Lo que más me incomoda de la actual contienda electoral, es que no se trata solo de política. Se trata de la cultura que está presente en todo. La narrativa que nos invade y que se retroalimenta ella misma desde la protección de intereses económicos que no permiten un cambio. Intereses económicos con nombre propio del medio de comunicación que se prefiera, para el cual la verdad puede ceder a un segundo plano.
Colombia no ha logrado consolidar una democracia donde el poder se equilibre, se cuestione y se limite de manera consistente, sin importar quién lo ejerza. En lugar de eso, hemos construido una lógica más simple y más peligrosa: la de la política como eliminación del otro.
Durante mucho tiempo, la existencia misma de una izquierda legítima fue puesta en duda. No se la veía como un contradictor necesario, sino como un enemigo a neutralizar. Esa lógica no solo justificó discursos de exclusión, sino que convivió con hechos mucho más graves que terminaron por distorsionar profundamente el juego democrático.
Pero esa lógica no desapareció. Solo cambió de forma.
Hoy no se elimina físicamente al adversario político como antes, pero se le desfigura, se le caricaturiza, se le reduce a una amenaza constante. Se reinstala el miedo como herramienta electoral. Se construyen narrativas que convierten cualquier propuesta en el inicio de una catástrofe.
Y mientras eso ocurre, algo más sigue intacto: una estructura de poder que ha sido históricamente funcional a ciertos intereses, que ha convivido con economías ilegales, que ha tolerado niveles profundos de corrupción y que ha encontrado en el miedo una forma eficaz de protegerse.
Decir esto no es una defensa de la izquierda. Sería irresponsable negar los errores, las improvisaciones, los escándalos y las limitaciones evidentes del gobierno actual. La corrupción existe y es grave. Las dificultades en sectores como la salud no nacieron ayer, y vaya que sí ha beneficiado a unos cuantos mediante un esquema corrupto y mal controlado, que terminó por explotar.
Pero lo que resulta imposible de sostener es la idea de que estos problemas son inéditos o exclusivos de un solo sector político. Colombia arrastra fallas estructurales desde hace décadas: concentración de la tierra, desigualdad persistente, economías ilegales infiltrando el poder, instituciones capturadas, reformas necesarias que nunca avanzaron porque tocaban intereses demasiado fuertes.
Y sin embargo, cuando esas reformas se proponen, el debate se desplaza. Ya no se discute su contenido, sino el miedo que generan. Ahí es donde aparece el verdadero doble rasero. No en la existencia de errores —que son inevitables en cualquier gobierno— sino en la manera en que los juzgamos.
Unos son imperdonables. Otros son justificables.
Unos son prueba de una amenaza. Otros son daños colaterales.
Así no se construye democracia.
Una democracia madura no necesita que un proyecto destruya al otro para poder existir. Necesita exactamente lo contrario: que ambos coexistan, se vigilen, se contradigan y se limiten mutuamente.
El contrapeso no es una debilidad del sistema. Es su mayor fortaleza. Pero para que eso funcione, hay que hacer algo profundamente incómodo: dejar de pensar en el otro como enemigo y empezar a verlo como necesario.
Eso implica exigirle a todos lo mismo. Sin excepciones. Sin indulgencias selectivas. Sin miedos heredados que nublen el juicio.
Tal vez el problema de Colombia no sea la izquierda ni la derecha. Tal vez el problema es que seguimos sin aprender a convivir con ambas. Y mientras no lo hagamos, seguiremos atrapados en la misma historia: una donde el miedo decide más que la verdad, y donde la democracia existe… pero no termina de madurar.
