lunes, 29 de septiembre de 2025

Estoy con Gaza. Estoy con los Palestinos. Y con ello no apoyo a Hamas




He condenado con claridad el acto terrorista de Hamas. Aun sin comprender completamente las raíces de esa resistencia armada, me queda claro que matar civiles no es el camino. Pero tampoco lo es arrasar un pueblo entero bajo la excusa del derecho a defenderse. Ese derecho ni es absoluto, ni puede ser desproporcionado. Los ciudadanos israelís deben regresar a salvo. Sin discusión.

Desde hace años he visto cómo se despoja a los palestinos de sus tierras. Cómo se destruyen sus casas, cómo colonos israelíes toman por la fuerza lo que no les pertenece. Lo que parece una operación militar, en el fondo es una política de expansión territorial. Lo que se presenta como defensa, tiene cara de ocupación.

No me trago el cuento de los escudos humanos. No me trago que “avisan antes de bombardear”. ¿A quién le avisan? ¿A las niñas de cinco años que mueren bajo los escombros? ¿A las madres que paren entre ruinas? ¿A los niños que ya no tienen escuela, ni casa, ni hermanos?

Veo una tragedia sin medida: miles de personas inocentes —mujeres, hombres, niños— masacradas por bombas israelíes. Y no logro entender cómo desde la derecha de mi país se puede justificar un derecho a defenderse que no conoce límites, que no respeta la vida, que no distingue entre un combatiente y una criatura.

Estoy convencido de que si Israel saliera de Gaza, si dejara en paz a los palestinos, el mundo entero se volcaría a exigir —y lograr— la liberación de todos los secuestrados. Yo mismo lo haría, sin cesar. Con presión diplomática, con solidaridad humana, con cada palabra posible. Pero ¿cómo pedir justicia mientras se comete una masacre?

Lo que parece estar pasando no es solo una guerra. Es un despojo. Es una apropiación brutal de la franja de Gaza. Lo dicen los propios políticos israelíes: “Nunca permitiremos un Estado Palestino”. Lo confirma la promoción de nuevos proyectos urbanísticos en terrenos arrasados. ¿Cómo se puede planear un centro comercial sobre una tierra bañada en sangre?

Y entonces surgen preguntas que duelen:

  • ¿Cómo fue posible que el sistema de defensa más avanzado del mundo no detectara el ataque inicial?

  • ¿Por qué hay testimonios que aseguran que parte de los kibbutz fueron alcanzados por fuego amigo?

  • ¿Por qué se niegan tantas investigaciones independientes?

Para mí, hay algo claro: Israel no quiere compartir el territorio. Quiere todo. Lo que le dieron y lo que no. Lo que el derecho internacional reconoce como palestino, y lo que ya ha sido ocupado por la fuerza.

No escribo esto con odio. Lo escribo por humanidad. Conocí Israel a mis 18 años y amé ese país. Admiré su gente. No me aplica el cuento de ser antisemita porque rechazo la barbarie israelí. 

Porque ningún niño merece morir por el país en el que nació.

Porque ninguna madre debería tener que enterrar a sus hijos por la religión que profesa.

Porque ningún pueblo debería vivir eternamente bajo el yugo de otro.

Porque la dignidad no se negocia. Se defiende. Y hoy, defenderla es ponerse del lado de quienes no tienen ejército, ni radares, ni escudos, ni cúpulas de hierro. Solo el polvo, el llanto y la resistencia de estar vivos.

Estoy con Gaza. Estoy con los palestinos.

Y también estoy con los judíos que se atreven a alzar la voz contra esta locura.

Estoy con los seres humanos, de cualquier bandera, que todavía creen en la justicia, en la paz y en la igualdad.

sábado, 20 de septiembre de 2025

La derecha de mi país está con Trump


Una radiografía sin anestesia del ciniamo político que permite a la derecha colombiana abrazar al autoritarismo, mientras predica democracia.

La derecha de mi país no duda: está con Trump. Sin matices. No importa lo que haga, diga o represente. Si Trump lo respalda, ellos también. Si lo aplaude la ultraderecha global, ellos también se sienten validados. Todo lo que huela a “antipetrista” es adoptado sin filtro, aunque venga del autoritarismo, del cinismo o de la ilegalidad más descarada.

Como Trump apoya sin vergüenza los bombardeos en Gaza, ellos hacen silencio o aplauden. Como Trump impuso la infame descertificación a Colombia desde su pedestal moral de supremacía hipócrita, ellos la celebraron como si fuera un reconocimiento. Aun cuando esa medida nos desangra, nos estigmatiza y exonera al mayor consumidor de droga del planeta de cualquier responsabilidad en nuestra tragedia.

La derecha de mi país ha demostrado que es capaz de aliarse con el diablo si eso le garantiza poder. Lo vimos en el pasado, cuando legitimaron un aparato paramilitar que sembró terror en las regiones y les puso congresistas y gobernadores. Lo vimos al final del gobierno de Uribe, cuando sus fotos oficiales parecían una convención de criminales. No se inmutaron. Callaron. Justificaron.

“No es amor a Trump. Es odio a todo lo que se atreva a parecer distinto.”

Y ahora, su nueva figura sagrada es Donald Trump.

Pero, ¿qué es exactamente lo que están aceptando, celebrando y justificando con esa devoción?

Aceptan, sin pestañear, que Trump ya fue condenado por 34 delitos graves. No es una acusación. Es una condena. Y eso, en cualquier otro personaje, los haría montar en cólera. Aquí, en cambio, callan o lo justifican.

Aceptan que Trump fue hallado responsable de abuso sexual por un tribunal civil. Que difamó públicamente a su víctima. Y que tuvo que pagar millones. ¿Y la moral? Bien, gracias.

Aceptan que intentó robarse una elección, presionando a funcionarios estatales, organizando electores falsos, y azuzando una turba violenta contra el Congreso de su propio país. Lo celebran como “estrategia”.

Aceptan que Trump desprecie la justicia, ataque jueces, amenace fiscales, y pretenda que la ley solo se aplique a sus enemigos. Esa misma justicia que ellos dicen defender.

Y aceptan —sin el más mínimo temblor— que respalde con entusiasmo un genocidio en Gaza, que minimice el sufrimiento de los civiles, que blinde diplomáticamente a quienes hoy cometen atrocidades.

Pero claro: como odia a la izquierda, como insulta a Petro, como promete “orden”, entonces lo siguen, lo excusan, lo veneran.

La derecha de mi país es muy buena para apuntar con el dedo. Pero nunca se mira al espejo.

Aceptaron sin chistar el aparato paramilitar que sembró terror en las regiones y puso congresistas a su favor. No se inmutaron al ver a Uribe, al final de su gobierno, rodeado de hampones, muchos ya condenados o investigados. Jamás se preguntaron qué pasó ahí. ¿Cómplices? ¿Indiferentes? ¿Ciegos voluntarios? O campantes sentenciaron que "eso fue parte de una persecución política."

Y, como Trump, son expertos en generalizar con veneno: si algo huele a izquierda, lo tachan de asesino. Si alguien disiente, es un guerrillero con disfraz. Si un periodista incomoda, es activista y enemigo.

                “Con tal de conquistar el poder, la derecha de mi país está dispuesta a pactar con lo                     delincuencial, callar frente al genocidio y aplaudir al abusador.”

Pero lo que más duele es su doble rasero.

Se rasgan las vestiduras por la "libertad" y "la democracia", pero disfrutan tener la prensa hegemónica de su lado. Esa prensa que silencia, descontextualiza, y les presta el micrófono para repetir mentiras como si fueran verdades. Nunca han querido un periodismo que funcione como contrapeso. Solo les interesa cuando sirve de espada.

Y así, sin rubor, se arrodillan ante Trump. Le celebran todo: sus delitos, sus discursos de odio, sus arbitrariedades, sus ataques a jueces, su desprecio por las reglas y su nostalgia imperial.

Se sienten fuertes al lado de un abusador, aunque eso signifique avalar lo mismo que alguna vez dijeron combatir. Todo lo que huela a poder sin límites, les seduce.

Por eso Trump les fascina.
Porque encarna lo que son en el fondo: un proyecto sin vergüenza, sin razón, sin decencia.
Un proyecto dispuesto a pactar con lo delincuencial si eso asegura el poder.

Y eso —duele decirlo— es hoy la derecha de mi país.

¿Queremos justicia perfecta o una paz imperfecta?

 

La paradoja de la paz negociada

La reciente polémica desatada por el Centro Democrático ante los primeros fallos de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) ha reabierto heridas que nunca han terminado de cerrar. Se indignan porque la guerrilla no está yendo a la cárcel. Pero olvidan —o deciden olvidar— que este tribunal no es fruto de una victoria militar, sino de una negociación de paz. Y eso lo cambia todo.

La guerrilla no fue vencida. No hubo rendición. Hubo una mesa de diálogo. Y en esa mesa, con miles de muertos a cuestas y un país exhausto, la guerrilla accedió a dejar las armas, desmovilizarse y someterse a la ley colombiana. ¿Qué combatiente accede a eso si sabe que, una vez desarmado, lo espera una celda? Solo se negocia con quien aún tiene poder de fuego. Y se negocia precisamente para que deje de disparar.

Digámoslo de frente, sin rodeos ni hipocresía:
Si lo que queríamos era ver a los guerrilleros muertos o encarcelados, no necesitábamos una negociación. Bastaba con seguir la guerra. Eso sí: a costa de muchos años más de conflicto, más soldados y policías caídos, más tomas guerrilleras, más masacres, más campesinos en el fuego cruzado, más víctimas civiles. Y todo para llegar —quizás, algún día— a una justicia imposible de aplicar en un campo de batalla que no cesa.

Por eso surgió la JEP. Por eso se pactaron sanciones alternativas, tanto para excombatientes como para militares que también cometieron crímenes atroces. Porque sí: también hubo generales, coroneles y soldados que asesinaron jóvenes inocentes para simular éxitos operacionales, presentándolos como “bajas en combate” y haciéndonos creer que íbamos ganando una guerra que estaba lejos de terminar.

Y aquí aparece una verdad incómoda: cuando la JEP sancionó a 12 militares por estos delitos infames, nadie del Centro Democrático gritó "¡impunidad!". Nadie protestó por esas sanciones restaurativas. ¿Será que solo indigna cuando el rostro del acusado lleva camuflado distinto?

La justicia transicional nunca será perfecta. Y eso lo sabíamos desde el inicio. Porque no se trata de hacer justicia plena, sino de ponerle fin a una guerra larga, cruel y degradante. Una guerra que no tiene forma de cerrarse sin concesiones mutuas. Sin tragar sapos. Sin soltar un poco la rabia para ganar futuro.

¿Qué conviene más a una nación?
¿La paz imperfecta, que al menos logró que unos bandidos se desarmaran y se sometieran a la ley?
¿O la ilusión de una justicia perfecta, que solo era posible a punta de más muerte y más desolación?

Este es el tipo de pregunta que nos exige pensar con inteligencia, no con vísceras. Con vocación de país, no con sed de revancha.

La guerra sí es perfecta en algo: en producir dolor.


El cese negociado de un conflicto, con miras a alcanzar una paz viva y alimentada por toda la nación, en cambio, solo puede aspirar a ser suficientemente digno.


Y esa dignidad empieza por sostener la palabra empeñada en una negociación.


Luis CarlosJacobsen

Septiembre de 2025

miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Queríamos paz o venganza?


Durante años pedimos que las FARC depusieran las armas. Que dejaran de secuestrar, de reclutar, de matar. Que se desmovilizaran. Que renunciaran a la lucha armada. Lo pedimos a gritos, a veces con miedo, otras con rabia. Y un día —inesperadamente para muchos— lo hicieron.

Hoy, mientras leo la primera sentencia de la JEP contra algunos de sus excomandantes, no puedo evitar sentir que nuestra reacción como sociedad no está a la altura del momento. Hay rabia, sí. Pero es una rabia que parece no entender el contexto, ni el costo real de haber conseguido que un grupo armado —aún fuerte en armas, en hombres y en territorio— aceptara entregar su proyecto de guerra a cambio de un proceso de justicia restaurativa. Un proceso imperfecto, sí. Pero único.

La guerrilla no fue derrotada militarmente. No firmó la paz desde la rendición. No estaba de rodillas ni había sido cercada. Esa es una verdad incómoda, pero crucial. Porque a una guerrilla aún armada, aún activa, no se le impone cárcel como condición para sentarse a negociar. No se le exige capitulación absoluta. Lo que se le ofrece es una salida que sirva al interés superior de la sociedad: terminar la guerra.

Entonces, la pregunta que muchos parecen evitar es esta:



¿A cambio de qué se desarma una guerrilla no vencida?

Difícilmente a cambio de 8 años en una celda. Lo que ofrecimos —y ellos aceptaron— fue algo diferente:

  • Reconocer públicamente su responsabilidad.

  • Mirar a las víctimas a los ojos.

  • Decir la verdad sobre los crímenes.

  • Contribuir al desminado.

  • Reparar en lo que puedan.

  • Pedir perdón.

  • Y dejar las armas para siempre.

Ese era el trato. Y no era poca cosa.

Hoy hay quienes se indignan porque no habrá penas de cárcel tradicionales. Pero seamos honestos: ¿cuántos de los máximos responsables de otros crímenes —paramilitares, empresarios, políticos, militares— han pagado cárcel real? ¿Cuántos han dicho la verdad? ¿Cuántos han pedido perdón? ¿Cuántos han entregado un arma?

La JEP no se diseñó para saciar la sed de castigo. Se diseñó para algo mucho más ambicioso: romper el ciclo de violencia reconociendo el daño, dignificando a las víctimas y garantizando que lo vivido no se repita.

¿Queremos más años de prisión? ¿O queremos más años de paz?

¿Queremos ver tras las rejas a cada uno de los perpetradores? ¿O queremos que los pueblos más afectados por la guerra puedan volver a sembrar sin miedo, caminar sin minas, vivir sin fusiles?

La indignación moral es válida. Pero si no va acompañada de comprensión histórica, de madurez política y de una visión de futuro, se convierte en un ruido que impide oír lo esencial: que la justicia transicional no es un premio ni un castigo, sino un pacto para salir de la guerra sin hundirnos en el odio.

Yo también quiero justicia. Pero sobre todo quiero que no volvamos a matarnos. 

¿Si me encantaría castigo real y cárcel? Claro que sí. Pero era inviable para el desarme y la desmovilización. Por eso entiendo y elijo la justicia restaurativa. La de las víctimas, no la del victimario. Para poder sanar con la verdad y los intentos de reconciliación, en vez de conformarme con una corta pena de 8 años, sin darle la car a sus víctimas. 



lunes, 15 de septiembre de 2025

Criar desde la Apreciatividad

 


Cuando mirar con amor se vuelve la forma más poderosa de educar

A veces, cuando observo a mis hijas dormidas, me sorprendo de cuán fácil me resulta amarlas así, en silencio. Sin ruido, sin preguntas, sin reclamos.
Pero también sé —porque lo vivo— que criarlas despiertas es otro cantar.
Y ahí, en medio del cansancio, del caos, del miedo a no estar haciéndolo bien, me he ido entrenando en una forma distinta de mirar: una que no aprendí de libros, sino de un concepto valioso poco conocido que rueda por ahí: Se llama apreciatividad.

Y no, no se trata de ver todo bonito.
No es endulzar lo que duele, ni ignorar los límites que hay que poner.
Es algo mucho más profundo: una decisión radical de educar desde lo que florece, no solo desde lo que falta.

Estos son algunos principios que me han sostenido en ese camino.
No los comparto como recetas, sino como señales vividas. Como quien levanta faroles en su propio jardín, para no olvidar el camino de regreso. Y no soy experto en practicarlo. Escribo esto para recordármelo, y por si quizás ayude a otros.


1. Ver primero lo que está bien

Casi siempre que algo “anda mal” con nuestros hijos, reaccionamos.
Queremos corregir. Arreglar. Cambiar el comportamiento.

Pero cuando me detengo a mirar con apreciatividad, me obligo a hacer otra pregunta antes:

“¿Qué está funcionando aquí que aún no he visto?”

A veces, detrás de una rabieta hay un intento de autonomía.
Detrás de un “no” testarudo, hay una necesidad de afirmación.
Detrás de una conducta “difícil”, hay una sensibilidad no reconocida.

Ver lo que está bien no es ignorar lo que se puede mejorar.
Es elegir no partir desde la carencia, sino desde la semilla.
Y entonces, criar se vuelve menos una corrección… y más un acompañamiento amoroso.


2. Apreciar el esfuerzo más que el resultado

Vivimos en una cultura que aplaude los logros, pero olvida el proceso.

Con mis hijas puede funcionar más cambiar frases como:

“¡Qué bien te quedó!”
por
“Vi cómo te esforzaste para lograrlo. Me encantó ver tu concentración.”

Eso cambia todo.
Porque cuando un niño siente que su esfuerzo tiene valor, incluso si falla, desarrolla algo mucho más importante que autoestima: desarrolla coraje.

Y el coraje no se hereda. Se cultiva.
Y se cultiva en casa.


3. Nombrar con amor lo que florece

Ocasionalmente, las hermanas se ayudan entre sí, a pesar de que otras no se hacen la vida tan fácil. Las ayudas pasan desapercibidas mientras que las molestias la una a la otra salen a relucir.

“Eso que hiciste se llama generosidad. Es muy bello verte cuidar y ayudar a tu hermana así.”

Nombrar lo que florece no es sobreactuar.
Es sembrar identidad.

Porque los niños no se convierten en quienes les decimos que deberían ser.
Se convierten, muchas veces, en quienes les decimos que ya son.


4. Preguntar más, imponer menos

Una noche antes de dormir, en lugar de contar el cuento, intento preguntarles, 

“¿Qué fue lo más bonito que te pasó hoy?”

“Que tú me pusiste atención cuando yo estaba triste.”

Me quedo mudo.
A veces creemos que educar es hablar.
Pero he aprendido que la pregunta abre puertas que la orden cierra.

Preguntar es darle al niño un lugar en su propio mundo.
Y cuando lo hacemos con curiosidad real, les enseñamos a conocerse, no solo a obedecer.


5. Acompañar el error desde la posibilidad

Esta ha sido una de las más difíciles para mí.
Porque cuando veo que una de mis hijas hace algo “mal”, lo que se activa primero es el deseo de que no repita el error.
Pero si solo me quedo ahí, corro el riesgo de que el error se vuelva identidad.

Así que intento decir:

“¿Qué aprendiste de esto?”
“¿Cómo podrías hacerlo diferente la próxima vez?”
“¿Qué necesitas reparar, y cómo te puedo ayudar?”

No siempre lo logro. A veces me gana el juicio, la impaciencia, el grito.
Pero cuando sí lo logro, siento que algo en ellas —y en mí— se expande.

Porque criar no es formar soldados obedientes, sino seres humanos conscientes de su poder para elegir y reparar.


Criar también es volver a mirarnos a nosotros mismos

Nadie puede criar desde la apreciatividad si no ha empezado a mirarse con compasión. Eso lo sé por mí.

Mis momentos más duros como papá no han sido cuando mis hijas lloran o se equivocan. Han sido cuando me descubro a mí mismo repitiendo patrones que juré evitar. Cuando grito o pierdo el control.
Cuando me impaciento. Cuando no estoy presente.

Y ahí, la voz más dura no es la de ellas. Es la mía.

Por eso también estoy aprendiendo a criarme.
A decirme:

“Hoy lo hiciste mejor que ayer.”
“Esta vez lograste respirar antes de reaccionar.”
“También tú mereces ser apreciado en el proceso.”

Porque si hay algo que mis hijas necesitan —más que un padre perfecto—
es un padre que sepa volver a empezar con ternura.


Epílogo

Criar desde la apreciatividad no es una técnica.
Es una forma de habitar el vínculo.
De elegir qué mirada riega, qué palabra florece, qué gesto queda en el alma del niño.

Yo aún me equivoco. Todos los días.
Pero sé que, al final de esta historia, no se trata solo de lo que ellas aprendan de mí.

Se trata también de lo que yo estoy aprendiendo al verlas crecer.

Y eso —eso que se ve cuando uno mira con aprecio—
es lo que más me transforma.


Luis Carlos Jacobsen

sábado, 13 de septiembre de 2025

¿Quién mató a Charlie Kirk? ¿Y a Miguel Uribe?



"Porque en Colombia ya no importa quién dispare, sino a quién podamos culpar."


Mataron a Charlie Kirk.

Destruyeron las ideas de un hombre conservador, carismático, que defendía sus posturas con fiereza y, con frecuencia, citando pasajes bíblicos. Algunos le servían como baluarte para reforzar sus argumentos. Otros —los que lo contradecían— simplemente los ignoraba...

Su muerte provocó un terremoto político. Las redes y los noticieros se llenaron de acusaciones contra “la izquierda asesina”, comparando su asesinato con el vil crimen de Miguel Uribe. En cuestión de horas, se alzó una narrativa que busca establecer una especie de superioridad moral de la derecha, como si en su historial no existieran abusos, manipulaciones ni violencia contra opositores.

Pero claro que los hay.
Basta recordar cuando a Uribe Vélez —ex presidente, ex senador, eterno referente— se le celebraba públicamente su frase de llamar “terroristas vestidos de civil” a todo lo que oliera a oposición, derechos humanos o pensamiento crítico. Basta recordar El Aro, La Granja, y decenas de masacres que aún duelen. O los asesinatos de jóvenes inocentes presentados como “bajas en combate”.

Todo eso también pasó. Y sigue pasando.

Llevamos más de 60 años entre dos fuegos: la violencia de la extrema izquierda —con sus guerrillas, secuestros, y atentados— y la de una derecha radical que defiende sus intereses económicos y políticos a cualquier costo. Ambos extremos han bebido del mismo pozo: la mina de platino del narcotráfico.

Y mientras tanto, el país sigue creyendo que hay que elegir entre uno u otro.
Como si no existiera una tercera vía.
Como si pensar distinto, o tratar de construir desde el centro, fuera traición.

Una forma más difícil de estar en el mundo

El pensamiento de centro, esté este corrido un poco hacia izquierda, o derecha,  no es un punto neutro ni una media aritmética entre los extremos. Es, más bien, una forma compleja —y valiente— de estar en el mundo.

Es incómodo porque no se deja arrastrar por la lógica del enemigo. No necesita oponer para existir. En vez de buscar culpables automáticos, busca comprender las causas. En vez de encasillar, escucha. En vez de señalar con urgencia, se permite la duda.

El centro no excluye al contrario, lo reconoce. No lo idealiza, pero tampoco lo deshumaniza. Y en tiempos como estos, donde odiar al contradictor es casi un acto reflejo, esa actitud resulta profundamente contracultural.

Un pensamiento de centro acepta que no hay pureza ideológica. Que toda verdad necesita contraste. Que la política no debería consistir en arrasar al otro, sino en construir con él —o a pesar de él— algo que nos beneficie a más personas, no solo a los nuestros.

Es cierto que este lugar intermedio es difícil de habitar. No entrega certezas fáciles. No ofrece la comodidad de una trinchera. Obliga a pensar con más matices, a argumentar con más paciencia, a vivir con la incomodidad de no tener siempre la razón.

Pero también es un lugar fértil. Porque allí caben los matices, los encuentros improbables, las ideas que no obedecen a un solo dogma. Allí es posible ver al país como un todo complejo y no como un campo de batalla entre bandos irreconciliables.

No es la tibieza lo que define al centro. Es la voluntad de acordar sin traicionarse, de disentir sin anular al otro, de construir sin necesidad de arrasar.

Y quizás, en el fondo, eso sea lo que más molesta a los extremos:
que uno pueda pensar diferente sin necesidad de odiar.

La ironía más brutal

Y cuando pasó el temblor, nos dimos cuenta:
A Charlie Kirk lo mató un hombre blanco, conservador, pro-armas, criado en una familia ultraderechista. Nada de izquierda radical. Nada de comunismo.

Irónicamente, Kirk había minimizado muchas veces los efectos del acceso indiscriminado a las armas. A las muertes que provocaban las llamaba “daños colaterales” en defensa de la Segunda Enmienda. La bala que lo mató era del mismo sistema que él defendía.

Y aún así, ya hay quienes culpan al gobierno Petro por el asesinato de Uribe. Lo llaman “la izquierda asesina” sin prueba alguna. Lo hacen por inercia. Por necesidad simbólica. Por estrategia electoral. Porque en Colombia ya no importa quién dispare, sino a quién podamos culpar.

Dos certezas y una posibilidad

Yo solo tengo dos certezas hoy:

  1. Un pensamiento moderado de centro tiene muy pocas posibilidades de ganar elecciones en Colombia en este momento.

  2. Las probabilidades de que en 2026 llegue al poder un candidato de ideas radicales —ya sea de izquierda o de derecha— son altísimas y son las mismas.

Pero hay una tercera posibilidad que me niego a abandonar:

Que todavía haya personas capaces de pensar sin rabia.
Capaces de escuchar sin atacar.
Capaces de disentir sin deshumanizar al otro.

Porque ese es el único futuro posible:
Uno donde no sea la venganza lo que nos guíe, sino la construcción.
Uno donde el poder no se use para humillar, sino para servir.
Uno donde no tengamos que esperar a que alguien muera para empezar a ver el absurdo de nuestra polarización.

Quizás el centro no gane elecciones.
Pero si logramos sembrar sentido común, dignidad y respeto en nuestras conversaciones,
el país que viene tendrá más posibilidades de no incendiarse en cada ciclo político.

Y eso —en estos tiempos— ya sería una victoria.