He condenado con claridad el acto terrorista de Hamas. Aun sin comprender completamente las raíces de esa resistencia armada, me queda claro que matar civiles no es el camino. Pero tampoco lo es arrasar un pueblo entero bajo la excusa del derecho a defenderse. Ese derecho ni es absoluto, ni puede ser desproporcionado. Los ciudadanos israelís deben regresar a salvo. Sin discusión.
Desde hace años he visto cómo se despoja a los palestinos de sus tierras. Cómo se destruyen sus casas, cómo colonos israelíes toman por la fuerza lo que no les pertenece. Lo que parece una operación militar, en el fondo es una política de expansión territorial. Lo que se presenta como defensa, tiene cara de ocupación.
No me trago el cuento de los escudos humanos. No me trago que “avisan antes de bombardear”. ¿A quién le avisan? ¿A las niñas de cinco años que mueren bajo los escombros? ¿A las madres que paren entre ruinas? ¿A los niños que ya no tienen escuela, ni casa, ni hermanos?
Veo una tragedia sin medida: miles de personas inocentes —mujeres, hombres, niños— masacradas por bombas israelíes. Y no logro entender cómo desde la derecha de mi país se puede justificar un derecho a defenderse que no conoce límites, que no respeta la vida, que no distingue entre un combatiente y una criatura.
Estoy convencido de que si Israel saliera de Gaza, si dejara en paz a los palestinos, el mundo entero se volcaría a exigir —y lograr— la liberación de todos los secuestrados. Yo mismo lo haría, sin cesar. Con presión diplomática, con solidaridad humana, con cada palabra posible. Pero ¿cómo pedir justicia mientras se comete una masacre?
Lo que parece estar pasando no es solo una guerra. Es un despojo. Es una apropiación brutal de la franja de Gaza. Lo dicen los propios políticos israelíes: “Nunca permitiremos un Estado Palestino”. Lo confirma la promoción de nuevos proyectos urbanísticos en terrenos arrasados. ¿Cómo se puede planear un centro comercial sobre una tierra bañada en sangre?
Y entonces surgen preguntas que duelen:
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¿Cómo fue posible que el sistema de defensa más avanzado del mundo no detectara el ataque inicial?
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¿Por qué hay testimonios que aseguran que parte de los kibbutz fueron alcanzados por fuego amigo?
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¿Por qué se niegan tantas investigaciones independientes?
Para mí, hay algo claro: Israel no quiere compartir el territorio. Quiere todo. Lo que le dieron y lo que no. Lo que el derecho internacional reconoce como palestino, y lo que ya ha sido ocupado por la fuerza.
No escribo esto con odio. Lo escribo por humanidad. Conocí Israel a mis 18 años y amé ese país. Admiré su gente. No me aplica el cuento de ser antisemita porque rechazo la barbarie israelí.
Porque ningún niño merece morir por el país en el que nació.
Porque ninguna madre debería tener que enterrar a sus hijos por la religión que profesa.
Porque ningún pueblo debería vivir eternamente bajo el yugo de otro.
Porque la dignidad no se negocia. Se defiende. Y hoy, defenderla es ponerse del lado de quienes no tienen ejército, ni radares, ni escudos, ni cúpulas de hierro. Solo el polvo, el llanto y la resistencia de estar vivos.
Estoy con Gaza. Estoy con los palestinos.
Y también estoy con los judíos que se atreven a alzar la voz contra esta locura.
Estoy con los seres humanos, de cualquier bandera, que todavía creen en la justicia, en la paz y en la igualdad.

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