La paradoja de la paz negociada
La reciente polémica desatada por el Centro Democrático ante los primeros fallos de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) ha reabierto heridas que nunca han terminado de cerrar. Se indignan porque la guerrilla no está yendo a la cárcel. Pero olvidan —o deciden olvidar— que este tribunal no es fruto de una victoria militar, sino de una negociación de paz. Y eso lo cambia todo.
La guerrilla no fue vencida. No hubo rendición. Hubo una mesa de diálogo. Y en esa mesa, con miles de muertos a cuestas y un país exhausto, la guerrilla accedió a dejar las armas, desmovilizarse y someterse a la ley colombiana. ¿Qué combatiente accede a eso si sabe que, una vez desarmado, lo espera una celda? Solo se negocia con quien aún tiene poder de fuego. Y se negocia precisamente para que deje de disparar.
Digámoslo de frente, sin rodeos ni hipocresía:
Si lo que queríamos era ver a los guerrilleros muertos o encarcelados, no necesitábamos una negociación. Bastaba con seguir la guerra. Eso sí: a costa de muchos años más de conflicto, más soldados y policías caídos, más tomas guerrilleras, más masacres, más campesinos en el fuego cruzado, más víctimas civiles. Y todo para llegar —quizás, algún día— a una justicia imposible de aplicar en un campo de batalla que no cesa.
Por eso surgió la JEP. Por eso se pactaron sanciones alternativas, tanto para excombatientes como para militares que también cometieron crímenes atroces. Porque sí: también hubo generales, coroneles y soldados que asesinaron jóvenes inocentes para simular éxitos operacionales, presentándolos como “bajas en combate” y haciéndonos creer que íbamos ganando una guerra que estaba lejos de terminar.
Y aquí aparece una verdad incómoda: cuando la JEP sancionó a 12 militares por estos delitos infames, nadie del Centro Democrático gritó "¡impunidad!". Nadie protestó por esas sanciones restaurativas. ¿Será que solo indigna cuando el rostro del acusado lleva camuflado distinto?
La justicia transicional nunca será perfecta. Y eso lo sabíamos desde el inicio. Porque no se trata de hacer justicia plena, sino de ponerle fin a una guerra larga, cruel y degradante. Una guerra que no tiene forma de cerrarse sin concesiones mutuas. Sin tragar sapos. Sin soltar un poco la rabia para ganar futuro.
¿Qué conviene más a una nación?
¿La paz imperfecta, que al menos logró que unos bandidos se desarmaran y se sometieran a la ley?
¿O la ilusión de una justicia perfecta, que solo era posible a punta de más muerte y más desolación?
Este es el tipo de pregunta que nos exige pensar con inteligencia, no con vísceras. Con vocación de país, no con sed de revancha.
La guerra sí es perfecta en algo: en producir dolor.
El cese negociado de un conflicto, con miras a alcanzar una paz viva y alimentada por toda la nación, en cambio, solo puede aspirar a ser suficientemente digno.
Y esa dignidad empieza por sostener la palabra empeñada en una negociación.
Luis CarlosJacobsen
Septiembre de 2025

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