Guerra o Paz… Nuestro dilema actual
¿A cambio de qué accedería un combatiente a entregar su fusil
sin haber sido vencido antes en combate?
¿Qué le cuesta en su interior a un guerrillero despojarse de su poderoso
fusil AK47 que alguna vez le dio credibilidad y poder para caminar
amenazante imponiendo su voluntad por nuestros campos y pueblos?
¿Cuáles son las mínimas condiciones, repito, que cualquiera esperaría a
cambio en el supuesto de que ofreciera desarmarse, como paso previo hacia
desmovilizarse
luego y para siempre?
Estas preguntas nos las hizo Tokyo Secquale en un simposio de Justicia
Restaurativa y Paz organizado por la Fundación ALVARALICE que tuvo lugar en
Cali hace 9 años. Las respuestas nos obligan a pensar más allá del ideal de
querer ver a una guerrilla vencida y sometida entregando sus armas en abierta
rendición. Secquele, ex líder del ala militar del CNA sudafricano durante el
Apartheid nos enseñó a entender con esas preguntas la psicología básica de cómo funciona la mente del guerrero.
En una negociación política para el cese de un conflicto, los combatientes
esperan una salida digna, pudiendo mirar de nuevo a cualquiera de frente,
además de posibilidades de subsistencia y garantías mínimas para la defensa de
los derechos que reclaman (ahora) sin armas. Ello implica para todos nosotros reconocer
con franqueza no haber podido vencerlos en el pasado con las armas legítimas del
estado y aceptar que para librar de nuevo esa guerra aspirando a ganarla
en el futuro, se debe considerar más muertos y heridos en ambos bandos y
población civil. Igual se debe contemplar su duración incierta sin un final del
resultado propuesto que alguien nos pueda garantizar.
Sabemos que hay otra propuesta de paz que inicia con un planteamiento opuesto,
que consiste en negarlos como parte del conflicto y que reclama penas de 6 años
a combatientes y jefes como primera medida por imponerles. Esta propuesta
califica como un exabrupto cualquier participación política ofrecida al
enemigo. Afirma que “Sí a la paz”, pero que con condiciones. Pregona que con
terroristas y narcotraficantes no hay nada que pactar sino unos años de cárcel
que deban pagar. Advierte que con un par de escaños en el congreso nos van a
gobernar, y que justo es esa una muestra del inicio del castro-chavismo
en Colombia. Y que por ello hay que negarles cualquier derecho político además
de su desmovilización. Y así gritan a los cuatro vientos que "¡paz sin
impunidad!", que “se está premiando el crimen” sin detenerse a pensar, o
sin querer admitirlo; que su modelo de paz sólo es aplicable para un enemigo
que ha sido vencido y humillado. No nos dicen, - eso sí -, que ese escenario de
sometimiento y rendición sólo es posible fuera del marco actual de una
negociación política de cese del conflicto. No nos cuentan con claridad que a
lo que nos invitan es a enfrascarnos de nuevo en una guerra indefinida
que ya sabemos es muy difícil de ganar. Y no responden ni dicen nada por miles
de más vidas perdidas que conlleva esa aventura. Ni admiten el número creciente
de víctimas como fruto de la muerte de jóvenes campesinos colombianos, sean
estos guerrilleros, soldados o paramilitares. O civiles de cualquier edad.
No asumen tampoco los costos de mucha más miseria y desolación… Esa
guerra que se obstinan en librar en pro de la seguridad ya la conocemos desde
que nacimos muchos colombianos. Esa es la misma guerra que nos quieren reeditar
por otros 4 años sin siquiera contemplar cualquier otra posibilidad.
Además, también sabemos que para muchos colombianos es cierto que
la guerrilla está sentada en la Habana conversando sin que en Colombia exista
la seguridad o la confianza plena en su palabra. Confunde mucho también eso de
haber pactado la negociación en medio del conflicto. Lo normal aparentemente es
que uno pudiera verles una voluntad real de desarmar su discurso y acciones por
el solo hecho de estar sentados hablando de paz. Sin embargo no reconocemos que
por ese cese de hostilidades que reclamamos nos pedirían también a cambio un alto
de operaciones que conlleva a su vez que puedan recomponer su desventaja
militar mediante la detención bilateral de hostilidades. Pareciera que se
desconoce la importancia que tuvo negarles dicha figura que habría sido la
antesala de otro Caguán, por el necesario despeje territorial requerido para su
implementación y verificación. Por esa razón a muchos les duele y les parece
incomprensible que negociamos la terminación del conflicto expuestos al escalamiento
de la guerra por cualquiera de las partes en cualquier momento, sin saber que
fue esa en realidad la primera conquista de nuestro equipo comisionado. No
perder la ventaja militar.
Intento a continuación aportar otra mirada. Parto de la base que se debe
reconocer la importancia de tener sentados a los mandos de la guerrilla de las
FARC conversando luego del debilitamiento real de estructuras y mandos, tras
ocho años del gobierno anterior y los primeros años de éste. Y que en vez de
seguir imponiendo el anterior modelo de fuerza, este pensó que en esas
condiciones se podía acabar la guerra cuando aún quedaban posibilidades
de reconciliación. Y al plantearnos un objetivo ideal principal de Concordia
entre colombianos, necesariamente quedamos todos con la responsabilidad
ineludible de ver con sinceridad cuánto hemos aceptado el conflicto y cómo
hemos aprendido a vivir con él, en sus causas, en su ilógica, ya sea por acción
o por omisión. Por eso la paz que nos plantean no es la simple acción del
estado imponiendo su fuerza mediante la guerra y la imposición de unas
penas o la restricción de unos derechos para someter al enemigo. La paz que se
plantea para Colombia necesariamente tiene que pasar por el filtro de un cambio necesario en cada
uno que la haga posible. La
responsabilidad que tenemos en el cese de un conflicto tan largo y degradado
nos exige participar y desafiarnos a ver las cosas con una mirada más profunda
y menos simplista. Quizás ello nos conduzca a nuevas formas de
entendimiento que a su vez forjen la base de nuevas posibilidades para poder imaginarnos
cómo sería vivir sin conflicto armado.
Creo que la paz de la que habla el gobierno actual, y así lo difunde
nuestro equipo en la mesa de la Habana, es una que reconoce a los combatientes
y les ofrece por ese hecho una segunda oportunidad para que acepten vivir
apegados a nuestras normas, en civilidad y completo desarme. Es una oferta generosa
en la que obtenemos por igual mucho a cambio. Considero que nos es posible
aceptar a todos, con menor o mayor grado de dificultad según cada quién, que si
obtenemos además de sus Armas (1), el Reconocimiento y la Verdad garantizada
para las Víctimas (2), la Garantía de no Repetición (3), alguna forma justa de
Reparación (4), y el compromiso de desmontar los Cultivos Ilícitos de los que
se lucran (5), podemos entonces otorgar la suspensión condicional de una pena
de cárcel (I.), reglamentar unas Zonas de Reserva Campesina (II.) y aceptar
formas concretas de Participación Política (III.) integradas a la
legalidad y al fortalecimiento de nuestra democracia. Y para garantizar que nos
rija y sea imperativo el anterior acuerdo base contamos con el derecho de poder
refrendarlo democráticamente con un SÍ o NO.
Que nos garantice la aceptación mayoritaria de cualquier camino de los
señalados que se escoja.
Es cierto que la negociación actual está construida sobre bases que
dignifican al enemigo y lo invitan a una apuesta política sin armas ni poder de
persuasión por la fuerza. Y también es cierto que para alcanzar una paz
duradera ello implica dejar de ver a nuestro estado como único participante en
la resolución de nuestro más grande y antiguo problema, y a nosotros los
colombianos como espectadores pasivos del mismo.
La paz y su manifestación real empiezan con el cese del conflicto. Para
poder conquistarlo, ello también implica nuestra propia comprensión y decisión.
Y sobre todo requiere de la propia sanación del conflicto interno que llevamos sin
saberlo cada uno después de tanto tiempo de haber estado viviendo en medio de
el. No podemos esperar más a que haya un eventual sometimiento luego de
arreciar los combates. Ese es el
verdadero costo que sería enorme y que no podemos ya aceptar. La paz está a
nuestro alcance y poder verla implica asumir un desafío personal. Este implica
apertura y nuevos entendimientos si estamos de acuerdo en que alcanzarla no es
un asunto que le competa exclusivamente al estado colombiano. Nos compete por
igual a cada habitante que lo ha sufrido y que quiera habitar nuestro
territorio nacional en paz.
“No es tan difícil cambiar la sociedad; lo realmente difícil es
cambiarte a ti mismo.”
~Nelson Mandela
Luis Carlos Jacobsen
Cali, Mayo 15 de 2014
Sobran las palabras Lucho. Gracias por tu excelente análisis.
ResponderEliminar@luisfo1951 en Twitter
Eres generoso!
ResponderEliminarmis respetos, me identifico totalmente con este bello pensamiento...
ResponderEliminarSiempre es enriquecedor leerte.
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