domingo, 8 de junio de 2025

Estoy mamado. Pero no rendido.

Ni izquierda, ni derecha: “No quiero más 2 bandos. Quiero un país para todos.”

Estoy mamado de esta política de extremos. De ver a la izquierda y la derecha colombianas lanzándose piedras todos los días como si eso construyera algo. Como si destruir al otro fuera un mérito. Como si odiar mejor fuera una virtud.

La derecha no es mejor que la izquierda. Ni peor. A la izquierda se le nota muchas veces la falta de cancha, de experiencia real para transformar la vida de la gente. Llegaron con un discurso esperanzador, pero lo ejecutaron mal. Se quedaron en las consignas, en los ensayos de gobierno, en los errores de amateurs.

La derecha, en cambio, tiene callo, pero está podrida de soberbia. Se alimenta del extremismo verbal, de la fatalidad, de un mesías eterno al que hay que agradar como a un influencer necesitado de aplausos. Y aún así, se niega a reconocer 6.402 muertes. Se tapa entre sí. Se atrinchera. Tiene una oposición floja, desaliñada, grosera y descoordinada, que no logra articular ideas ni aprovechar las oportunidades de crecer políticamente.

Ambos lados tienen mil razones para ser criticados. Ambos han gobernado mal. Ambos han defraudado.

Y por eso, aunque suene a cliché, sí: necesitamos unirnos. Pero la pregunta clave es ¿hacia dónde? ¿Unirnos con quién? ¿Con una izquierda que nos decepcionó por lo que pudo ser y no fue? ¿O con una derecha atrapada en su propio juego de adulaciones, incapaz de hacer oposición seria?

Yo digo: abramos espacio desde el centro. No como punto medio decorativo, sino como fuerza que rechace el extremismo, que le diga NO a los malos gobiernos sin importar su color político. Una opción que recupere la cordura como valor. Que vuelva a creer en el diálogo, en la coherencia, en la escucha.

Necesitamos rescatar la capacidad de escucharnos. De cambiar de opinión sin que eso sea pecado. De desafiar esa lucha de clases invisible que sigue viva en cada mirada condescendiente, en cada espacio negado, en cada voz excluida. Dejar de creernos moralmente superiores por votar distinto. Dejar de usar el poder para liquidar al contrario, para silenciar su pensamiento, para borrarlo del mapa. Porque eso es lo que hemos hecho.

Como dice Fito Páez, nos la pasamos viendo “cómo se hacen pis como chicos”. Pero no solo eso: encima se mojan el pantalón y lo exhiben con orgullo. Como si la inmadurez política fuera una medalla. Como si arrastrar al país en sus peleas de ego fuera una hazaña.

No quiero seguir viendo el péndulo de un extremo a otro, pasando frente a mí sin control.
Quiero detener el péndulo en el centro. Y al mismo tiempo, detener el tiempo. Que se quede quieto. Dormido. Silencioso. Que me deje actuar.

Porque si logro detener ese vaivén por un instante, quiero hacer diez cosas claves. Diez. Rápidas, firmes, que no necesiten ruido pero sí convicción. Diez actos de sensatez y justicia que cuando el péndulo despierte —porque va a despertar—, lo haga con la evidencia de que aquí se pudo hacer distinto. Que no todo es gritar o repetir lo mismo. Que con hechos se puede demostrar que todos tenemos una cuota de responsabilidad en lo que ha pasado en este país.

Y desde ahí, desde ese punto, propongo algo radical: comprometernos con algo que nos cueste trabajo. No con lo fácil, no con la opinión suelta o la queja eterna. Sino con algo concreto, real, que produzca un efecto visible en la casa, en la cuadra, en el barrio, o en toda una comunidad. Que el cambio deje de ser un deseo y se convierta en una práctica.

Estoy mamado. Pero no estoy rendido. Y ya es hora de que el centro deje de ser zona de paso y se convierta en punto de partida.

Y sí, desde aquí también envío mis mejores deseos de recuperación a Miguel Uribe. Que este hecho —terrible, injustificable— sea un punto de inflexión. Que nos sirva para entender que no podemos seguir aceptando, aplaudiendo, comentando o compartiendo actos de violencia, ni física ni verbal. Que dejemos de alimentar el odio con likes, con burlas, con silencio. Que entendamos, de una vez por todas, que la violencia política nace de pensamientos extremistas, y que es precisamente eso lo que hay que combatir con carácter y sin doble discurso.







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