sábado, 23 de agosto de 2025

“Uribe, entre la seguridad recuperada y las heridas que no cierran”


Hubo un tiempo en que Colombia parecía asomarse a un abismo. El miedo era cotidiano, las carreteras estaban tomadas, las ciudades sitiadas por el secuestro, las emboscadas y las bombas. En medio de esa incertidumbre, Álvaro Uribe Vélez llegó al poder en 2002 con una promesa clara:
recuperar el país.

Y en parte, lo hizo. No se puede negar. Durante sus dos mandatos, los secuestros cayeron en picada, las carreteras se abrieron, el Estado recuperó control territorial y la inversión extranjera volvió a mirar a Colombia con interés. La economía creció, la inflación se controló y se construyó una narrativa de confianza inversionista que duraría años.

Pero mientras las luces brillaban, las sombras se alargaban. Bajo la superficie, se gestaba una historia paralela: redes de poder, espionaje, alianzas prohibidas, corrupción estructural y un saldo humano que todavía duele.

Las cifras oficiales mostraban victorias militares históricas. Sin que eso no costara vidas y miembros de nuestros soldados, o víctimas civiles inocentes que cayeron en medio de la confrontación. Pero tras esas victorias, el Ejército perseguía resultados a cualquier costo. Entre 2002 y 2008, más de 6.400 colombianos fueron ejecutados y presentados como guerrilleros muertos en combate. Campesinos, jóvenes desempleados, hasta personas con discapacidad… sus familias aún los llaman por su nombre, pero los expedientes los registraron como “bajas”.

La JEP ha documentado estos crímenes en el macrocaso 003. Generales como Mario Montoya, Nicacio Martínez y Rito Alejo del Río han sido llamados a responder.
El Estado pidió perdón, pero las heridas siguen abiertas. Y hoy, en Argentina, se tramita una querella internacional por estos hechos, bajo jurisdicción universal.

Solo imaginemos ese suceso en tiempos de Petro. Que murieran miles de colombianos a manos de las fuerzas de seguridad, en proporción alarmante respecto al histórico. Qué se diría?

El DAS, las “chuzadas” y los enemigos internos

Si alguien se atrevía a criticar al gobierno, podía terminar vigilado. Desde la mismísima Presidencia, el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) organizó una operación de espionaje masivo contra magistrados, periodistas, opositores y defensores de derechos humanos.

Las condenas son firmes:

  • Jorge Noguera, exdirector del DAS: 25 años de cárcel por colaborar con paramilitares.

  • María del Pilar Hurtado, directora del DAS: condenada por interceptaciones ilegales.

  • Bernardo Moreno, jefe del DAPRE: también condenado.

Era el Estado espiando a sus propios ciudadanos.

Imaginemos al gobierno Petro y un escándalo de tales proporciones. La oposición, las cortes y los periodistas con sus comunicaciones interceptadas. ¿Se lo alcanzan a imaginar?

Los paramilitares y la política

Uribe desmovilizó oficialmente a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), pero las investigaciones revelaron otra verdad incómoda: las fronteras entre el Estado, el Congreso y los paramilitares estaban peligrosamente difusas.

Decenas de congresistas y alcaldes de la coalición uribista fueron condenados por parapolítica: por pactar con grupos armados ilegales, recibir financiamiento o avalar despojos de tierras.

Incluso hombres cercanos al presidente cayeron:

  • Mario Uribe, su primo, condenado por concierto para delinquir.

  • Mauricio Santoyo, su jefe de seguridad, admitió ante tribunales estadounidenses haber colaborado con las AUC y recibido millones de dólares a cambio de información privilegiada.

En paralelo, mientras los paramilitares firmaban desmovilizaciones, sus empresas y testaferros se quedaban con miles de hectáreas. Fue un despojo masivo: Urabá, Montes de María, Chocó, Magdalena Medio. Hoy, miles de campesinos reclaman tierras y justicia, mientras líderes sociales caen asesinados por defenderlas.

Imaginemos a más de 60 congresistas del Pacto Histórico, con condenas en firma por ser empujados sus votos en sus municipios con la intimidación de la guerrilla. Imaginemos la financiación ilícita de sus campañas, e imaginemos la influencia en el congreso hacia el partido de gobierno. ¿Alguien imagina la dimensión del escándalo?

La reelección y el precio de un voto

Uribe quería quedarse. Y se quedó.
La Constitución se modificó para permitir la reelección inmediata. Años después, la propia Corte Suprema confirmaría lo que muchos denunciaron: ese cambio se compró voto a voto.

  • Yidis Medina confesó haber recibido sobornos.

  • Sabas Pretelt de la Vega, Diego Palacio y Alberto Velásquez, hombres clave del gobierno, fueron condenados por corrupción.

El sueño de la reelección tuvo un costo institucional que el país aún paga.

Imaginemos los esfuerzos hoy de Petro por reelegirse. Imaginemos a su partido político presentando Proyecto de Ley de Reforma Constitucional, sabiendo que el voto va a ser comprado para favorecer otros 4 años de Petro!!! ¿¿¿se lo pueden imaginar???

El campo, el oro y las migajas

Programas como Agro Ingreso Seguro (AIS) prometían apoyar al campesino. En la práctica, terminaron financiando a grandes terratenientes, testaferros y financiadores de campaña. El exministro Andrés Felipe Arias —“Uribito”— fue condenado a 17 años de prisión.

Lo mismo ocurrió con la minería: en medio del boom extractivista, se otorgaron títulos mineros cuestionados, muchos hoy bajo investigación por irregularidades.

Imaginemos a Petro haciendo algo similar.

Odebrecht y las coimas multinacionales

El escándalo Odebrecht no fue exclusivo de Uribe, pero tocó de lleno a su administración:

  • Gabriel García Morales, viceministro de Transporte, recibió sobornos y está condenado.

  • Bernardo “Ñoño” Elías y Otto Bula, aliados políticos clave, también terminaron en la cárcel.

Era un sistema aceitado: licitaciones millonarias, políticos aliados y favores cruzados.

¿Se parece esto al gobierno Petro? Es igual, es peor, o definitivamente, la corrupción en este gobierno es algo nunca visto, y los 70.000 millones del internet para los niños en las regiones durante el gobierno Duque no significa nada?

Los números que duelen

  • Más de 6.400 víctimas de falsos positivos.

  • Decenas de congresistas condenados por parapolítica.

  • Ministros, directores de agencias y jefes de seguridad sentenciados.

  • Miles de hectáreas despojadas a campesinos.

  • Espionaje ilegal desde la Presidencia.

  • Sobornos comprobados para modificar la Constitución.

Uribe hoy

En julio de 2025, Álvaro Uribe se convirtió en el primer expresidente colombiano condenado penalmente:

  • Delitos: fraude procesal y soborno en actuación penal.

  • Pena: 12 años de prisión domiciliaria y multa de $3.400 millones COP.

  • Está libre mientras apela, pero la historia ya registró el golpe.

Y, al mismo tiempo, enfrenta una querella internacional en Argentina por los falsos positivos. La justicia, aunque lenta, parece haber encontrado su cauce.

Luces y sombras

El legado de Uribe es complejo. Recuperó la confianza y la seguridad, pero a un precio altísimo: el país se llenó de fosas comunes, el Congreso se tiñó de parapolítica, la justicia fue presionada y las instituciones se vieron vulneradas. Y la polarización que se deriva de la falta de verdad en esos hechos agobia al país hoy día y nos tiene divididos como jamás habíamos visto. Hasta el punto que pensar desde el centro, sin consideraciones extremas, se ha vuelto una labor imposible. 

Colombia salió del miedo de las FARC… y entró en otra red de silencios, alianzas y heridas que todavía supuran.

Y no podemos hoy contar con una opción de izquierda o derecha moderadas. Que reconozcan al contrario y no lo descalifiquen. Que se apeguen completamente a los DDHH en la recuperación de de la seguridad del país. Que sean capaces de modernizar instituciones, blindar los poderes ejecutivo y judicial, y no desprestigien a la oposición. Que nos ofrezcan un cambio en las costumbres políticas, en la transparencia del uso de los recursos, en una reforma agraria con fuerte financiación de la tecnificación bajo esquemas cooperativos. Que nos permitan ver una Reforma a la Salud que destape los intereses privados ilícitos en un asunto público. Que podamos ver una reforma política real con una Comisión de Acusaciones capaz de juzgar al poder, que seamos capaces de reducir la corrupción de forma notoria y significativa. Que las reformas tributarias atiendan principios de justicia distributiva, que todos paguen en relación a su capacidad de aporte y generación de riqueza. 

Si juzgamos y desvaloramos al gobierno Petro, hagámoslo con todos por igual. Y no nos conformemos ni moderemos el debate de que queremos un salvador, un cambio, sin saber en verdad a quién estamos eligiendo y qué podemos esperar. 


domingo, 17 de agosto de 2025

¿Por qué no nos plantamos frente a lo que ocurre en Gaza?

Han pasado ya varios meses desde el ataque de Hamas —acto que condeno sin ambigüedades— y lo que ha seguido no es defensa, es devastación. Una operación de castigo desmedida contra la población civil palestina. El hambre convertida en arma de guerra. El agua y los alimentos racionados a niveles inhumanos. Niños muriendo de desnutrición en directo, frente a nuestros ojos.


Mientras tanto, se anuncia la intención de quedarse con la tierra, se ofrecen salidas forzadas a los habitantes de Gaza y Cisjordania, como si se tratara de un desalojo masivo en plena era digital. Muchos líderes del gobierno israelí siguen justificando la ocupación ilegal en designios bíblicos. ¿Cómo podemos permanecer callados cuando vemos francotiradores apuntando a adolescentes, colonos expandiéndose sobre territorios ocupados tomando las casas de los palestinas, o familias enteras sometidas a la demolición de sus casas? ¿Cómo puede el mundo aceptar que existan “colonos” sobre tierras que pertenecen a otro pueblo?


Lo llamemos como lo llamemos, no deja de ser lo que es: ocupación ilegal, presión sistemática, abuso de autoridad y limpieza territorial en cámara lenta. Genocidio. Limpieza étnica. Escoja. Cualquiera de esos conceptos se ajusta perfectamente a lo que vemos.

En Colombia, un partido político influyente —el Centro Democrático— apoya sin matices todo lo que haga el gobierno israelí. Nunca han levantado la voz por los palestinos, y todo indica que nunca lo harán.

¿Por qué?

  • ¿Hay financiamiento electoral al Centro Democrático de empresarios con vínculos con Israel?

  • ¿Hay amistades estratégicas entre élites colombianas y sectores de poder judío?

  • ¿Hay sintonía ideológica con la derecha que gobierna en Tel Aviv?

  • ¿O simplemente incapacidad de sentir compasión por quienes hoy son víctimas evidentes de una injusticia atroz? Esta idea no creo que sea generalizada, pues conozco gente decente de esa corriente política que no deja de conmoverse con lo que allí pasa.  

La pregunta es inevitable: ¿apoyar al Centro Democrático debe convertirse en sinónimo de respaldar esa sinrazón y esa debacle humanitaria?

Y dejemos algo claro: que Petro haya apoyado públicamente la causa palestina no significa que solidarizarse con Gaza sea un acto “petrista”. No lo es. Estar con los gazatíes, con un pueblo masacrado, debería ser un gesto humano y no un marcador ideológico. Esta nación debería moverse por la compasión y no por la indolencia. El dolor humano está por encima de cualquier bandera política.

Necesitamos levantarnos como nación para clamar porque cese la violencia israelí, y dejar de una vez por todas la cobardía de mirar hacia otro lado.

El mundo ya se está moviendo. Australia, España, Noruega, Suiza, Holanda, incluso Alemania empiezan a decir basta! La ONU, la Cruz Roja, China, Rusia, cientos de ONG y millones de ciudadanos se alinean con la causa palestina.

¿Y nosotros? ¿Vamos a seguir del brazo con Trump, Netanyahu y la extrema derecha global, solo por conveniencia económica y política? ¿Vamos a permitir que la indolencia frente al dolor ajeno se convierta en la doctrina oficial de Colombia?

Es hora de hablar sin miedo: apoyar al Centro Democrático hoy es apoyar la barbarie en Gaza. Es avalar la masacre de inocentes. Y cada ciudadano debe saberlo cuando llegue el momento de votar. Y espero que este tema entre al debate político para que dicha corriente política destape sus cartas y acaso señale que dentro de su proyecto político NO serán indiferentes a perpetuar la ocupación y el abuso. 



Colombia necesita despertar. Necesita indignarse. Necesita señalar con el dedo a quienes callan y a quienes justifican. Porque en la aldea global no hay neutralidad posible frente a la injusticia. El silencio es complicidad.

Y la complicidad, tarde o temprano, también se paga.

viernes, 15 de agosto de 2025

Verdades Incómodas: Lo que No se Quiere Ver de Petro y sus Opositores


Creo que, en últimas, a Petro no le fue tan mal como la derecha radical hubiera querido. Le armaron el cajón antes de empezar a gobernar: que íbamos a volvernos Venezuela, que sería una catástrofe nacional, que violaría todas las libertades, que nos llevaría al comunismo, etc.

Ya sé: hubo escándalos graves, de los que tampoco se salvaron ni Duque ni Uribe, si uno lo mira con algo de sentido de justicia. Pero como no soy petrista, puedo decirlo sin que suene a defensa de ese proyecto —que en muchas otras cosas se equivocó y que no se puede defender—. Qué cosa tan tenaz lo del pastor Saade tan cercano al gobierno, por citar un ejemplo reciente.

Ahí están la corrupción en la UNGRD (Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres), el caso de Laura Sarabia y Benedetti con las chuzadas a su niñera, el hijo del presidente y la financiación de la campaña, en fin. La crisis política de corrupción en DAPRE y Casa de Nariño. Hijos de presidentes con enriquecimiento ventajoso… ya habíamos visto eso antes, ¿o no?

Pero veamos:

La devaluación bien controlada, el desempleo a la baja, la inflación controlada y también a la baja —sobre todo en alimentos—, crecimiento del sector agrícola del 10%, aumento del salario mínimo que impulsó el consumo sin generar la inflación que muchos aseguraban. La economía no se desbarató ni colapsó; este año crece al 2.7%, por encima del promedio latinoamericano que lo hace al 2.2%. El dólar ha estado estable, y no subió a 8.000 como pronosticaban, y casi que deseaban. No entraron paramilitares a Palacio, ni delincuentes paramilitares se dirigieron al país desde el Congreso. Este tampoco fue tomado en un 35 % por criminales, ni hubo 70 legisladores condenados a penas de cárcel por recibir apoyo del paramilitarismo para hacerse a su curul. No se asesinó a un solo joven con armas del Ejército cuyos autores buscaban prebendas ofrecidas mediante directiva presidencial a los altos mandos y de ahí para abajo. Tampoco corrompió nuestras FFMM aliándolas con el poder narcoparamilitar. ¿Y además saben qué? No se ha atornillado al poder ni hay muestras que lo vaya a hacer, como aseguraban que haría igual a Chavez. El que sí lo hizo se reeligió otros 4 años con reforma fraudulenta a la constitución. Y se quería quedar otros 4 años para completar 12, pero nuestra Corte Constitucional se lo impidió. El Chavez de derecha era otro...

Uribismo hipócrita.

¿Y qué decir del famoso escándalo de "Centros Poblados Abudinen" y compañía? 70.000 millones para dotar con internet las escuelas rurales, perdidos entre las palabras y excusas pendajas de Duque. Un gobierno que supo cooptar como nadie los entes de control para que contáramos con una Procuraduría atada de manos para investigar su gestión, y una Fiscalía más ocupada en las preclusiones de Uribe que otra cosa. "Gobernamos con nuestros amigos, para los nobles intereses de nuestros amigos."

Mucha tierra ha sido restituida a los campesinos como nunca antes: van 650.000 hectáreas, con la meta de llegar al millón. Ojalá lo logren. Tierra bien distribuida es lo que más necesita nuestro país: una verdadera reforma agraria. Todo esto, además, en un gobierno sin medios de comunicación tradicionales que lo favorezcan para reconocerle logros y resultados parciales. Al contrario: medios que no paran un solo día de exaltar el escándalo y omitir verdades en otros asuntos, con agendas editoriales dictadas por sus propios intereses económicos.

En fin: creo que mucha gente sigue viendo en este gobierno lo que querían ver cuando esperaban que le fuera mal. Mucha gente quería que Petro no hiciera un buen gobierno… y, de paso, al país. Yo no me siento del todo satisfecho con este gobierno, pero repito: no le está yendo tan mal como querían ni como creen que le va.

El pendejote de Leyva armó un escándalo que toda la derecha radical aprovechó, y al final resultó ser pura espuma, sin una sola prueba para sostener lo que escribió en dos cartas para difamarlo.

Para mí son mucho peores las cifras escandalosas de ese otro gobierno, con violaciones a los derechos humanos cometidas con la inteligencia y las armas del Estado. Tachando de enemigos a todo aquel que defendiera los DDHH. Poniéndoles un blanco en el pecho para que otros se encargaran de eliminarlos. Pero un buen grupo de colombianos no quiere ver eso mientras les ofrezcan una seguridad que no es fraternal ni fundada en una convivencia pacífica real.

Es mucho más grave que ese presidente esté hoy condenado por los delitos menos graves que se le imputan, y que sus más cercanos colaboradores hayan sido condenados por narcotráfico, concierto para delinquir, paramilitarismo, compra de votos para su reelección, y un largo etcétera.

Pero era un presidente de derecha radical, y eso le encanta a muchos de mis compatriotas más cercanos. Un presidente que los convenció de sabotear un acuerdo de paz negociado, que —como todo acuerdo serio— ofrecía algo a cambio de la desmovilización completa y de la entrega de armas.

Un gobierno regular, como tantos. Pero insisto: con algo que me importa mucho, y es la reforma agraria. Tierra comprada o expropiada a quienes se hicieron a ellas con poder paramilitar.

Y termino con algo triste: cualquiera que sea la corriente política que llegue al poder en 2026, recibirá palo desde el primer día por parte de la oposición, debido a la terrible y maldita polarización a la que estamos condenados… hasta que no afrontemos la verdad de lo que aquí pasó, con valentía.

La verdad sería lo único capaz de reconciliarnos, para dejar de ver al otro como un enemigo. Para darnos cuenta de que lo que a veces defendemos con tanto ahínco y tesón, eran puras mentiras que servían para graduar de enemigo a los contrarios.


Luis Carlos Jacobsen
Agosto 15 de 2025

martes, 5 de agosto de 2025

Entre la verdad íntima y la justicia probada


En medio del debate penal que hoy ocupa buena parte de la conversación pública en Colombia, resulta necesario detenerse en un principio que, aunque pueda incomodar a muchos, es pilar de cualquier democracia: la presunción de inocencia. Nuestro sistema exige que sea el Estado —y solo el Estado— el encargado de demostrar, con pruebas legítimas y concluyentes, la culpabilidad de quien es señalado.

Es un estándar altísimo. Y, sin embargo, prefiero esa dificultad a un sistema que invierta la carga de la prueba o que condene desde la sospecha. Prefiero la certeza dura de las pruebas impecables a la ligereza peligrosa del rumor y la intuición. Porque quitarle la libertad a alguien es el acto más grave que puede ejercer el Estado, y solo puede hacerlo sobre bases irreprochables.

Dicho esto, no ignoro la otra cara de la realidad: la verdad íntima que intuimos y reconocemos en lo profundo de nuestra conciencia colectiva. Y es imposible no pensar en el caso del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Lo creo no desde la pasión del instante, sino desde el trasegar de los años; desde los testimonios repetidos una y otra vez, los hechos documentados en prensa y en expedientes, las decisiones de gobierno que beneficiaron a grupos criminales, los testigos directos asesinados, las personas condenadas por hechos que solo favorecieron a Uribe mientras él permanecía intocable. Es la suma de patrones difíciles de ignorar, que dibujan un cuadro demasiado consistente como para atribuirlo al azar o la persecución política.

Y con todo y eso, acepto que no es suficiente para condenarlo. Los que lo veneran y agradecen no alcanzan a verlo como yo, o si lo ven agradecen que Uribe se presuma inocente, por encima de los hechos que saltan a la luz.

Es aquí donde surge la tensión: creo que Uribe es culpable de los delitos que hoy se le imputan y de otros más graves que aún esperan juicio. Lo creo no desde la visceralidad, sino desde la acumulación de hechos que, vistos en conjunto, dejan pocas dudas.

Y, aun así, lo afirmo tres veces —para que no haya duda—:

  • Me allano al fallo de la justicia colombiana.

  • Me allano al fallo, sea el que sea, porque creo en el aparato judicial de mi país a pesar de fallas, o jueces que no han dado muestra de estar a la altura de su majestad..

  • Me allano al fallo, aun si contradice mis convicciones íntimas, porque creo en el principio que nos protege a todos: la presunción de inocencia. Si no fueron capaces de desvirtuar su presunción de inocencia, es porque ante a justicia de mi país, es inocente.

La verdad puede habitar en la conciencia y aun así no alcanzar los estrados. Y esa distancia —dolorosa, frustrante, pero profundamente necesaria— es lo que nos separa de la arbitrariedad. Porque si alguna vez invertimos ese principio y presumimos culpabilidad sin pruebas impecables, nadie estará a salvo cuando sea su turno de ser señalado.

Invito a toda Colombia a aceptar el fallo desde ya, para ahorrarnos la absurda eventualidad de que si el fallo "nos es favorable, es porque la justicia majestuosa actuó", pero que "si el fallo nos desfavorece, es porque la juez o el tribunal en pleno, están locos, son unas crápulas, o son de izquierda radical y están politizados."

Aceptar el fallo antes de que salga es jugar a ganar. Arriesgando la frustración que puede darnos, pero eligiendo un bien mayor que es el de creer y apoyar nuestras instituciones, si es que nos llamamos demócratas. Aceptar el fallo solo si nos es favorable, es jugar para no perder. Poniendo en tela de juicio condicional a nuestras instituciones, y sentir que de cualquier forma salimos ganando. "Porque no la justicia sino yo era quien tenía la razón." Conveniente. Ventajoso. Amañado. 

domingo, 3 de agosto de 2025

“Tartufo va a misa… Uribe también”

 


Tartufo reza en misa y conspira en el atrio

Por siglos, Tartufo ha sido la advertencia universal contra el hipócrita profesional: ese que se golpea el pecho en público mientras afila el cuchillo en privado. Molière lo pintó en el siglo XVII y, sin proponérselo, nos dejó el molde para entender buena parte de la política criolla del XXI.

En la obra, Tartufo es un devoto que fascina a Orgón, el dueño de casa. Llega pobre, reza como santo, habla con voz angelical. Se hace llamar “el más humilde de los humildes”, pero, entre plegaria y plegaria, trama quedarse con la esposa, la fortuna y hasta el honor del ingenuo que lo acoge. Su arma no es la espada, sino el rosario. No conquista con argumentos, sino con “amén”.

¿Les suena?

Cada vez que la justicia colombiana pronuncia la palabra “Uribe”, se activa el mecanismo tartufesco: rezos televisados, selfies en misa, discursos sobre la persecución a los hombres justos. La homilía es parte de la estrategia de defensa: el acusado se convierte en mártir, el tribunal en villano y el país en espectador de una liturgia donde el incienso sustituye las pruebas.

Mientras Molière hacía reír a la corte francesa con la exageración del hipócrita devoto, Colombia vive la versión en 4K:

  • El líder que se presenta como víctima divina mientras niega miles de ejecuciones extrajudiciales.

  • El hombre que cita a Dios para blindarse del escrutinio humano.

  • El político que transforma el púlpito en tarima electoral, y la misa en rueda de prensa no oficial.

La genialidad de Molière es que nunca describe a Tartufo como malvado de caricatura: es encantador, seductor, convincente. Así funcionan los grandes hipócritas: logran que medio país los adore y que el otro medio dude si el problema es de ellos mismos por no “entender la grandeza del líder”.

Al final de Tartufo, la máscara cae. Se revela la manipulación y el supuesto santo queda desnudo ante todos. En Colombia, el telón todavía no baja; seguimos a la espera del acto final, donde la justicia dirá si el rezo era fe… o coartada.

Porque en la obra de Molière, Tartufo termina desenmascarado.


En la versión colombiana, Uribe aún reza para que nunca llegue el último acto…


pero hasta el mejor hipócrita sabe que ni el “Padre nuestro” absuelve los crímenes de este mundo.