En Colombia no solo votamos por proyectos políticos. También votamos por relatos. Y algunos de esos relatos llevan décadas instalados en nuestra cabeza, moldeando lo que tememos, lo que rechazamos y, sobre todo, lo que estamos dispuestos a tolerar.
Uno de esos relatos es el del miedo a la izquierda.
No es un miedo cualquiera. Es un miedo profundo, histórico, alimentado por años de violencia, por la asociación casi automática entre izquierda y guerrilla, por la idea de que cualquier intento de transformación social es el primer paso hacia el caos: Venezuela, expropiaciones, crisis económica, pérdida de libertades. Ese miedo no surgió de la nada. Tiene raíces reales. Pero también ha sido cuidadosamente amplificado, repetido y utilizado.
Porque mientras ese miedo ocupa el centro de la conversación, otras cosas pasan a un segundo plano.
Durante años, Colombia vivió un momento en el que la seguridad se convirtió en la prioridad absoluta. Veníamos de un proceso de paz fallido, de un país desbordado por la violencia, de una sensación de pérdida de control. En ese contexto, apareció un liderazgo que ofrecía recuperar el orden, devolver la confianza, permitir que el país volviera a moverse. Y en muchos sentidos lo logró.
Pero ese logro vino acompañado de zonas oscuras que el país, en buena medida, decidió no mirar con el mismo rigor. Graves señalamientos, investigaciones con conclusiones desmoralizantes, vínculos incómodos del poder con estructuras ilegales, abusos en su ejercicio, uso indebido de instituciones del Estado, interceptaciones, persecuciones, relaciones peligrosamente cercanas con actores armados. Hechos muy dolorosos con afectación de derechos humanos que dejaron cicatrices terribles. Hechos sucedidos en un gobierno, causado por unas FFMM desbordadas en todos los rincones del país. No como la teoría de las manzanas podridas, sino la verificación de estar el costal entero incentivado para cometer un hecho tan atroz.
Nada de eso es un invento. Todo eso ha sido documentado, investigado, debatido. Y sin embargo, una parte importante del país eligió poner el foco en el resultado: la seguridad, el crecimiento, la sensación de orden. Ese fue el pacto implícito.
Mientras tanto, la izquierda seguía siendo vista no como una alternativa política, sino como una amenaza. Durante décadas, incluso intentar representarla podía costar la vida. El exterminio de la Unión Patriótica no es un episodio menor de nuestra historia: es una herida abierta que explica por qué el país llegó tarde a una verdadera competencia democrática entre proyectos distintos. Más de 5.000 militantes que declararon su militancia en una izquierda desarmada haciendo política. Fue demasiado fácil hacernos creer que eran "el brazo político de las FARC", y no dijimos nada cuando el exterminio sucedió ante nuestros ojos.
Cuando finalmente la izquierda apareció como una opción real de poder, lo hizo en medio de un enorme descontento social acumulado. No llegó desde la comodidad del establecimiento ni con el respaldo de los grandes medios o del poder económico tradicional. Llegó como respuesta a una sensación extendida de inequidad, de exclusión y de agotamiento frente a una forma de hacer política que parecía siempre favorecer a los mismos. Llegó de la frustración de una reforma agraria necesaria que fue torpedeada con el "hacer trizas la paz" con que se hizo elegir el gobierno de ese entonces.
Y entonces el miedo volvió a activarse. Se habló, otra vez, de la destrucción del país. De un salto inevitable hacia el desastre. De un proyecto oculto que terminaría arrasando con la economía, con la propiedad privada, con la institucionalidad. El problema no es que se critique. La crítica es necesaria.
El problema es cuando el miedo sustituye el análisis. Y cuando las cosas que aseguraban como quien puede predecir el peor de los futuros, no sucedieron.
Porque mientras discutimos escenarios catastróficos que aún no ocurren, dejamos de mirar con la misma severidad aquello que sí ha ocurrido durante décadas. Y así, sin darnos cuenta, seguimos alimentando un relato que nos permite indignarnos selectivamente.
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