sábado, 13 de septiembre de 2025

¿Quién mató a Charlie Kirk? ¿Y a Miguel Uribe?



"Porque en Colombia ya no importa quién dispare, sino a quién podamos culpar."


Mataron a Charlie Kirk.

Destruyeron las ideas de un hombre conservador, carismático, que defendía sus posturas con fiereza y, con frecuencia, citando pasajes bíblicos. Algunos le servían como baluarte para reforzar sus argumentos. Otros —los que lo contradecían— simplemente los ignoraba...

Su muerte provocó un terremoto político. Las redes y los noticieros se llenaron de acusaciones contra “la izquierda asesina”, comparando su asesinato con el vil crimen de Miguel Uribe. En cuestión de horas, se alzó una narrativa que busca establecer una especie de superioridad moral de la derecha, como si en su historial no existieran abusos, manipulaciones ni violencia contra opositores.

Pero claro que los hay.
Basta recordar cuando a Uribe Vélez —ex presidente, ex senador, eterno referente— se le celebraba públicamente su frase de llamar “terroristas vestidos de civil” a todo lo que oliera a oposición, derechos humanos o pensamiento crítico. Basta recordar El Aro, La Granja, y decenas de masacres que aún duelen. O los asesinatos de jóvenes inocentes presentados como “bajas en combate”.

Todo eso también pasó. Y sigue pasando.

Llevamos más de 60 años entre dos fuegos: la violencia de la extrema izquierda —con sus guerrillas, secuestros, y atentados— y la de una derecha radical que defiende sus intereses económicos y políticos a cualquier costo. Ambos extremos han bebido del mismo pozo: la mina de platino del narcotráfico.

Y mientras tanto, el país sigue creyendo que hay que elegir entre uno u otro.
Como si no existiera una tercera vía.
Como si pensar distinto, o tratar de construir desde el centro, fuera traición.

Una forma más difícil de estar en el mundo

El pensamiento de centro, esté este corrido un poco hacia izquierda, o derecha,  no es un punto neutro ni una media aritmética entre los extremos. Es, más bien, una forma compleja —y valiente— de estar en el mundo.

Es incómodo porque no se deja arrastrar por la lógica del enemigo. No necesita oponer para existir. En vez de buscar culpables automáticos, busca comprender las causas. En vez de encasillar, escucha. En vez de señalar con urgencia, se permite la duda.

El centro no excluye al contrario, lo reconoce. No lo idealiza, pero tampoco lo deshumaniza. Y en tiempos como estos, donde odiar al contradictor es casi un acto reflejo, esa actitud resulta profundamente contracultural.

Un pensamiento de centro acepta que no hay pureza ideológica. Que toda verdad necesita contraste. Que la política no debería consistir en arrasar al otro, sino en construir con él —o a pesar de él— algo que nos beneficie a más personas, no solo a los nuestros.

Es cierto que este lugar intermedio es difícil de habitar. No entrega certezas fáciles. No ofrece la comodidad de una trinchera. Obliga a pensar con más matices, a argumentar con más paciencia, a vivir con la incomodidad de no tener siempre la razón.

Pero también es un lugar fértil. Porque allí caben los matices, los encuentros improbables, las ideas que no obedecen a un solo dogma. Allí es posible ver al país como un todo complejo y no como un campo de batalla entre bandos irreconciliables.

No es la tibieza lo que define al centro. Es la voluntad de acordar sin traicionarse, de disentir sin anular al otro, de construir sin necesidad de arrasar.

Y quizás, en el fondo, eso sea lo que más molesta a los extremos:
que uno pueda pensar diferente sin necesidad de odiar.

La ironía más brutal

Y cuando pasó el temblor, nos dimos cuenta:
A Charlie Kirk lo mató un hombre blanco, conservador, pro-armas, criado en una familia ultraderechista. Nada de izquierda radical. Nada de comunismo.

Irónicamente, Kirk había minimizado muchas veces los efectos del acceso indiscriminado a las armas. A las muertes que provocaban las llamaba “daños colaterales” en defensa de la Segunda Enmienda. La bala que lo mató era del mismo sistema que él defendía.

Y aún así, ya hay quienes culpan al gobierno Petro por el asesinato de Uribe. Lo llaman “la izquierda asesina” sin prueba alguna. Lo hacen por inercia. Por necesidad simbólica. Por estrategia electoral. Porque en Colombia ya no importa quién dispare, sino a quién podamos culpar.

Dos certezas y una posibilidad

Yo solo tengo dos certezas hoy:

  1. Un pensamiento moderado de centro tiene muy pocas posibilidades de ganar elecciones en Colombia en este momento.

  2. Las probabilidades de que en 2026 llegue al poder un candidato de ideas radicales —ya sea de izquierda o de derecha— son altísimas y son las mismas.

Pero hay una tercera posibilidad que me niego a abandonar:

Que todavía haya personas capaces de pensar sin rabia.
Capaces de escuchar sin atacar.
Capaces de disentir sin deshumanizar al otro.

Porque ese es el único futuro posible:
Uno donde no sea la venganza lo que nos guíe, sino la construcción.
Uno donde el poder no se use para humillar, sino para servir.
Uno donde no tengamos que esperar a que alguien muera para empezar a ver el absurdo de nuestra polarización.

Quizás el centro no gane elecciones.
Pero si logramos sembrar sentido común, dignidad y respeto en nuestras conversaciones,
el país que viene tendrá más posibilidades de no incendiarse en cada ciclo político.

Y eso —en estos tiempos— ya sería una victoria.

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