Por Luis Carlos Jacobsen
Cuando el mundo celebraba el Nobel de Paz otorgado a Juan Manuel Santos en 2016, muchos creyeron que Colombia había comenzado un camino irreversible hacia la reconciliación. Pero la historia fue menos épica y más trágica. El país no rompió el acuerdo de paz con las FARC; simplemente lo dejó morir por asfixia lenta. Y hoy, las consecuencias se sienten en cada territorio donde el Estado no llega y las armas no callan.
Quienes hoy culpan al gobierno de Santos por el recrudecimiento de la violencia, omiten un detalle esencial: la paz comenzó a dar frutos, pero no se le permitió crecer.
El acuerdo funcionaba. Hasta que dejó de implementarse.
No se trata de opiniones: se trata de evidencia. Durante los primeros dos años de implementación (2016–2018), se registraron las tasas más bajas de homicidios en décadas, según cifras del DANE y el Instituto de Medicina Legal. Los enfrentamientos entre el Estado y las FARC prácticamente desaparecieron. Miles de combatientes se sometieron a la ley del estado. Se estableció un tribunal de justicia transicional (JEP) que ha sido reconocido como modelo por Naciones Unidas.
El acuerdo con las FARC no era perfecto. Pero funcionaba, considerando la profundidad del conflicto y la complejidad institucional del país.
Evidencias del funcionamiento del Acuerdo de Paz
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Homicidios en caída libre: Entre 2012 y 2016, en plena negociación, las tasas de homicidio descendieron drásticamente, reduciendo la brecha urbano-rural revistas.uexternado.edu.codocuments1.worldbank.org. Tras la firma, se redujeron los enfrentamientos directos y se entregaron 8.112 armas a la ONU antes de agosto de 2017 es.wikipedia.org.
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Reincorporación real: Más de 13.000 combatientes dejaron las armas y se comprometieron con la justicia transicional, que exige verdad y reparación.
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Implementación con signos positivos: Aunque lenta, la implementación pasó del 26 % al 28 % durante el gobierno Duque, según el Instituto Kroc —una mejora mínima, pero en una línea ascendente es.wikipedia.org+15opendemocracy.net+15elpais.com+15.
Todavía tengo fresca en mi mente una noticia. Durante las negociaciones del acuerdo de paz con las FARC entre 2016 y 2017, se registró una situación inusual en el Hospital Militar Central. Reportes de la época destacaron que el pabellón para soldados heridos quedó prácticamente vacío, reflejo del cese de operaciones militares intensas contra la guerrilla infobae.com+2rfi.fr+2cambiocolombia.com+2. En ese entonces medios acreditados como RFI describieron claramente los “efectos palpables del acuerdo de paz” en ese hospital rfi.fr.
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Caída de cultivos ilícitos: En los primeros años, la extensión de coca cayó de 109.569 a 94.900 hectáreas, una reducción del 13,4 % verificacion.cerac.org.co.
La promesa de “hacer trizas” y la contrarreforma de la paz
La llegada del presidente Iván Duque en 2018 marcó el principio del fin. Aunque no desmanteló el acuerdo formalmente, su partido (el Centro Democrático) había prometido "hacer trizas ese maldito papel", en palabras de Fernando Londoño, ideólogo uribista.
Duque intentó recortar las competencias de la JEP, se opuso a puntos centrales como la participación política de excombatientes y bloqueó presupuestos fundamentales para la implementación rural, el desarrollo territorial y los programas de sustitución voluntaria de cultivos ilícitos. El propio Instituto Kroc, encargado del monitoreo, advirtió que el acuerdo avanzaba más lentamente y de forma menos integral desde 2019.
El boicot como estrategia
La derecha, con su discurso de “impunidad”, bloqueó recursos clave: reforma rural, presupuesto para PDET, garantías de seguridad y participación política. Duque impugnó la JEP, objetó leyes y recortó la implementación.
El riesgo era evidente: la justicia transicional no seduce al uso punitivo. Pero es la única salida posible cuando no hay victoria militar.
Las omisiones que desataron la tormenta
Negar recursos, dilatar leyes, atacar la legitimidad del sistema de justicia transicional y abandonar la seguridad de líderes sociales y firmantes del acuerdo tuvo consecuencias previsibles: más de 400 excombatientes asesinados, decenas de masacres, y una proliferación de grupos armados residuales y nuevos actores del crimen organizado.
La paz no se rompe con discursos. Se rompe con indiferencia, con pasividad institucional, con gobiernos que convierten la implementación en letra muerta.
Lo que a la derecha no le gustaba de la "paz de Santos"
Mejor corrijamos. Lo que a Uribe no le gustaba de la paz de Santos era que hubiera verdad ofrecida de parte de todos los actores del conflicto.
Por esa razón, una de las críticas más simplistas —y más repetidas— contra el acuerdo de paz es la supuesta impunidad. Como si fuera realista esperar cárcel automática para guerrilleros combatientes no vencidos, que además entregaran sus armas y se autodeclararan derrotados.
¿Cuándo en la historia del mundo ha ocurrido que una guerrilla activa, aún armada, simplemente renuncie a su causa y camine directo a prisión, sin haber sido derrotada militarmente?
Esa no es una paz: es una rendición. Y Colombia, pese a su dolor, no venció militarmente a las FARC. Lo que se logró fue otra cosa: obtener su desmovilización, su entrega de armas, su sometimiento a una justicia que exige verdad y reparación, incluso si esta no satisface los anhelos punitivos de algunos sectores. No era una paz perfecta, pero era una salida posible a un conflicto de más de medio siglo. Y no entender eso es seguir prefiriendo la guerra, solo que con otra gramática.
Los datos que confirman el deterioro
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Violencia contra líderes y excombatientes:
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En 2017–2021 se asesinó a 957 líderes sociales y 261 excombatientes únicamente durante el periodo Duque. opendemocracy.netcomisiondelaverdad.co+1es.wikipedia.org+1comisiondelaverdad.co+2indepaz.org.co+2es.wikipedia.org+2.
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Entre 2016 y 2024 murieron 1.372 líderes sociales elpais.com.
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En 2024 se registraron 157 asesinatos de líderes, más de uno cada dos días elpais.com.
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Violencia política creciente: De enero a abril de 2025 hubo 128 actos violentos, incluidos 34 asesinatos, algo récord en la precampaña presidencial elpais.com.
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Presencia armada dispersa: En 2023 más del 85 % de los municipios afectados por violencia albergan grupos armados indepaz.org.co+15elpais.com+15hrw.org+15, una expansión preocupante desde el posacuerdo.
Disidencias, ELN y el regreso del fuego cruzado
Hoy, las disidencias de las FARC son más fuertes que nunca, y el proceso de “paz total” del gobierno actual enfrenta múltiples frentes con poca capacidad de maniobra. Pero es un error histórico culpar exclusivamente al presente: la violencia actual es una factura atrasada por no haber protegido ni cumplido el acuerdo firmado.
No se puede negociar con los nuevos grupos armados sin antes honrar el pacto que desactivó al más antiguo. No se puede pedir confianza si el Estado fue el primero en incumplir.
El modelo belicista solo ha ofrecido espejismos:
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En los 2000, Uribe redujo secuestros y masacres por vía militar de manera notable. revistas.uexternado.edu.coelpais.com+1documents1.worldbank.org+1es.wikipedia.org+2es.wikipedia.org+2es.wikipedia.org+2. Pero el conflicto siguió, sin resolver causas profundas, y no tenía posibilidades reales de acabarse del todo por la vía militar. A finales de la década los crímenes extrajudiciales, mal llamados falsos positivos, el asesinato + 6.000 jóvenes inocentes para hacerlos pasar por guerrilleros ya comenzaba a volverse un verdadero escándalo que haría insostenible la continuación de esa guerra.
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Muchas guerrillas han retornado a las armas cuando no se ofrecieron salidas dignas .
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Solo una paz sostenible exige desarme, verdad, reparación y protección.
Colombia, otra vez en el punto cero
No es Santos quien fracasó. Fue la derecha gobernante la que boicoteó una oportunidad histórica. Por cálculo político, por ideología, o por miedo, dejaron a medias el camino más valiente que el país ha intentado en su historia reciente.
Hoy Colombia no está en guerra abierta, pero tampoco está en paz. Y lo peor: muchos parecen resignados a esta nueva normalidad violenta. Como si fuera inevitable. Como si no hubiéramos tenido una opción distinta.
Pero la tuvimos. Y la dejamos ir. Y en ello tiene enorme responsabilidad la derecha radical de mi país, pero a su vez son los que más se quejan y exigen seguridad. Prefieren encontrar en Santos o en Petro un culpable, que asumir su propia responsabilidad.
¿Apostarle de nuevo a la paz?
No se trataba de una paz perfecta, sino de una paz posible. Una paz real donde las armas callan y se habla, donde se entrega verdad y no solo castigo, y donde la promesa de no repetición vale más que el deseo de venganza.
Lo que recibió Colombia fue una oportunidad. Lo que rompió la derecha fue el corazón político que le dio vida. Por eso hoy recogemos la tormenta, como invitación a reconstruir lo que se destruyó por inacción, miedo o cálculo.
Y reconstruir esa paz no lo puede hacer la derecha radical con la única opción que conoce es la belicista. Quizas sea fundamental debilitar de nuevo las guerrillas, y en ese momento, al igual que sucedió antes, negociar una paz posible.
Esa será tarea de una opción política de Centro que sea capaz de alejarse de las radiicales izquerda y derecha.

Buen artículo, dejó por fuera el entrampamiento a Santrich que creo fue un duro golpe al proceso, que le demostró con hechos a muchos guerrilleros que no se puede confiar en el establecimiento y que resultaba más seguro volver a las armas.
ResponderEliminarAlguien lo tenía que decir!!!..El Acuerdo de Paz fue tristemente una oportunidad perdida por no haber sabido elegir el gobierno de transición, no era Duque, tampoco Petro...era De La Calle...Nuestros políticos en los extremos hacen política no desde el servicio a la patria sino desde sus egos y por eso tristemente hoy estamos como estamos!!!..Y a esos extremos les digo que quien no reconoce y acepta sus errores está condenado a repetirlos!!!..Gracias Luis Carlos por tu columna!!!
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