miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Queríamos paz o venganza?


Durante años pedimos que las FARC depusieran las armas. Que dejaran de secuestrar, de reclutar, de matar. Que se desmovilizaran. Que renunciaran a la lucha armada. Lo pedimos a gritos, a veces con miedo, otras con rabia. Y un día —inesperadamente para muchos— lo hicieron.

Hoy, mientras leo la primera sentencia de la JEP contra algunos de sus excomandantes, no puedo evitar sentir que nuestra reacción como sociedad no está a la altura del momento. Hay rabia, sí. Pero es una rabia que parece no entender el contexto, ni el costo real de haber conseguido que un grupo armado —aún fuerte en armas, en hombres y en territorio— aceptara entregar su proyecto de guerra a cambio de un proceso de justicia restaurativa. Un proceso imperfecto, sí. Pero único.

La guerrilla no fue derrotada militarmente. No firmó la paz desde la rendición. No estaba de rodillas ni había sido cercada. Esa es una verdad incómoda, pero crucial. Porque a una guerrilla aún armada, aún activa, no se le impone cárcel como condición para sentarse a negociar. No se le exige capitulación absoluta. Lo que se le ofrece es una salida que sirva al interés superior de la sociedad: terminar la guerra.

Entonces, la pregunta que muchos parecen evitar es esta:



¿A cambio de qué se desarma una guerrilla no vencida?

Difícilmente a cambio de 8 años en una celda. Lo que ofrecimos —y ellos aceptaron— fue algo diferente:

  • Reconocer públicamente su responsabilidad.

  • Mirar a las víctimas a los ojos.

  • Decir la verdad sobre los crímenes.

  • Contribuir al desminado.

  • Reparar en lo que puedan.

  • Pedir perdón.

  • Y dejar las armas para siempre.

Ese era el trato. Y no era poca cosa.

Hoy hay quienes se indignan porque no habrá penas de cárcel tradicionales. Pero seamos honestos: ¿cuántos de los máximos responsables de otros crímenes —paramilitares, empresarios, políticos, militares— han pagado cárcel real? ¿Cuántos han dicho la verdad? ¿Cuántos han pedido perdón? ¿Cuántos han entregado un arma?

La JEP no se diseñó para saciar la sed de castigo. Se diseñó para algo mucho más ambicioso: romper el ciclo de violencia reconociendo el daño, dignificando a las víctimas y garantizando que lo vivido no se repita.

¿Queremos más años de prisión? ¿O queremos más años de paz?

¿Queremos ver tras las rejas a cada uno de los perpetradores? ¿O queremos que los pueblos más afectados por la guerra puedan volver a sembrar sin miedo, caminar sin minas, vivir sin fusiles?

La indignación moral es válida. Pero si no va acompañada de comprensión histórica, de madurez política y de una visión de futuro, se convierte en un ruido que impide oír lo esencial: que la justicia transicional no es un premio ni un castigo, sino un pacto para salir de la guerra sin hundirnos en el odio.

Yo también quiero justicia. Pero sobre todo quiero que no volvamos a matarnos. 

¿Si me encantaría castigo real y cárcel? Claro que sí. Pero era inviable para el desarme y la desmovilización. Por eso entiendo y elijo la justicia restaurativa. La de las víctimas, no la del victimario. Para poder sanar con la verdad y los intentos de reconciliación, en vez de conformarme con una corta pena de 8 años, sin darle la car a sus víctimas. 



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