Una bandera tricolor en la que todos los colores son naranja.
Vivimos tiempos de ruido. Tiempos en los que el volumen con el que se grita una idea parece más importante que la idea misma. Tiempos donde lo que se espera de ti no es que pienses, sino que escojas bando. ¿Estás con nosotros o contra nosotros? ¿Eres de los buenos o de los malos? ¿Te indigna esto o lo otro?
En medio de ese coro polarizado, yo me atrevo a decir algo incómodo: quiero pensar desde el centro. No como zona tibia ni como lugar de la indiferencia —esa caricatura que con gusto nos lanzan desde los extremos—, sino como un espacio de responsabilidad ética, de convivencia real, de pensamiento crítico que no le teme a la ambigüedad ni a los dilemas.
La derecha radical: libertad para unos pocos
La derecha radical se llena la boca de palabras democráticas: libertad, institucionalidad, legalidad. Pero cuando se trata de mantener a su caudillo en el poder, no repara en reformar fraudulentamente la constitución para lograrlo, sin que ello les parezca medianamente malo. La defensa del Estado de Derecho termina siendo selectiva. Pide meritocracia, pero ignora las brechas. Defiende la propiedad privada, pero desprecia el deber social que esa propiedad implica. Pero eso sí, nos advierten hasta el cansancio los riesgos de que el contrario se perpetúen en el poder. "Es que si fue el nuestro, ¿qué problema hay?"
Y su narrativa está siempre marcada por el miedo: el miedo al comunismo, a la invasión ideológica, al castrochavismo, al Estado que “todo lo da y todo lo daña”. Se nos vende la idea de que lo público es ineficiente por naturaleza y que el mercado es el único camino. Pero lo que vemos en la práctica es concentración de la riqueza, desprotección laboral, precarización del acceso a la salud y la educación.
La izquierda radical: justicia sin autocrítica
La izquierda radical, por su parte, denuncia con razón la corrupción de gobiernos de derecha. Pero es hábil para tapar la propia. Es capaz de exigir respeto por los derechos humanos —y debe hacerlo—, pero calla o justifica cuando los atropellos vienen “de su lado”. Lo que uno critica del otro, es, muchas veces, un reflejo fiel de sí mismo.
Desde esa orilla, el disenso interno se convierte en traición, el empresario es enemigo natural, y la clase media es vista con sospecha. El discurso se vuelve excluyente, incluso agresivo, hacia quien piensa distinto. Lo que comienza como una lucha por la equidad, termina en un dogma que no admite matices.
¿Y los del medio, qué?
No todos pensamos desde los extremos. Muchos somos moderados. O quisiéramos serlo. De centro. Inclinados en algunas ocasiones hacia un lado o el otro, según el tema, pero conscientes de que la realidad es más compleja que una consigna.
Nos acusan de tibios por no asumir posturas tajantes. Pero ¿acaso no es más difícil sostener la mesura en medio de tanto grito? ¿No se requiere más carácter para contemplar más de una posibilidad? ¿No hay más valentía en sostener el equilibrio que en dejarse arrastrar por la fuerza de una bandera?
Desde el centro se ve con claridad que el mundo está lleno de zonas grises. Que no todo lo que defiende la derecha es egoísmo, ni todo lo que propone la izquierda es subversión. Se puede ser defensor radical de la reforma agraria sin ser enemigo de la propiedad privada. Se puede apoyar al empresariado y al mismo tiempo exigir mejores condiciones para los trabajadores. Se puede condenar el terrorismo de Hamas sin dejar de denunciar la brutalidad de la respuesta israelí. Se debe ser pro Palestina si es que el humanismo importa, porque eso no es ser antisemita ni tampoco implica celebrar la barbarie de los extremistas. Podemos inclusive preguntarnos por la causa originaria de la resistencia palestina, y si en ella algo tiene que ver la colonización de judíos en los territorios ocupados. Se puede hacer el esfuerzo por ser justos, así ello signifique lo difícil que es valorar posturas de los 2 lados. Se puede pensar con matices. Se debe.
El desprecio clasista de la protesta
Lo mismo ocurre con la protesta social. Si la marcha es multitudinaria, si participan jóvenes o personas humildes con su ropa habitual, si son indígenas, afrodescendientes o campesinos que gritan su dolor, se les tilda de vagos, de salvajes, de gente sin oficio. Se les acusa de bloquear el desarrollo, de generar caos, de ser “una indiamenta”. Y todo ese descontento social y esas frustraciones, muchas veces derivan en desmanes absurdos contra la propiedad pública que tanto lamentamos.
Pero si la protesta es en silencio, vestidos de blanco, caminando en orden por la séptima, entonces es “civilizada”, “digna” y “legítima”. La doble moral se esconde mal tras la estética del privilegio. El juicio no se hace sobre las causas que se reclaman, sino sobre quién las reclama y desde dónde lo hace. Y así, una vez más, lo ideológico y lo clasista se entrelazan para dividirnos aún más. Y obvio, ¿por qué habría de destruir Transmilenio gente educada, con un techo, y bien alimentada desde niños? "Yo no marcho, yo produzco", deslegitimando las causas por las que se protesta y ahondando en superioridad moral o de clase que dividen.
Vivir bajo el dominio de los extremos
Es agobiante vivir en un país dominado por el pensamiento radical, sobre todo cuando uno no hace parte de esa lógica binaria. En un mundo polarizado, siendo más claros. Basta con opinar diferente para que te ubiquen en el bando contrario. Si estás con los palestinos, te dicen que apoyas a Hamas. Si condenas los crímenes de guerra israelíes, te acusan de antisemita. Sin importar si desde un inicio condenaste el terrorismo como base de tus argumentos. Si apoyas una política social, te llaman comunista. Si cuestionas al gobierno, eres vendido a la oligarquía.
Ese ambiente hace invivible la democracia. Porque el pensamiento radical no necesita argumentar: descalifica. No dialoga: impone. No resuelve dilemas: elige el camino fácil de negar al otro. Y así, la política se convierte en guerra cultural, en campo de batalla de trincheras ideológicas donde el que piensa distinto no es rival: es basura.
Y lo más grave: la radicalización crea alianzas impresentables. Porque cuando lo único que importa es defender una corriente, uno termina rodeado de personas más radicales que uno mismo, justificando lo injustificable solo para no darle la razón al “enemigo”.
El centro como lugar ético, incómodo y necesario
Pensar desde el centro no es no tomar partido. Es tomarlo con criterio. Es defender principios por encima de lealtades. Es preguntarse qué es lo mejor para el bien común, incluso si eso incomoda a la clase social a la que uno pertenece.
Desde el centro se reconoce que hay momentos en que el mercado es más eficiente, y otros en que el Estado debe intervenir con fuerza. Que hay avances que debemos al capitalismo, y otros que solo han sido posibles por luchas sociales de izquierda. Que la dignidad humana no es patrimonio de ningún partido, ni de una sola ideología.
Lo sé: el centro no tiene marketing. No genera trending topics. No cabe en un meme. Pero es el único lugar desde donde se puede dialogar sin odio, pensar con libertad y construir sin destruir.
Ojalá nos cansemos de las caricaturas. Ojalá nos demos permiso de habitar la complejidad. Ojalá entendamos que vivir juntos implica aceptar que el otro no va a desaparecer.
Y que eso, lejos de ser una tragedia, es nuestra mayor esperanza. La democracia demanda que acojamos al que piensa distinto, y y que le demos un lugar al contrario. Es solo eso. Un contendor político. No un enemigo, como lo estamos viendo diariamente.

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