Tartufo reza en misa y conspira en el atrio
Por siglos, Tartufo ha sido la advertencia universal contra el hipócrita profesional: ese que se golpea el pecho en público mientras afila el cuchillo en privado. Molière lo pintó en el siglo XVII y, sin proponérselo, nos dejó el molde para entender buena parte de la política criolla del XXI.
En la obra, Tartufo es un devoto que fascina a Orgón, el dueño de casa. Llega pobre, reza como santo, habla con voz angelical. Se hace llamar “el más humilde de los humildes”, pero, entre plegaria y plegaria, trama quedarse con la esposa, la fortuna y hasta el honor del ingenuo que lo acoge. Su arma no es la espada, sino el rosario. No conquista con argumentos, sino con “amén”.
¿Les suena?
Cada vez que la justicia colombiana pronuncia la palabra “Uribe”, se activa el mecanismo tartufesco: rezos televisados, selfies en misa, discursos sobre la persecución a los hombres justos. La homilía es parte de la estrategia de defensa: el acusado se convierte en mártir, el tribunal en villano y el país en espectador de una liturgia donde el incienso sustituye las pruebas.
Mientras Molière hacía reír a la corte francesa con la exageración del hipócrita devoto, Colombia vive la versión en 4K:
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El líder que se presenta como víctima divina mientras niega miles de ejecuciones extrajudiciales.
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El hombre que cita a Dios para blindarse del escrutinio humano.
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El político que transforma el púlpito en tarima electoral, y la misa en rueda de prensa no oficial.
La genialidad de Molière es que nunca describe a Tartufo como malvado de caricatura: es encantador, seductor, convincente. Así funcionan los grandes hipócritas: logran que medio país los adore y que el otro medio dude si el problema es de ellos mismos por no “entender la grandeza del líder”.
Al final de Tartufo, la máscara cae. Se revela la manipulación y el supuesto santo queda desnudo ante todos. En Colombia, el telón todavía no baja; seguimos a la espera del acto final, donde la justicia dirá si el rezo era fe… o coartada.
Porque en la obra de Molière, Tartufo termina desenmascarado.
En la versión colombiana, Uribe aún reza para que nunca llegue el último acto…
pero hasta el mejor hipócrita sabe que ni el “Padre nuestro” absuelve los crímenes de este mundo.
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