Hay algo que me ha venido rondando con insistencia cuando pienso en eso que se bautizó —con una carga casi emocional— como el “gobierno del cambio”. No tanto por lo que prometía, que en política suele ser una narrativa generosa, sino por lo que terminó ocurriendo cuando esa promesa tuvo que enfrentarse con la realidad, que casi siempre es más terca.
Muchos votaron con una expectativa clara: que algo profundo se moviera, que el país girara, que dejáramos de ser lo que veníamos siendo. Y si uno mira con lupa —con esa lupa incómoda que no milita en ningún bando— la política pública, la estructura del Estado, la forma como se ejecuta el gasto, la sensación es, como mínimo, ambigua. No hubo ese quiebre estructural que algunos soñaban. Persisten prácticas conocidas: contratación abundante, una burocracia que no precisamente se encogió, un Estado que sigue creciendo como si nunca hubiera aprendido a medirse.
Pero quedarse ahí sería, curiosamente, repetir el mismo error que tanto criticamos.
Porque sí pasaron cosas. Y pasaron cosas que no caben del todo bien en una hoja de Excel.
Por primera vez, la izquierda gobernó Colombia. Y eso, en un país históricamente receloso —por no decir alérgico— a ese espectro político, no es un dato menor. Cambió el tono, cambió el lenguaje, cambió la estética del poder. Cambió incluso la conversación sobre quién cabe y quién no cabe en la mesa.
Algunas reformas avanzaron, otras se estrellaron contra un muro que sigue ahí, firme, recordándonos que el poder en Colombia no se entrega con facilidad. Y en medio de ese pulso, aparecieron señales que incomodan porque no encajan del todo en los relatos prearmados. El campo, por ejemplo, mostró momentos de dinamismo poco habituales, con crecimientos que superaron el 10%. Más dinero en manos campesinas, más movimiento en territorios que durante años parecían condenados a la inercia.
Y sí, también se intentó mover una ficha que lleva décadas atascada: la tierra.
No porque antes no existiera el problema. La tierra incautada al narcotráfico ha estado ahí, durante años, bajo la administración de entidades como la Sociedad de Activos Especiales, pasando de gobierno en gobierno, acumulando promesas, enredos jurídicos y, en demasiados casos, abandono. No es que antes no hubiera intención; es que el sistema, como suele pasar, es más complejo —y más resistente— de lo que cualquier gobierno quisiera admitir.
Lo que aparece ahora es un intento más explícito de mover esa tierra, de adjudicarla, de ponerla a producir, de hacer algo con ella más allá de administrarla en un limbo elegante. ¿Es una revolución agraria? Decir eso hoy suena más a deseo que a realidad consolidada. Pero tampoco es honesto decir que no se ha intentado nada distinto.
Y aquí es donde la conversación se pone interesante… o incómoda, dependiendo de desde dónde se mire.
Porque hay un sector que ante todo esto responde con una pregunta que ya no suena a pregunta, sino a consigna: “¿Cuál cambio?”. Y en ese gesto hay algo profundamente revelador. No es solo escepticismo. Es, muchas veces, una negación activa de cualquier matiz.
Critican que no haya cambio, pero nunca quisieron uno que viniera desde ahí.
Es como quien pide más agua… pero le pone una piedra al molino.
Se exige transformación en el discurso, pero se bloquea, se deslegitima o se minimiza cualquier intento que no encaje en la propia visión de mundo. Todo se reduce, se caricaturiza, se invalida por origen. Y entonces ya no importa si algo funciona o no, si tiene impacto o no. Importa quién lo hizo.
Y así es muy difícil construir país.
Porque una cosa es criticar —y hay mucho que criticar, sería ingenuo negarlo—, y otra muy distinta es negar de plano cualquier posibilidad de mérito. Cuando todo se invalida por principio, dejamos de evaluar por contenido. Y ahí ya no estamos en el terreno de las ideas, sino en el de las identidades defendidas a toda costa.
Ahora, tampoco nos engañemos del otro lado. Convertir cada intento en una gesta heroica también empobrece la conversación. El gobierno no estuvo a la altura de todas las expectativas que generó —probablemente ninguna experiencia política lo está—, pero tampoco fue el desastre absoluto que algunos anunciaban con entusiasmo casi anticipado.
Y entonces quedamos en ese lugar incómodo donde no hay respuestas fáciles.
Lo que sí cambió, y esto me parece más profundo de lo que solemos reconocer, es el tablero. La izquierda gobernando Colombia dejó de ser una hipótesis improbable para convertirse en experiencia concreta. Con inexperiencia, con errores, con tensiones internas, con aprendizajes a veces torpes… pero gobernó.
Y eso, en un país que durante décadas se explicó a sí mismo desde un solo ángulo, ya es un movimiento significativo.
No es el cambio épico que muchos imaginaron. Tampoco es la nada que otros repiten. Es algo más difícil de digerir: un desplazamiento.
Un movimiento que incomoda porque obliga a revisar certezas, a salir del libreto cómodo, a aceptar que la realidad —como las decisiones difíciles en la vida— rara vez cabe en extremos limpios. Tal vez el problema no es que no haya habido cambio. Tal vez el problema es que no sabemos muy bien cómo mirarlo cuando no se parece a lo que esperábamos.
Y por eso, cuando pienso en lo que viene, no puedo evitar una inquietud que se siente menos ideológica y más humana. No quisiera ver este país atrapado en un péndulo donde cada gobierno hereda no solo los problemas del anterior, sino también el estilo de su oposición.
Porque si algo ha quedado claro es que las formas también gobiernan. Y las formas, cuando se radicalizan, no solo contradicen al otro: lo incuban.
No quisiera que quedara Valencia por una sola cosa. La oposición que recibiría sería casi un espejo de la que hoy ella misma ha contribuido a construir. Y en ese juego de reflejos, donde cada lado justifica sus excesos en los del otro, el país termina pagando el costo.
A veces creemos que estamos frenando un modelo, cuando en realidad lo estamos preparando para que vuelva… con más fuerza. Y ahí sí, lo que se vuelve invivible no es un gobierno.
Es la forma en que decidimos convivir.
Luis Carlos Jacobsen
Mayo 3 de 2026
