Una radiografía sin anestesia del ciniamo político que permite a la derecha colombiana abrazar al autoritarismo, mientras predica democracia.
La derecha de mi país no duda: está con Trump. Sin matices. No importa lo que haga, diga o represente. Si Trump lo respalda, ellos también. Si lo aplaude la ultraderecha global, ellos también se sienten validados. Todo lo que huela a “antipetrista” es adoptado sin filtro, aunque venga del autoritarismo, del cinismo o de la ilegalidad más descarada.
Como Trump apoya sin vergüenza los bombardeos en Gaza, ellos hacen silencio o aplauden. Como Trump impuso la infame descertificación a Colombia desde su pedestal moral de supremacía hipócrita, ellos la celebraron como si fuera un reconocimiento. Aun cuando esa medida nos desangra, nos estigmatiza y exonera al mayor consumidor de droga del planeta de cualquier responsabilidad en nuestra tragedia.
La derecha de mi país ha demostrado que es capaz de aliarse con el diablo si eso le garantiza poder. Lo vimos en el pasado, cuando legitimaron un aparato paramilitar que sembró terror en las regiones y les puso congresistas y gobernadores. Lo vimos al final del gobierno de Uribe, cuando sus fotos oficiales parecían una convención de criminales. No se inmutaron. Callaron. Justificaron.
“No es amor a Trump. Es odio a todo lo que se atreva a parecer distinto.”
Y ahora, su nueva figura sagrada es Donald Trump.
Pero, ¿qué es exactamente lo que están aceptando, celebrando y justificando con esa devoción?
Aceptan, sin pestañear, que Trump ya fue condenado por 34 delitos graves. No es una acusación. Es una condena. Y eso, en cualquier otro personaje, los haría montar en cólera. Aquí, en cambio, callan o lo justifican.
Aceptan que Trump fue hallado responsable de abuso sexual por un tribunal civil. Que difamó públicamente a su víctima. Y que tuvo que pagar millones. ¿Y la moral? Bien, gracias.
Aceptan que intentó robarse una elección, presionando a funcionarios estatales, organizando electores falsos, y azuzando una turba violenta contra el Congreso de su propio país. Lo celebran como “estrategia”.
Aceptan que Trump desprecie la justicia, ataque jueces, amenace fiscales, y pretenda que la ley solo se aplique a sus enemigos. Esa misma justicia que ellos dicen defender.
Y aceptan —sin el más mínimo temblor— que respalde con entusiasmo un genocidio en Gaza, que minimice el sufrimiento de los civiles, que blinde diplomáticamente a quienes hoy cometen atrocidades.
Pero claro: como odia a la izquierda, como insulta a Petro, como promete “orden”, entonces lo siguen, lo excusan, lo veneran.
La derecha de mi país es muy buena para apuntar con el dedo. Pero nunca se mira al espejo.
Aceptaron sin chistar el aparato paramilitar que sembró terror en las regiones y puso congresistas a su favor. No se inmutaron al ver a Uribe, al final de su gobierno, rodeado de hampones, muchos ya condenados o investigados. Jamás se preguntaron qué pasó ahí. ¿Cómplices? ¿Indiferentes? ¿Ciegos voluntarios? O campantes sentenciaron que "eso fue parte de una persecución política."
Y, como Trump, son expertos en generalizar con veneno: si algo huele a izquierda, lo tachan de asesino. Si alguien disiente, es un guerrillero con disfraz. Si un periodista incomoda, es activista y enemigo.
“Con tal de conquistar el poder, la derecha de mi país está dispuesta a pactar con lo delincuencial, callar frente al genocidio y aplaudir al abusador.”
Pero lo que más duele es su doble rasero.
Se rasgan las vestiduras por la "libertad" y "la democracia", pero disfrutan tener la prensa hegemónica de su lado. Esa prensa que silencia, descontextualiza, y les presta el micrófono para repetir mentiras como si fueran verdades. Nunca han querido un periodismo que funcione como contrapeso. Solo les interesa cuando sirve de espada.
Y así, sin rubor, se arrodillan ante Trump. Le celebran todo: sus delitos, sus discursos de odio, sus arbitrariedades, sus ataques a jueces, su desprecio por las reglas y su nostalgia imperial.
Se sienten fuertes al lado de un abusador, aunque eso signifique avalar lo mismo que alguna vez dijeron combatir. Todo lo que huela a poder sin límites, les seduce.
Por eso Trump les fascina.
Porque encarna lo que son en el fondo: un proyecto sin vergüenza, sin razón, sin decencia.
Un proyecto dispuesto a pactar con lo delincuencial si eso asegura el poder.
Y eso —duele decirlo— es hoy la derecha de mi país.

Gracias por plasmar esta triste realidad y la hipocresía de un país donde la injusticia social, la corrupción de derecha y la violencia son la bandera desde hace más de un siglo.
ResponderEliminarUna derecha vergonzosa y desvergonzada queda muy bien retratada en tu escrito, apreciado Lucho.
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