Por Luis Carlos Jacobsen
No es una pregunta retórica. Es una alarma. Porque si Colombia insiste en elegir entre extremos, la próxima presidencia no será una solución, sino una profundización de la herida.
Cuatro años más de polarización no son un escenario político: son una condena.
Ya vivimos lo que significan gobiernos radicales enfrentados a oposiciones rabiosas. Lo vimos con Duque, cuando una reforma tributaria encendió la mecha de la mayor movilización social en décadas. Y lo vivimos hoy con Petro, en medio de una crispación total, donde cada decreto, cada palabra, cada error o acierto, se convierte en combustible para la hoguera.
La polarización no se debate. Se vive. Se sufre. En las oficinas, en las cenas familiares, en los grupos de WhatsApp, en las noticias que no informan sino insultan. Se cuela en la vida cotidiana como un veneno invisible. Y lo peor: ya se está volviendo costumbre.
Este gobierno, liderado por quien destapó la parapolítica y sacó los trapos sucios del uribismo, nunca tuvo la menor posibilidad de gobernar sin ser atacado con furia. Petro ha gobernado con medio país en contra, pero también con sus propias bodegas atacando todo lo que huela a crítica. Se alimentan mutuamente. El uribismo y el petrismo se odian tanto que se necesitan.
Si gana otro candidato del progresismo duro, el sabotaje no solo continuará: se volverá misión institucional. Persecuciones judiciales, campañas de desprestigio, bloqueos legislativos, desinformación organizada y más odio digital disfrazado de opinión.
Si gana un candidato de derecha radical, como los del Centro Democrático o el uribismo mediático tipo Vicky Dávila, el progresismo en pleno saldrá a las calles. Las redes estallarán. Volverá el discurso de la resistencia. Las marchas, los paros, los cacerolazos. Los mismos fantasmas, con otra bandera.
El resultado será el mismo: un país ingobernable.
La polarización destruye la confianza, y sin confianza no hay inversión, ni empleo, ni estabilidad. Ningún empresario sensato pone su plata en un país donde la política es guerra. Ninguna política social funciona si cada opositor dedica sus días a tumbarla. Ninguna reforma es posible si cada senador vota pensando en likes, no en soluciones.
Colombia está agotada. El ciudadano de a pie no quiere trincheras, quiere trabajo. No quiere peleas, quiere resultados. Pero el sistema político está armado para la confrontación. Y la historia política tampoco ayuda.
¿Podemos resistir cuatro años más así? ¿Podemos vivir con el alma en vilo, la economía en pausa y el Estado secuestrado por la revancha?
Tal vez sea hora de entender que la solución no está en "derrotar al otro", sino en no seguir alimentando este ciclo infernal.
La verdadera pregunta es: ¿nos atrevemos a votar por quien no promete incendiar al otro lado, sino escucharle?
Porque si no, preparémonos. No para un nuevo gobierno. Sino para cuatro años más de infierno con transmisión on line. En directo.
Pero también está la otra posibilidad. La de la cordura. La de quienes, sin necesidad de gritar, entendemos que Colombia necesita un nuevo rumbo.
Esa mayoría silenciosa que está harta del odio, pero no ha perdido la esperanza. Que quiere un país donde el desacuerdo no sea una sentencia, donde podamos volver a saludarnos sin que tenga mayor importancia una diferencia ideológica.
No podemos unirnos en los extremos, pero sí podemos encontrarnos en el centro: en ese lugar donde caben las ideas, el respeto y la decencia. Donde el insulto no tiene cabida, y la unidad no es una consigna vacía, sino el mejor clima para la inversión, la prosperidad y la convivencia. Es hora de dejar de elegir entre trincheras, y empezar a construir un puente que nos devuelva la confianza y el futuro.
Quizá el mejor ensayo de lo que puede ser esa nueva política se juegue primero en la familia: ese espacio donde, a pesar de nuestras diferencias, aprendemos a escucharnos, a expresarnos con verdad y a reconocernos como unidad en la diferencia.
La familia debería ser ese primer escenario de democracia emocional: donde cada uno pueda decir lo que piensa, sin miedo a ser excluido, y también aceptar con madurez el espejo que le ponen quienes más lo conocen. Es allí, en la franqueza que viene del alma, donde muchas veces ocurre el salto de conciencia. No para imponer una verdad, sino para construirnos entre verdades distintas. Si somos capaces de extirpar el insulto, el prejuicio y el señalamiento allí, tal vez podamos empezar a imaginar un país entero capaz de convivir sin destruirse por pensar distinto.
Se vienen tiempos difíciles. Un ambiente preelectoral cargado de temores bien fundados sobre permanencias indebidas en el poder o transgresiones a la Constitución. ¿Está nuestra familia lista para enfrentar ese debate? ¿Deberemos mantenernos en silencio, simulando que nada pasa, sin ser capaces de construir en la diferencia? ¿Seremos presa fácil de una nueva polarización que se cuele al interior de nuestros hogares? ¿O seremos capaces de dar un paso de madurez y crecimiento como familia, que nos solidifique y nos ponga en guardia frente a la desunión y la discordia?
La respuesta a esas preguntas puede marcar la diferencia no solo en el futuro del país, sino en lo más íntimo: en la paz del comedor, en el tono de nuestras conversaciones, en el ejemplo que damos a quienes vienen detrás. Que ese sea el lugar donde empiece una nueva forma de construir un vínculo emocional con nuestro país.

Excelente texto, Luis Carlos! No viviendo en Colombia, pero viendo como el extremismo no deja espacio para el dialogo es triste.
ResponderEliminarMuy de acuerdo con este texto. Soy defensora y apoyo las ideas del actual gobierno. No me cae bien Petro, pero es que no lo quiero de amigo. Me importa un pito su figura, su hablado. Creo que es el único gobernante que defiende a los de marras, a los que no han tenido nunca una oportunidad. En Colombia hay miles de familias que ninguna generación, lease bien, ninguna, ha tenido salud, educación, recreación, etc. Por primera vez hay un gobierno que no favorece (pero tampoco daña) a los de siempre. El país está al borde de una revolución. Y el responsable no es Petro ni el pobre.
ResponderEliminarGracias!
De acuerdo, "el palo no está para cucharas" y " todo extremo es vicioso". La polarizacion, en estos momentos no no conviene, es momento de tener un tiempo de concertación, diálogo, sopesar las circunstancias. Quizás un grupo de centro centro sea lo mejor.
ResponderEliminarGracias Luis Carlos, ese es el tono y el tema de la reflexión!!!
ResponderEliminarLucho, me encanta este escrito. Honesto, personal, pensado, profundo y patriota. Y adhiero a su invitación: empezar por practicar el diálogo respetuoso al interior de las familias. Ojalá desde el centro surja el personaje con la honestidad, el patriotismo, la generosidad, la convicción, el liderazgo y la grandeza que demanda este momento de la historia de Colombia. Siga escribiendo. Seguiré leyendo.
ResponderEliminarEstimado Luis Carlos. No puedo estar más de acuerdo con lo que dices. La despolarización debe empezar por casa. Ya eso sería una ganancia. Infortunadamente no es fácil, nada fácil. Hay familias (las conozco) donde algunos se han dejado de hablar por años, y todo por cuestiones políticas. En otros casos, simplemente el tema político no puede ser tema de conversación. Necesitamos aprender a callar y a escuchar sin juzgar, porque, en últimas, como diría Erich From, no se trata de encontrar la idea correcta (algo realmente difícil), sino de ejecutar acciones correctas. Podemos opinar sin necesidad de insultar.
ResponderEliminarUn gusto leer tus reflexiones.
Muchas gracias Jaime, gracias por leerme y comentar, saludos!
EliminarApreciado Luis Carlos:
ResponderEliminarHe leído con mucho interés su texto y reconozco que me gustó. Creo que es valioso porque busca soluciones a esta pavorosa polarización que nos divide. Sin embargo, pienso que hay dos cosas a tener en cuenta: 1) Nuestro "centro" en la política (llámese Fajardo, Robledo, Claudia López, Katherine Miranda) se inclinan bastante a la derecha y tiene una pelea casada con Petro. Por ese motivo,ven caso de ganar uno de ellos las elecciones, la polarización seguiría lamentablemente; 2) La polarización actual es mundial y está alimentanda por los algoritmos y las redes sociales. Todo parece indicar que ese clima de mierda que han creado les conviene y que, por ende, lo alimentan. No soy muy optimista entonces con lo que se viene, pero deseo que los optimistas me demuestren que estoy equivocado. Un abrazo,
Francisco Tedeschi