados. Ambos han gobernado mal. Ambos han defraudado.

Y por eso, aunque suene a cliché, sí: necesitamos unirnos. Pero la pregunta clave es ¿hacia dónde? ¿Unirnos con quién? ¿Con una izquierda que nos decepcionó por lo que pudo ser y no fue? ¿O con una derecha atrapada en su propio juego de adulaciones, incapaz de hacer oposición seria?

Yo digo: abramos espacio desde el centro. No como punto medio decorativo, sino como fuerza que rechace el extremismo, que le diga NO a los malos gobiernos sin importar su color político. Una opción que recupere la cordura como valor. Que vuelva a creer en el diálogo, en la coherencia, en la escucha.

Necesitamos rescatar la capacidad de escucharnos. De cambiar de opinión sin que eso sea pecado. De desafiar esa lucha de clases invisible que sigue viva en cada mirada condescendiente, en cada espacio negado, en cada voz excluida. Dejar de creernos moralmente superiores por votar distinto. Dejar de usar el poder para liquidar al contrario, para silenciar su pensamiento, para borrarlo del mapa. Porque eso es lo que hemos hecho.

Como dice Fito Páez, nos la pasamos viendo “cómo se hacen pis como chicos”. Pero no solo eso: encima se mojan el pantalón y lo exhiben con orgullo. Como si la inmadurez política fuera una medalla. Como si arrastrar al país en sus peleas de ego fuera una hazaña.

No quiero seguir viendo el péndulo de un extremo a otro, pasando frente a mí sin control.
Quiero detener el péndulo en el centro. Y al mismo tiempo, detener el tiempo. Que se quede quieto. Dormido. Silencioso. Que me deje actuar.

Porque si logro detener ese vaivén por un instante, quiero hacer diez cosas claves. Diez. Rápidas, firmes, que no necesiten ruido pero sí convicción. Diez actos de sensatez y justicia que cuando el péndulo despierte —porque va a despertar—, lo haga con la evidencia de que aquí se pudo hacer distinto. Que no todo es gritar o repetir lo mismo. Que con hechos se puede demostrar que todos tenemos una cuota de responsabilidad en lo que ha pasado en este país.

Y desde ahí, desde ese punto, propongo algo radical: comprometernos con algo que nos cueste trabajo. No con lo fácil, no con la opinión suelta o la queja eterna. Sino con algo concreto, real, que produzca un efecto visible en la casa, en la cuadra, en el barrio, o en toda una comunidad. Que el cambio deje de ser un deseo y se convierta en una práctica.

Estoy mamado. Pero no estoy rendido. Y ya es hora de que el centro deje de ser zona de paso y se convierta en punto de partida.

Y sí, desde aquí también envío mis mejores deseos de recuperación a Miguel Uribe. Que este hecho —terrible, injustificable— sea un punto de inflexión. Que nos sirva para entender que no podemos seguir aceptando, aplaudiendo, comentando o compartiendo actos de violencia, ni física ni verbal. Que dejemos de alimentar el odio con likes, con burlas, con silencio. Que entendamos, de una vez por todas, que la violencia política nace de pensamientos extremistas, y que es precisamente eso lo que hay que combatir con carácter y sin doble discurso.