Cuando mirar con amor se vuelve la forma más poderosa de educar
A veces, cuando observo a mis hijas dormidas, me sorprendo de cuán fácil me resulta amarlas así, en silencio. Sin ruido, sin preguntas, sin reclamos.
Pero también sé —porque lo vivo— que criarlas despiertas es otro cantar.
Y ahí, en medio del cansancio, del caos, del miedo a no estar haciéndolo bien, me he ido entrenando en una forma distinta de mirar: una que no aprendí de libros, sino de un concepto valioso poco conocido que rueda por ahí: Se llama apreciatividad.
Y no, no se trata de ver todo bonito.
No es endulzar lo que duele, ni ignorar los límites que hay que poner.
Es algo mucho más profundo: una decisión radical de educar desde lo que florece, no solo desde lo que falta.
Estos son algunos principios que me han sostenido en ese camino.
No los comparto como recetas, sino como señales vividas. Como quien levanta faroles en su propio jardín, para no olvidar el camino de regreso. Y no soy experto en practicarlo. Escribo esto para recordármelo, y por si quizás ayude a otros.
1. Ver primero lo que está bien
Casi siempre que algo “anda mal” con nuestros hijos, reaccionamos.
Queremos corregir. Arreglar. Cambiar el comportamiento.
Pero cuando me detengo a mirar con apreciatividad, me obligo a hacer otra pregunta antes:
“¿Qué está funcionando aquí que aún no he visto?”
A veces, detrás de una rabieta hay un intento de autonomía.
Detrás de un “no” testarudo, hay una necesidad de afirmación.
Detrás de una conducta “difícil”, hay una sensibilidad no reconocida.
Ver lo que está bien no es ignorar lo que se puede mejorar.
Es elegir no partir desde la carencia, sino desde la semilla.
Y entonces, criar se vuelve menos una corrección… y más un acompañamiento amoroso.
2. Apreciar el esfuerzo más que el resultado
Vivimos en una cultura que aplaude los logros, pero olvida el proceso.
Con mis hijas puede funcionar más cambiar frases como:
“¡Qué bien te quedó!”
por
“Vi cómo te esforzaste para lograrlo. Me encantó ver tu concentración.”
Eso cambia todo.
Porque cuando un niño siente que su esfuerzo tiene valor, incluso si falla, desarrolla algo mucho más importante que autoestima: desarrolla coraje.
Y el coraje no se hereda. Se cultiva.
Y se cultiva en casa.
3. Nombrar con amor lo que florece
Ocasionalmente, las hermanas se ayudan entre sí, a pesar de que otras no se hacen la vida tan fácil. Las ayudas pasan desapercibidas mientras que las molestias la una a la otra salen a relucir.
“Eso que hiciste se llama generosidad. Es muy bello verte cuidar y ayudar a tu hermana así.”
Nombrar lo que florece no es sobreactuar.
Es sembrar identidad.
Porque los niños no se convierten en quienes les decimos que deberían ser.
Se convierten, muchas veces, en quienes les decimos que ya son.
4. Preguntar más, imponer menos
Una noche antes de dormir, en lugar de contar el cuento, intento preguntarles,
“¿Qué fue lo más bonito que te pasó hoy?”
“Que tú me pusiste atención cuando yo estaba triste.”
Me quedo mudo.
A veces creemos que educar es hablar.
Pero he aprendido que la pregunta abre puertas que la orden cierra.
Preguntar es darle al niño un lugar en su propio mundo.
Y cuando lo hacemos con curiosidad real, les enseñamos a conocerse, no solo a obedecer.
5. Acompañar el error desde la posibilidad
Esta ha sido una de las más difíciles para mí.
Porque cuando veo que una de mis hijas hace algo “mal”, lo que se activa primero es el deseo de que no repita el error.
Pero si solo me quedo ahí, corro el riesgo de que el error se vuelva identidad.
Así que intento decir:
“¿Qué aprendiste de esto?”
“¿Cómo podrías hacerlo diferente la próxima vez?”
“¿Qué necesitas reparar, y cómo te puedo ayudar?”
No siempre lo logro. A veces me gana el juicio, la impaciencia, el grito.
Pero cuando sí lo logro, siento que algo en ellas —y en mí— se expande.
Porque criar no es formar soldados obedientes, sino seres humanos conscientes de su poder para elegir y reparar.
Criar también es volver a mirarnos a nosotros mismos
Nadie puede criar desde la apreciatividad si no ha empezado a mirarse con compasión. Eso lo sé por mí.
Mis momentos más duros como papá no han sido cuando mis hijas lloran o se equivocan. Han sido cuando me descubro a mí mismo repitiendo patrones que juré evitar. Cuando grito o pierdo el control.
Cuando me impaciento. Cuando no estoy presente.
Y ahí, la voz más dura no es la de ellas. Es la mía.
Por eso también estoy aprendiendo a criarme.
A decirme:
“Hoy lo hiciste mejor que ayer.”
“Esta vez lograste respirar antes de reaccionar.”
“También tú mereces ser apreciado en el proceso.”
Porque si hay algo que mis hijas necesitan —más que un padre perfecto—
es un padre que sepa volver a empezar con ternura.
Epílogo
Criar desde la apreciatividad no es una técnica.
Es una forma de habitar el vínculo.
De elegir qué mirada riega, qué palabra florece, qué gesto queda en el alma del niño.
Yo aún me equivoco. Todos los días.
Pero sé que, al final de esta historia, no se trata solo de lo que ellas aprendan de mí.
Se trata también de lo que yo estoy aprendiendo al verlas crecer.
Y eso —eso que se ve cuando uno mira con aprecio—
es lo que más me transforma.
Luis Carlos Jacobsen
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