lunes, 6 de abril de 2026

Argentina: Ordenar el caos no es lo mismo que construir futuro


Hace unos días, en una conversación con alguien a quien respeto, apareció una frase que me dejó pensando más de la cuenta. Hablábamos de Argentina, de Javier Milei, y de cómo todo el mundo parece tener ya una posición tomada. O estás completamente a favor, o estás completamente en contra.

Y en ese momento me di cuenta de algo que no es nuevo, pero que cada vez se hace más evidente: cuando una conversación se vuelve binaria, normalmente deja de ser útil.

No porque falten opiniones, sino porque empieza a faltar pensamiento.

He tratado de mirar lo que está pasando en Argentina con algo de distancia. No con neutralidad —porque todos tenemos sesgos—, pero sí con la intención de no caer en respuestas automáticas. Y lo que veo, al menos por ahora, es un proceso que no cabe bien en los extremos.

Argentina venía de una situación muy difícil de sostener. No era solo una economía con problemas; era un sistema que había perdido referencias básicas. La inflación no permitía proyectar, el déficit se había vuelto estructural y, quizás lo más complejo de todo, se había erosionado la confianza en que las reglas del juego fueran a mantenerse.

En ese contexto, me parece importante reconocer algo que a veces se omite dependiendo de quién esté hablando: el gobierno de Javier Milei ha logrado ordenar variables que llevaban mucho tiempo fuera de control. La inflación ha bajado de manera significativa, las cuentas fiscales han mostrado un giro relevante y la economía ha comenzado a recuperar crecimiento después de una caída inicial.

Hasta ahí, hay un mérito que no me parece honesto desconocer.

Pero al mismo tiempo, hay algo que me cuesta pasar por alto. Y es que ese orden, que es necesario, todavía no se traduce de forma clara en una sensación de bienestar extendido. Cuando uno se sale de los indicadores y trata de mirar la vida cotidiana —el empleo, el consumo, la situación de distintos sectores— aparece una realidad más desigual, más fragmentada, menos contundente que los números agregados.

No lo digo como crítica cerrada, sino como una inquietud real.

Porque hay una diferencia que me parece clave y que a veces se diluye en la discusión pública: estabilizar no es lo mismo que prosperar. La estabilización es, si se quiere, el piso. Pero lo que realmente valida un proceso económico es su capacidad de convertirse en oportunidades sostenidas para las personas.

Y ahí es donde siento que el proceso argentino todavía está en una especie de transición.

Como si hubiera salido de una fase crítica —lo cual ya es bastante—, pero aún no encontrara una forma clara de consolidar una mejora que se sienta compartida. Algunos sectores avanzan más rápido, otros siguen rezagados, y en el medio aparece una pregunta que no tiene todavía una respuesta evidente: si este modelo, tal como está planteado, puede sostener ese equilibrio en el tiempo sin generar nuevas tensiones.

No es una pregunta menor.

Porque sostener disciplina fiscal, reducir inflación, recuperar reservas y, al mismo tiempo, reactivar sectores que generan empleo masivo, no es un ejercicio mecánico. Es un equilibrio delicado. Y suele ser en esos equilibrios donde los procesos se consolidan… o se desgastan.

Además, hay algo que siempre termina entrando en juego, tarde o temprano: la percepción de las personas. Más allá de la consistencia técnica de las políticas, los procesos se legitiman —o se erosionan— en la experiencia cotidiana. Y esa experiencia no siempre se mueve al mismo ritmo que los indicadores.

Por eso, más que preguntarme si lo que está pasando en Argentina es un éxito o un fracaso, me resulta más honesto ubicarlo en su momento.

Hasta ahora, el gobierno de Javier Milei ha conseguido algo que durante años fue esquivo: detener una dinámica de desorden persistente y recuperar cierto control sobre variables fundamentales.

Eso, para mí, es una primera victoria. Pero no es la última.

La parte más exigente —y probablemente la más incierta— es la que viene: convertir ese orden en un proceso de crecimiento que incluya, que genere empleo, que fortalezca el tejido productivo y que, sobre todo, se sienta en la vida de las personas de manera sostenida.

Ahí es donde realmente se define todo.

Y si soy honesto, es también donde me quedo pensando. No tanto en lo que ya ocurrió, sino en si ese paso siguiente va a lograrse sin que algo importante se rompa en el camino.

Porque ordenar era necesario. Pero no suficiente.

Y debo decir, que contrario a lo que pensaba originalmente de ese gobierno, lo veo con mejores ojos y me encanta lo que está pasando en ese querido país que quiero tanto sin saber bien por qué. 


Luis Carlos Jacobsen

Abril 6 de 2026

No hay comentarios:

Publicar un comentario